19 de febrero de 2013

Rutina post rutina





Todo lo descrito anteriormente era mi rutina habitual durante los meses que duraban las clases. Sin embargo, tras ese mismo periodo de clases aún quedaba por delante otro periodo todavía más duro: los exámenes finales. Además, gracias a la idea del gobierno de turno, la convocatoria ordinaria (finales de mayo y principios de junio) y la convocatoria extraordinaria (finales de junio y principios de julio) tenían, como mucho, un plazo de separación de tres semanas; cuando, en años anteriores, las temidas convocatorias finales habían sido en septiembre. Se decía adiós a la posibilidad de pasar todo un verano hincando los codos, pero con la posibilidad de disponer de más tiempo para preparar las pruebas finales, para dar la bienvenida a una especie de “vacaciones forzosas” que serían más o menos malas en función de los resultados obtenidos.
Este cambio tuvo sus partidarios y sus detractores, como todas las cosas de esta vida; en mi caso, nunca me decidí por completo, aunque lo cierto es que ligeramente me inclinaba por la convocatoria final de junio y julio... ¡Supongo que ya sufrí bastante la convocatoria de septiembre durante los años de instituto!
Para no andarme con muchos rodeos, diré que este periodo del año, al que he bautizado como “rutina post rutina” (rutina después de la rutina), se diferenciaba del anterior únicamente en que pasaba todo el día encerrado en la biblioteca estudiando en lugar de dedicar algunas horas a ir a clase. Por lo demás, los hábitos seguían siendo los mismos: me levantaba por las mañanas a las 7 y 30, cogía el autobús para ir a la ciudad, iba a la biblioteca de la facultad, comía en el patio de la universidad y por la tarde regresaba al pueblo en alguno de los últimos autobuses.

Pese al nuevo buen tiempo de los meses de mayo y junio, no se puede decir que estuviera muy motivado cuando iba a estudiar por las mañanas. Aunque lo cierto es que ese entrante clima veraniego tenía algo muy positivo: el cambio de vestuario de las chicas, que ahora pasaban a lucir unas fresquitas camisetas de manga corta, con sus redondeados y generosos escotes y sus pantaloncitos cortos que les hacían enseñar sus pantorrillas prietas y rosadas. La esbelta silueta de las mozas llegaba a distraerme en numerosas ocasiones, es algo que no puedo negar, pero había momentos en que me resultaba muy útil para evitar estresarme en exceso. Lo tenía muy claro: cuando la lección no entraba, me atascaba mentalmente y empezaba a pensar que no iba a ser capaz de aprendérmelo para el examen... ¡echaba un vistazo a mi alrededor a ver qué encontraba! Y, aunque parezca mentira, en muchas ocasiones funcionaba.
Hay una cosa que me gustaría que quedara muy clara: no soy ningún machista ni valoro únicamente a las mujeres por su físico. Y, aunque no sirva de nada, lo anuncio ante la posibilidad de los pesados y pesadas que formen parte de colectivos feministas, que seguro que no tendrán cosa mejor que hacer que defenestrar a mi persona a causa de unas líneas que escribo haciendo uso de mi derecho a la libertad de expresión y a la creación literaria.
Volviendo al tema en el que estaba: las chicas que estudiaban en la biblioteca, a veces, resultaban algo provocadoras. Si no, que me expliquen por qué razón se apoyaban con los codos en la mesa de alguien con quien hablaban, quedándose de pie, de manera que el tipo de delante les viera el escote y el de atrás en trasero en posición de... creo que se me entiende de sobra. O por qué motivo se paseaban juntas, en grupo, con sus minifaldas moviéndose con el flujo del aire... Estoy seguro de que alguna de esas minifaldas provocaría más de dos o tres suspensos (que no tendrían por qué ser, necesariamente, del mismo sujeto).
No obstante, lo mejor de estudiar en una biblioteca no eran las vistas femeninas. Cuando había silencio y me concentraba, el tiempo podía resultar bastante provechoso; es más, con el tiempo me acostumbré tanto a esas paredes repletas de libros que era incapaz de estudiar en otro lugar. En cierto modo, había encontrado mi paraíso particular en el cual me encontraba cómodo a la hora de aislarme del resto del mundo.  Además, si la compañía era buena el entretenimiento estaba garantizado. ¡Anda que no me eché pocas risas en ese sitio! Ya fuera porque contáramos anécdotas sobre borracheras ocurridas años antes, por que otro hablase sin venir a cuento de una ventosidad que había soltado en la calle la semana pasada, por que alguno recordarse fracasos con mujeres que le sucediera a algún presente... el caso es que, en muchas ocasiones, nos reíamos más de lo debido y eso solía enfadar a quienes se sentaban en alguna mesa cercana (con alguna que otra miradita de odio dedicada hacia quienes nos reíamos). Alguna vez llegamos a resultar algo cansinos y pesados; pero, sinceramente, no podíamos evitarlo: eran muchas horas sentados y encerrados en el mismo lugar.
Las horas de la mañana de la biblioteca se pasaban más o menos bien. El problema eran las de la tarde, que siempre se hacían más largas y agotadoras. Pero, como el tiempo apremiaba y los exámenes siempre estaban más cerca de lo que parecían en el calendario, no quedaba más remedio que arremangarse la camisa y dejarse los codos en las mesas y el trasero en las sillas incómodas (especialmente me llegué a dejar lo último, porque no había más que ver los bultos que me salieron por culpa de la dureza de las sillas).

Efectivamente, lo que se hacía en la biblioteca no tenía mucho misterio: estudiar, mirar a chicas y reírse de vez en cuando durante alguna improvisada tertulia de mesa. Por eso, diría que los mejores momentos de esta etapa de “rutina post rutina” eran los vividos durante la hora de comer y los descansos.

Normalmente durante la etapa de exámenes finales solía comer acompañado, aunque tampoco me desagradaba comer solo. Lo importante era que a la 1 (o a las 2, como mucho) del mediodía estuviera fuera de la biblioteca con el bocadillo, en lugar de un libro, entre las manos.
Sin lugar a dudas, la hora de la comida era uno de los mejores momentos de aquellos calurosos días. Recuerdo que me sentaba en unos bancos de madera colocados en un patio de la universidad, aquellos donde también comía en invierno mientras veía a los pájaros pelearse por unas migajas de pan. Pero en verano era distinto: uno se sentaba allí, con su bocadillo de chorizo y su botella de coca cola, viendo a las mozuelas pasar de camino a los lavabos o a otros bancos donde sentarse. Alguno dirá que en invierno eso también podía pasar... pero lo cierto es que no tanto como en verano (y, como es lógico, con una indumentaria muy distinta).
Aquellos ratos eran los de las tertulias futboleras por excelencia y dos temas principales captaban mi atención: el torneo internacional en el que España estuviera participando (si se disputaba ese año Eurocopa o Mundial, claro está) y las contrataciones de los equipos españoles para la próxima temporada. Aunque no todo era fútbol, porque también se hablaba del futuro que nos iba a esperar como no fuéramos capaces de obtener unos resultados decentes en las pruebas finales o de la desagradable posibilidad de tener que marcharnos a Alemania si las cosas seguían igual de mal.
Al terminar de comer siempre nos costaba muchísimo levantarnos del banco. Tras una mañana entera entre libros, salvo algún ocasional descanso, la perspectiva de una tarde similar se hacía bastante dura; por eso, con la excusa de reposar la comida, podíamos llegar a estar hasta media hora de cháchara evitando entrar a estudiar de nuevo.

Si hubiera estudiado cinco horas sin parar por la mañana y otras tantas por la tarde habría terminado con la cabeza hecha un bombo. Por desgracia, como nunca fui tan buen estudiante como para estudiar tanto de seguido y que me cundiera, siempre hacía un descanso a las dos horas u hora y media de haber empezado a hincar los codos, tanto por la mañana como por la tarde. Para descansar lo mejor era salir a los bancos que había colocados enfrente de la biblioteca, donde normalmente se formaban grupillos de estudiantes tomando café para mantenerse despiertos; sin embargo, muchas veces también resultaba entretenido darse un pequeño paseo por la facultad, aprovechando la ocasión para visitar los lavabos (lo bueno del periodo de los exámenes finales era que había muchísima más intimidad para poder defecar a gusto y sin una posible interrupción ajena) o aquellas zonas del edificio donde se decía que se habían producido fenómenos paranormales.

Como se puede comprobar, este periodo de “rutina post rutina” era lo mismo que la rutina del resto del año sólo que con un clima diferente, con los exámenes finales por delante y sin clases a las que acudir. Por eso, el día más feliz de todos era aquel en que se terminaba el último examen de la convocatoria extraordinaria y tocaba olvidarse de bibliotecas, estudios, clases y bocadillos durante, más o menos, dos meses; ese día uno se sentía desconcertado y hasta perdido porque, tras casi dos meses estudiando sin parar y obsesionado con los exámenes, se encontraba con que ya no tenía nada que hacer y eso, aunque parezca mentira, podía resultar hasta impactante.

Rutina





El ruido del despertador me hizo levantar, sobresaltado, de la cama. Pese a que todas las mañanas sonaba a la misma hora, no termino de comprender cómo podía seguir saltando así todos los días cuando escuchaba el irritante chirrido del cacharro. Aunque mucho menos comprendo por qué razón, en vista del mal humor del que suelo hacer gala, no lo estampaba contra la pared.
Me incorporé y miré, con muy pocas ganas, la hora. Las 7 y 30 de la mañana. Habiéndome acostado la noche anterior sobre la 1 y 15 o y 30, apenas había dormido las seis horas de rigor que supuestamente mantienen a uno descansado. Ya sabía lo que me tocaba de nuevo: otro día arrastrándome a causa del cansancio... un cansancio que, inexplicablemente, no aparecía por las noches. Esto era el comienzo de una nueva jornada de mi vida diaria.

Desayuné con la televisión encendida. No lo hacía porque quisiera estar informado de lo que sucedía en el mundo, sino por sentirme acompañado. Por las mañanas al levantarme solía estar solo en casa y me apetecía escuchar alguna voz que no fuera la mía, aunque fuera la de alguien que sólo dijera que en no sé qué país de Oriente Medio se había producido una invasión americana en nombre de la “libertad” y de la “democracia” o que en la patria de las barras y las estrellas hubiera sucedido una desgracia provocada por un perturbado que se hubiera liado a tiros el día anterior con los primeros inocentes que se hubiera encontrado. Aunque no todas las mañanas eran los informativos tan agoreros; otros días, en cambio, tenían al menos la decencia de darnos buenas noticias comunicándonos que algún peligroso terrorista había sido detenido o que en algún lugar turístico de los muchos que hay en España estaban los vecinos del lugar muy preocupados porque nuestros vecinos europeos nos visitaban pensando algo así como “lo que pasa tras los Pirineos, se queda tras los Pirineos” y eso provocaba que se desmadraran tanto como para preocupar a los autóctonos del lugar lo suficiente y obligarles a repartir papelitos diciéndoles a los turistas que, por favor, tuvieran la misma decencia de la que hacían gala en sus patrias natales cuando estuvieran de visitan en nuestra tierra.
Tras desayunar me lavé los dientes. Como vivimos en un mundo donde parece que las apariencias son lo único que importan, sin olvidar que parece que para ser “normal” se ha de parlotear como una cotorra que repite cosas sin sentido, la higiene bucal era algo imprescindible (no hay nada que quede peor y que sea más anti higiénico que ir con los dientes amarillentos). No dejaba de pasarme el cepillo por los dientes hasta que las encías comenzaban a sangrarme un poco, aunque no lo suficiente como para alarmarse, porque con un enjuague de agua la sangre desaparecía sin dejar rastro. Y sobre esto último cada día andaba más preocupado, porque recientemente en la televisión había salido un anuncio donde se decía que sangrar después de lavarse los dientes era un síntoma de que los tenía mal y podía perderlos. Y claro, uno asumía que los dientes los terminaría perdiendo algún día... ¡pero no siendo tan joven! Aunque, por otra parte, en la era de la publicidad y de los medios de comunicación era casi prácticamente imposible saber qué era cierto y qué era falso de todo aquello que pretendían vendernos a diario.
Una vez bien aseado y vestido, eché mano a la mochila con todos mis libros, apuntes y demás utensilios necesarios y me dirigí hacia la parada del autobús.

Estudiaba una carrera universitaria en la capital provincial y mi pueblo estaba a una distancia de entre quince y treinta minutos de la ciudad, por lo que todas las mañanas de los días laborables acudía a la parada del autobús para iniciar una nueva jornada, una de tantas de las que supuestamente me conducirían a que en el futuro fuera un hombre de provecho para la sociedad.
En la parada podía encontrarme a lo más corriente del pueblo (el trabajador que prefiere ir en autobús en lugar de coger su coche propio, el estudiante qué sé quién es pero con quien no tengo ni me interesa tener trato alguno, la señora mayor adicta a cotillear sobre la vida ajena y que todo lo habla a gritos) y con elfreak de turno (como esa chica con aspecto pseudosatánico que sin esas pintas tan grotescas y oscuras hasta podría estar de buen ver), por eso muchas veces resultaba hasta entretenido hacer cola para subir al autobús. Y que no se me olvide: tampoco era nada extraño toparse con aquella antigua amistad que ya no lo era o con aquel bomboncito de culito respingón.
Lo primero que hacía nada más subir al autobús era buscar algún asiento junto a la ventana. Me encantaba observar el paisaje en movimiento, ensimismado en mis pensamientos y, si el vehículo era moderno, con la música de fondo... aunque fuera la música comercial de siempre. Sin ninguna duda, me abstraía de la realidad observando los paisajes, viendo pasar del campo segado y los olivares a la entrada de la ciudad, donde te podías encontrar algún día con algún atasco ocasionado por cualquier registro de la Policía Nacional a algún vehículo particular.
El mayor inconveniente de abstraerse mirando por la ventana era que, a la hora de volver al mundo real y abandonar los pensamientos en los que estaba enfrascado, luego costaba mucho despegarse del asiento. Daba igual que fuera del autobús hiciera frío o calor, siempre salía adormilado y sin ninguna gana a la calle. Y así todos los días de universidad.

Hasta la universidad tenía un pequeño paseo en el que aprovechaba para seguir pensando en mis cosas (aunque nunca terminaba de sacar ninguna conclusión clara), momento en el que me topaba con una parte interesante de los miembros de la sociedad que se había formado en España: los funcionarios que caminaban tranquilamente hacia su lugar de trabajo, los otros estudiantes que charlaban acerca de lo maravillosa que era su vida y los fiestorros que se metían en el cuerpo, los gitanos rumanos que pedían casi a diario en las puertas de las iglesias, las madres que llevaban a sus hijos a la escuela... Éramos como un hormiguero en el cual cada uno tenía una función que cumplir y por el que pasábamos sin dirigirnos ni siquiera una mísera mirada unos a otros. Y yo, ahí en medio, era sólo un ser anónimo más de esa sociedad en la que supuestamente éramos los tipos vulgares y corrientes quienes ostentábamos la soberanía y la legitimidad del poder. ¡Pues era para vernos a los miembros del pueblo soberano cada mañana! ¡Si hasta teníamos peor careto que los que supuestamente sólo eran nuestros representantes!
De vez en cuando el paseo matinal de camino a la universidad podía ser entretenido. Había días en los que, a la hora de subir alguna cuesta, tenía unos cuantos metros por delante a alguna de estas mozuelas con un trasero magnífico y prieto de esos que se mueven de lado a lado con cada zancada.
Aunque fuera algo muy agradable para mi vista, lo cierto es que tenía su inconveniente: no podía ser muy descarado mirando porque se me podía poner una cara de cerdo obsceno y una sonrisa de degenerado que no se me iba a quitar durante unos cuantos minutos... y todo eso sin olvidar que a las mujeres no hay quien las entienda: se ponen ropa ajustada y les gusta lucir su figura para exhibir sus preciosos y esbeltos cuerpos, pero luego les resulta incómodo y denigrante que los hombres seamos presa de nuestros instintos y pongamos la mirada en ellas. En resumen, que les gusta mucho provocar pero luego no tanto los efectos que eso conlleva...

Independientemente de si esa mañana hubiera tenido o no chicas por delante en el camino, el rutinario paseo terminaba llegando al edificio de la universidad. Lo primero que hacía al entrar era echar un vistazo al tablón de mi carrera. De vez en cuando nos ponían en el tablón de anuncios los resultados de los exámenes, pruebas que en la mayoría de los casos las tenía suspensas o aprobadas por la mínima (aunque, muy ocasionalmente, algún notable apareciera junto a mi nombre). Por suerte para mí, mi condición de estudiante mediocre la salvaba con numerosas horas de estudio y fortuna en los exámenes decisivos. En parte era una especie de recompensa vital: tenía muchas limitaciones como persona en comparación con mis congéneres, pero siempre terminaba saliendo bien parado al final.
Debajo del tablón siempre solía haber una mesilla con folletos de información. Concursos literarios de periódicos locales, informaciones sobre actividades culturales o sobre nuevos bares en la ciudad, propaganda de los sindicatos subvencionados por la Administración Pública... Nunca encontraba nada interesante para mi gusto, pero no podía evitar echar un vistazo a la mesilla. Imagino que esta conducta sería por esa idea que nos había metido el cine yankee en la cabeza de que encontraríamos la solución a nuestros problemas o un cambio vital radical con acciones de ese tipo, simples como mirar un papel en un tablón de anuncios. ¿Pero qué cambio iba a encontrar yo ahí? Para ser sinceros, por mucho que me atrajera la literatura no era capaz de estructurar un argumento en condiciones; de la misma manera, hacía ya tiempo que había abandonado la costumbre de ir a bares los fines de semana y en cuanto a los sindicatos... prefiero no hablar.

Tras mirar rápidamente el tablón de anuncios, mi siguiente objetivo era el lavabo. Echar un chorro en los urinarios al comenzar la mañana se había convertido en una de mis costumbres universitarias por excelencia, era incapaz de entrar en clase o en la biblioteca de la facultad sin haber soltado primero ese lastre.
De camino a los servicios era cuando comenzaba a ver el bullicio de la primera hora de la mañana, con las encargadas de la limpieza fregando los pasillos, los profesores tomándose un café en grupos y los estudiantes charlando sobre el examen que tenían en dos horas y del cual algunos andaban estrujándose el cerebro acerca de cómo hacer las chuletas que les ahorraran horas de estudio.
Al llegar al lavabo podían suceder dos cosas: que estuviera abierto o que se hallara secándose el suelo. En el segundo caso, la opción a la que no quedaba más remedio que acudir era a buscar otro lavabo, aunque ya era muy mala suerte que la segunda opción también se encontrara fuera de servicio. Pero, salvo contadas excepciones, lo normal era poder acceder a los lavabos sin ningún problema.
La primera meada de la mañana era un momento de libertad y uno de aquellos pequeños placeres que nos ofrece la vida y a los cuales nunca damos importancia. Pero, en el escaso tiempo que duraba la orina chocando contra el urinario, desconectaba del resto del mundo como si no hubiera nadie más poblando la faz del planeta. Pero pronto volvía a la realidad, porque no pasaba ni un minuto cuando, terminando de lavarme las manos, entraba cualquier otro a soltar su lastre particular. Supongo que la única diferencia era que el otro sujeto dudo mucho que valorara tanto como yo la primera meada matinal.

Casi todos los años que pasé en la universidad fueron idénticos, con la diferencia de que a partir del segundo año tenía los horarios partidos, con algunas asignaturas por la mañana y otras por la tarde. La razón era que los suspensos del primer año me hacían arrastrar unas asignaturas que tenía que cursar en otro horario para que no coincidieran con otras y que impedían que me matriculara en los siguientes cursos completos, por lo que en horario de mañana tenía asignaturas de un curso y en horario de tarde tenía las de otro. Pero más o menos me apañaba pasando todo el día en la facultad, donde mi rutina era la siguiente: por la mañana, unas cuantas clases con sus horas libres entre medias, en las cuales dedicaba el tiempo a estudiar o hacer algún trabajo en la biblioteca; a mediodía, comía en un patio de la universidad, quedándome sentado después durante unos minutos para reposar la comida; y, finalmente, por la tarde seguía un plan similar al de la mañana, con clases esparcidas a lo largo de la tarde con sus correspondientes horas “libres”. Al finalizar mi horario de clases, en invierno ya era de noche y en primavera quedaban muy escasos momentos de luz solar.

Entrar por la mañana en la biblioteca me resultaba similar a estar en casa: siempre veía las mismas caras haciendo lo mismo. En el caso de la biblioteca universitaria, podía hasta tener una idea de quién era el tipo o tipa que se había sentado en la mesa de al lado y qué estudiaba, aunque en muy contadas ocasiones podía saber el nombre. Eso sí, al menos de esa gente era agradable tenerles cerca, porque se encontraban ocupados con su labor y no importunaban a nadie. Lo malo era cuando hacían acto de presencia los típicos chavales que se creen la leche y que sólo hablaban, casi a gritos, de lo que tenían que hacer (motivo por el cual llegué a coger algo de aprensión a algunas carreras universitarias que, por supuesto, no eran la que yo cursaba). Incluso, de vez en cuando, alguno de esos zoquetes se daba un paseo por los pisos superiores y se ponía a gritar, para hacer la gracia, por unos agujeros que daban directamente a las instalaciones donde los estudiantes dejaban numerosas horas de sus vidas haciendo trabajos que los profesores apenas mirarían.
Pero lo mejor que podía pasar entre aquellas paredes rodeadas de estanterías cubiertas de libros era que en la mesa de al lado o de enfrente, en función de la zona donde estuviera colocado, se sentara una de esas chicas sumamente atractivas. ¡La de ratos que habré dedicado a echar muy discretos vistazos aparentando que estaba subrayando, repasando o estudiando de alguna asignatura! Y en parte eso era lo que hacía, otra cosa es que mi instinto animal me hiciera de descentrarme ante semejantes visiones. Por supuesto, de actuar de esa manera había que olvidarse si la chica se sentaba al lado o delante del lugar donde me encontraba... no quedaba muy bien, tanto si me conocía como si no.
No sabría decir si la biblioteca era más entretenida por la mañana o por la tarde; más bien, me decantaría porque el público era distinto (aunque a veces, como era mi caso, algunas de las caras seguían siendo las mismas tanto por la mañana como por la tarde). Pero el caso es que, con el pasar de las jornadas, terminaba convirtiéndose en un lugar en el que me sentía como en casa.

Como es lógico, no toda la jornada, tanto la de mañana como la de tarde, transcurría en la biblioteca. También tenía la obligación de ir a clase (o más que la obligación, la necesidad). En el aula sólo tenía trato con un escaso número de personas, pero esa no era razón para hacer que me sintiera incómodo. Es más, me encontraba mucho más a gusto en un aula universitaria con cincuenta personas ignorándome que en un aula de instituto donde veinte me miraban por encima del hombro y se creían mejores que yo porque sus vidas transcurrieran de manera distinta a la mía. Tenía buenos momentos vividos en un aula universitaria de los que merecía la pena acordarme, como aquella ocasión en que se sentaron delante de mí y de otro chaval (poniendo ambos los ojos como platos) un grupito de chicas vestidas como si fueran a hacer la calle porque llegaban de una fiesta universitaria montada un día cualquiera en un descampado de la ciudad en una tarde aislada de primavera.
Un aspecto que siempre veía en las aulas universitarias era que mostraban perfectamente por qué nuestra sociedad estaba en decadencia, otro asunto era que nadie quisiera ponerle freno a eso.
¿Era normal que, al menos a los del primer año, los profesores tuvieran que mandarles callar a todas horas como si fueran niños de educación escolar? ¿Y era normal que los futuros empresarios y líderes del mañana no tuvieran más motivación en su vida que salir de marcha universitaria los jueves por las noches? ¿O podía considerarse aceptable que hubiera personas que promocionaran de curso únicamente por saber hacer chuletas y tener la suerte de que nunca les sorprendieran copiando en mitad de los exámenes? Desde luego, cualquier persona que investigara la debacle social de España hubiera encontrado pistas muy valiosas en aquellas aulas. Pero parece que a nadie le interesó un proyecto así y, en lugar de eso, nuestros líderes y todos los hombres poderosos de España sólo consideraron que los problemas del país eran ocasionales y no tenían nada que ver con el método empleado en el sistema educativo.

El día se hacía muy largo, eso no lo discute nadie que llevara un horario similar al mío. Por eso, otro de los mejores momentos del día era la hora de comer. Aunque todos los días tenía un bocadillo de jamón o de chorizo (hecho que provocó que terminara aborreciendo el fiambre al final de cada curso), había momentos en los que no veía la hora de terminar de estudiar o de hacer resúmenes para salir al patio a comer, aunque fuera ese pan duro con ese fiambre seco.
En función de los días, comía solo o acompañado. De comer solo, me ventilaba el bocadillo en cinco minutos, iba al servicio y me volvía para clase o para la biblioteca. En cambio, de comer acompañado me podía pasar hasta un cuarto de hora comiendo, porque normalmente la compañía que tenía era la de algún conocido que cuestionara mi opinión sobre la Liga de Fútbol (y esos temas, aunque parezca que no, dan para muchos ratos de cháchara) o que me preguntara acerca de la situación académica. Aunque lo mejor de comer acompañado era tirar pequeños trozos de pan en dirección a los gorriones que poblaban los arboles del patio y ver cómo los animalitos se peleaban por llevarse cada uno el trozo a su nido (aunque, en algunas ocasiones, los pájaros también mostraron afición por el chorizo).

Lo mejor de todos los días era que siempre terminaban. Independientemente de la época del año, a la salida me tocaba dar el paseo de la mañana a la inversa para ir otra vez a la parada del autobús y volver así de vuelta al pueblo. Mientras esperaba, de vez en cuando me distraía con algunos sujetos particulares que se acercaban a esa misma parada a esperar los autobuses que también les llevarían a sus barrios o a sus pueblos: el chico de raza negra que no dejaba de saltar encima de un monopatín y que alguna vez estaba a punto de dejarse la cabeza en el suelo, la señora mayor que entablaba conversación con el primer desconocido que se le sentara al lado, los chavales que hablaban a gritos de que iban a ir a comprar porros el fin de semana... En fin, que había muchos elementos particulares pero, sobre todo, gente normal, tan normal que uno ni siquiera les prestaba atención: al fin y al cabo, las paradas de autobús no dejaban de ser lugares donde diversas vidas anónimas coincidían durante unos minutos.
Al igual que por la mañana, al subir al autobús por la tarde buscaba para sentarme algún asiento cercano a las ventanillas para poder ensimismarme con el paisaje. Sin embargo, mientras que por la mañana me gustaba sentarme por la parte del fondo, por la tarde prefería algún sitio colocado cerca de la puerta del vehículo, imagino que porque en aquellas horas estaba ya tan cansado que quería acabar el trayecto de vuelta a casa lo antes posible.
Durante el viaje de regreso me desagradaba pensar en lo que había sido el día, porque me gustaba que lo que pasara en la universidad se quedara en la universidad, pero era imposible: los suspensos, los aprobados, los trabajos, las lecciones, los exámenes, alguna que otra cosa aislada... era imposible que no dejaran de rondarme por la cabeza pese a haberme casi corriendo de la facultad.
Al final del trayecto, cuando por fin ponía los pies en el suelo del pueblo, ya podía decirse que había terminado mi jornada particular. De regreso a casa me sentía bastante aliviado y tranquilo, no sé por qué. El caso es que trataba de pensar lo menos posible en que al día siguiente tocaba repetir lo mismo (excepto en vísperas del fin de semana).

¿Qué era lo primero que hacía nada más llegar a casa? Variaba de un día para otro, pero lo normal era alguna de estas dos posibilidades: dejar la mochila con los libros y los apuntes en la habitación o hacer mis necesidades en el cuarto de baño. Y, aunque parezca una cochinada, me veo obligado a hablar especialmente de lo segundo. Durante todo el día en la universidad no se me presentaba ninguna ocasión adecuada para deshacerme de los gases y necesidades que el cuerpo humano soltaba; además, no me gustaba visitar los lavabos de la universidad para esos menesteres porque no encontraba la intimidad y la comodidad suficiente para ello (aunque, en alguna ocasión aislada, sí que rechacé esos prejuicios). En resumen, que cada noche llegaba a casa con un buen atasco intestinal provocado por las heces y los gases no expulsados y dicho atasco era solucionado en el retrete de mi casa con mucha paciencia y un pequeño esfuerzo; aunque, por suerte, una vez que se rompía la especie de tapón gaseoso que provocaba todo, el atasco se solucionaba de una forma muy rápida.
Después de deshacerme de los atascos corporales lo siguiente que hacía era lavarme las manos y cambiarme de ropa, tras lo cual por fin podía cenar algo que no fuera fiambre.
Por último, antes de dormir tenía dos posibilidades: ver la televisión o ponerme al ordenador para leer las noticias del día. Normalmente escogía la segunda opción porque en la televisión muy rara vez ponían algo nuevo e interesante; además, estar todo el día fuera de mi casa, no sé por qué, me hacía de estar en un estado de casi completa incomunicación con lo que pasaba en el resto del mundo: muchas tardes llegué pensando, irónicamente al respecto, que cualquier día darían un golpe de Estado y yo me enteraría ya por la noche cuando lo leyera en algún portal de internet. Aunque en el fondo no bromeo: de la muerte del coronel Muamar Gadafi en Libia me enteré por la noche después de haber pasado todo el día en la facultad.

Al final, entre unas cosas y otras, terminaba acostándome tarde y, en muchas ocasiones, sin apenas sueño pese al cansancio de todo el día. Pero no todo terminaba ahí: en la cama no paraba de dar vueltas de un lado para otro, llamando a un profundo sueño que parecía no querer llegar nunca.
Sólo sé que, cuando por fin llegaba, se me hacía tan corto que parecía que la rutina era más bien un día muy largo en lugar de un día tras otro.

15 de febrero de 2013

Proyecto P: Capítulo 2




Nada más salir a la calle, después de que le soltarán en la comisaría, Enrique tuvo una extraña sensación en las tripas. No sabía explicar si eran remordimientos por haber aceptado volver a trabajar para su antiguo jefe, aquel que se había deshecho de él para salvar su carrera política hacía ya unos cuantos años, o si el malestar se debía a que se podía sentir traicionado por su vecino Ahmed y la actitud que había tenido con él, ya que Enrique siempre había hecho todo lo posible para que todo inmigrante llegado a España se sintiera como en su casa y nunca había pensado que un extranjero pudiera ser una mala persona. Finalmente, echó la culpa de sus problemas a la Iglesia Católica y a la gente de derechas, que eran los mayores responsables no sólo de que en aquel país no quedaran personas tan tolerantes y demócratas como él, sino además de que ya dudara en ocasiones aisladas de aquellas verdades absolutas-relativas sobre las cuales había establecido su vida.

En su despacho de la Moncloa, mientras disfrutaba de un buen whisky escocés comprado con dinero de las arcas públicas estatales, lord APR había recibido un mensaje por carta del Gran Maestro de la Logia de España (Este País, para los miembros honoríficos como él). Muy preocupado, el Gran Maestro le hacía llegar la noticia de que un historiador estaba llevando a cabo una investigación sobre el conocidísimo líder comunista Santiago Carrillo, uno de los mitos principales de la democracia por la que desde la Gran Logia tanto habían luchado durante las últimas décadas. Aquel historiador pretendía publicar el trabajo definitivo sobre Santiago Carrillo, un documento que mostraría aquella versión del líder comunista ocultada conscientemente por los políticos democráticos porque podría hacer tambalearse los cimientos ideológicos y políticos sobre los que se había edificado el modelo de Estado que actualmente controlaban. Según una filtración realizada por un infiltrado en el entorno del historiador, el título del trabajo no dejaba lugar a dudas: “El asesino de Paracuellos del Jarama nunca fue demócrata”
Ese trabajo no puede salir a la luz”, finalizaba el mensaje del Gran Maestro. “Haz todo lo que esté en tu mano para evitar que las masas conozcan la verdad sobre Santiago Carrillo”.

-          ¿Qué? ¿Cómo que no piensas abortar?
Enrique se quedó estupefacto al escuchar a su hija nada más volver de la comisaría. Creía haber educado a una joven librepensadora y moderna, a una mujer acorde con los maravillosos tiempos de libertad en que había tenido la suerte de nacer; y en su lugar se había encontrado con una conducta propia del siglo pasado. ¿De qué le había servido preocuparse tanto por la educación de su hija, a la que sólo había dejado ver series televisivas de culto y de calidad como Física o Química?
-          La culpa es tuya y de tu madre –le reprochó Enrique, muy enfadado, a su mujer, cuando se quedaron a solas- ¿Pero cómo pudisteis engañarme así para permitir que la niña estudiara en un colegio de curas? ¡Ya sabía yo que la iban a lavar el cerebro y a meterle ideas retrógradas en la cabeza!
-          El centro tenía buenos resultados académicos y no es obligatorio seguir los principios retrógrados de la Iglesia para matricularse –había dicho su mujer para defenderse- Además, que las hijas de los concejales de Urbanismo y de Seguridad Ciudadana también han estudiado allí y recientemente abortaron. Por una sola vez, los curas no tienen la culpa de los problemas de la niña. Todo esto será cosa de las amistades de Vanesa, que hay algunos chicos con muy mala pinta… ¿Te puedes creer que un amigo suyo va bien peinado y bien vestido todos los días de la semana, en lugar de peinar rastas y llevar un pañuelo palestino al cuello?
Pese a las palabras de su mujer, no pudo evitar cagarse en la estampa de su suegra, aquella mujer anticuada que iba todos los domingos a misa y que había pretendido convertir a su mujer y a su nieta en otras mujeres fascistas y sin personalidad como ella. Pero que su hija se negara a aprovechar un aborto costeado por los contribuyentes (tal y como le había prometido su jefe) no iba a ser el fin del mundo. Al fin y al cabo, también quedaba muy progre que su hija fuera a ser madre soltera de un niño mestizo, fruto de sus retoces con un marroquí a cuya familia además le darían los papeles de residencia en España. Su hija, para su orgullo de padre progre, podría llegar a ser una gran mujer, del mismo nivel que Madonna o Paris Hilton. Y eso era algo que nadie (ni siquiera los reaccionarios que no eran ni tan demócratas ni tan tolerantes como él) le podría quitar.
Que buena gente somos en esta familia”, terminó pensando al final, “gracias a nosotros una familia inmigrante podrá legalizar su estancia en este país y mi hija será la más moderna del barrio. ¿Puedo ser más feliz?

Enrique fue citado, una semana después de su incidente con Ahmed, en el despacho de su no tan nuevo jefe. Allí, tras ofrecerle una copa, lord APR le estuvo explicando todos los detalles del Proyecto P. Quería que Enrique dirigiera a un equipo de personas capacitado para influir en la opinión pública de la gente propagando los principios progres del Gobierno a través de medios indirectos, como la televisión, la radio y la literatura; y a través de medios directos, como las campañas en el sistema educativo o a través de los ministerios. Tras darle una serie de nombres de los individuos que debería reclutar para el Proyecto P, lord APR le hizo las típicas preguntas de rigor sobre la situación de su familia:
-          Bueno, Enrique, ¿y cómo es eso de que tu hija quiere ser madre? –le preguntó lord APR después de que Enrique le pusiera al corriente- ¿No le gusta el botellón?
-          No, si mi hija no bebe alcohol, creo que ha sido por…
-          ¡Venga, hombre, no me hagas reír! ¿Y qué va a ser lo siguiente? ¿Qué se quedó embarazada jugando a los médicos? ¡Qué inocente eres, Enrique! ¡Si hasta los críos de trece años se ponen más ciegos que tú y yo juntos en nuestros buenos tiempos en el Ministerio de Interior!
Tras ordenarle marcharse porque tenía prisa, Enrique dejó a su jefe tomándose una pastilla azul con una V y salió de la Moncloa leyendo el nombre del primer individuo al que tenía que buscar para incorporar al Proyecto P. Al mismo tiempo, al despacho de lord APR pasaba una señorita de aspecto extranjero que tenía una reunión muy urgente con el Presidente del Gobierno de España (“Algún día lo cambiaremos a Este País”, pensaron más de una vez lord APR y Enrique durante una mítica borrachera en el pueblo guipuzcoano de Mondragón, en compañía de unos amigos encapuchados).

Manuel Rojo Pasionario era un historiador de la vieja escuela progre. Sus libros, que se vendían como churros, insistían siempre en la legalidad del gobierno de la Segunda República en su primera etapa y en el maravilloso país que iba a crear el Frente Popular en 1936. Pero no sólo había tratado la etapa republicana: también, como buen historiador progre, había hablado de la guerra civil (que él había rebautizado como “ataque fascista a la libertad y a la democracia”) y del franquismo (etapa que también había rebautizado, pero como “las cuatro décadas de oscuridad, retrocesos sociales, hambre y miseria”). El contenido de sus libros desvelaba la razón por la cual se había cambiado el nombre: él, que había nacido en una familia muy religiosa de clase baja, había comenzado a aborrecer su nombre original, Jesús Varela Grandes, porque le recordaba a personajes clave de aquella sublevación castrense que había acabado con esa utópica sociedad que tanto admiraba; por eso, un día, después de salir de clase en la universidad junto a sus nuevos amigos comunistas, quienes le enseñaron la maldad de todo aquello que había defendido su familia desde tiempos inmemoriales, decidió cambiar su nombre en el Registro Civil y llamarse Manuel en homenaje a Azaña, aquel hombre al que consideraba un visionario excepcional, apellidarse de primero Rojo por esa nueva condición política que había descubierto, y apellidarse de segundo Pasionario porque en aquel país los funcionarios seguían siendo una tropa de fascistas retrógrados que no le permitían ponerse un apodo femenino como apellido a un hombre.
La vida de Manuel Rojo Pasionario había sido muy entretenida: comunista y miembro de un sindicato estudiantil durante los primeros años del siglo XX (no es que fueran muchos, pero los pocos miembros que tenían gozaban de un cuarto propio en la universidad, cedido amablemente por el rectorado, para organizar sus botellones y sus quedadas para fumar porros, además de otras fiestecitas más privadas con la compañía de las compañeras “proletarias” cuando éstas se escapaban de los adosados de lujo en que vivían); tras graduarse en Magisterio e Historia, había pasado años viajando y desenterrando muertos frentepopulistas de la guerra civil en proyectos costeados por el Estado; y, durante la última década, sus esfuerzos se habían dirigido en vender el mayor número posible de sus investigaciones para que las futuras generaciones pudieran conocer a aquellos grandes hombres tan admirados por él por su talante y su espíritu democrático, como Santiago Carrillo, Largo Caballero, Manuel Azaña, Indalecio Prieto… Y en un especial pedestal tenía a Dolores Ibarruri, la conocida líder comunista que había sido su mito erótico durante aquellos alocados y entrañables años universitarios de porros, alcohol y gritos en las manifestaciones de los sindicatos, en los que tanto tiempo había pasado encerrado en su cuarto de baño con aquellos números de coleccionista de Mundo Obrero.

Enrique no conocía personalmente al conocido historiador Manuel Rojo Pasionario, pero había leído todos sus libros y constantemente se emocionaba cada vez que le veía en alguna tertulia televisiva (en alguna ocasión le llegó a pedir a su mujer que se fueran algo más pronto de lo normal a la cama). ¡Jamás hubiera pensado que algún día llegaría a tener a un hombre tan importante, el mejor historiador de España, a sus órdenes!
No le costó mucho convencerle: primero, porque a Rojo Pasionario le encantaba el dinero, como buen defensor del materialismo histórico que era, y las cantidades con las que el Gobierno de España iba a costear aquel proyecto eran muy elevadas; y segundo, porque el responsable del trabajo sobre Carrillo era uno de sus archienemigos y aquello para él se había convertido en algo personal.

Más de uno se llevó una gran sorpresa cuando el gobierno ultraderechista que había precedido al ejecutivo liderado por lord APR había destinado dinero público para la creación, en colaboración con particulares privados, de un medio de comunicación de marcada tendencia progresista. La única justificación que las buenas personas demócratas y tolerantes como Enrique habían encontrado era que la televisión estatal se había endeudado tanto que ya no podía seguir abierta. Y, al contrario de lo que muchos habían temido, las iniciativas privadas habían apostado por personas con mucho talante (más que talento) y progresismo por los cuatro costados. Enrique en ningún momento dudó de que aquello pudiera acabar con la libertad de expresión y el pluralismo ideológico, porque esos valores únicamente podían ser defendidos desde la postura progre de la vida. Y si todos los medios de comunicación llevaban esa línea, la defensa de la libertad, de la democracia y de los derechos sociales estaría garantizada en provecho de las generaciones futuras de ciudadanos tolerantes y, ante todo, demócratas.
El caso es que PROGRE SA se había convertido en el grupo de presión informativo más importante de España y los españoles veían todas las noches de los miércoles los programas de Historia del canal TeleProgre, donde Manuel Rojo Pasionario solía ser uno de los invitados de lujo.

-          Buenas noches, señor Rojo Pasionario –dijo El Tonto Subnormaling, el presentador del programa de Historia de los miércoles, azote de la Iglesia Católica y considerado como un gran humorista por aquel país que tenía el récord negativo de fracaso escolar de todo el continente- Es un placer tenerle otra noche más aquí.
-          Sabe que el placer es mío –decía, regodeándose de la satisfacción de una falsa humildad, Rojo Pasionario- Programas como el suyo son los que permiten que esta sociedad avance por el buen camino y no sufra desviaciones hacia posturas conservadoras, fascistas y enemigas de la libertad.
-          Últimamente existe mucha preocupación entre los historiadores serios, señor Rojo Pasionario. Se rumorea que uno de esos tipejos indeseables que se hace pasar por historiador pretende escribir una sarta de mentiras sobre don Santiago Carrillo.
-          Mucho me temo de que es cierto, Subnormaling. Como bien sabes, en este país todavía quedan, por desgracia, numerosos individuos que pretenden hacerse pasar por historiadores cuando sólo son una tropa de cavernarios revisionistas y nostálgicos del régimen fascista de Franco.
-          Usted es uno de los mejores historiadores de España y ha investigado mucho sobre Santiago Carrillo.
-          Sí, he dedicado muchos años a investigar sobre la vida de aquel hombre maravilloso que fue Santiago Carrillo… Un luchador ejemplar por la libertad y la democracia. De no ser por gente como Santiago Carrillo, este país podría ser algo similar a estos regímenes islamistas que todavía quedan en algún lugar perdido del mundo. La Iglesia Católica, de no ser por los ideales de libertad y de democracia que defendieron estas grandes personalidades, nos hubiera hecho retroceder hasta la Edad Media, convirtiendo a las clases trabajadoras en esclavos de los adinerados.
-          ¿Podría explicarnos algo más acerca de los resultados de sus investigaciones?
-          Trataré de abreviar todo lo que pueda. Santiago Carrillo nació en una familia socialista. Siguiendo los pasos de su padre, participó en aquella huelga revolucionaria que buscaba protestar contra el régimen fascista que Gil Robles, el modelo de extremista de derechas de aquellos años por excelencia, y los falsos liberales de Lerroux estaban implantando en este país. Años después, durante el ataque fascista a la libertad y a la democracia, luchó por defender estos principios hasta que se vio obligado a exiliarse a la Unión Soviética (donde, al contrario de lo que se ha dicho, siempre tuvo el valor de mostrar su oposición a Stalin y a todos los enemigos del verdadero comunismo democrático). Instaurada la dictadura y perdida la libertad de este país, Santiago Carrillo, desde su exilio en París, organizó la resistencia contra el franquismo. Al morir el dictador, Santiago Carrillo tuvo la bondad de perdonar a sus enemigos, pese a que éstos no se lo merecían, y decidió no sacar sus masas proletarias a las calles para permitir un cambio pacífico de régimen. Desde entonces, Santiago Carrillo fue uno de los intelectuales más importantes que ha tenido este país durante estos años oscuros en los que la derecha heredera del fascismo, ya fuera gobernando o controlando al país por medio de la economía, ha ido minando poco a poco los principios tan imprescindibles de la libertad y de la democracia.
-          Está claro que Santiago Carrillo fue un gran hombre y una referencia para las generaciones futuras –decía, sonriente, El Tonto Subnormaling- Entonces, ¿a qué se debe ese rechazo hacia su persona?
-          El problema es el de siempre: la derecha, los fascistas, siguen teniendo mucha influencia en la sociedad. Por algo la Iglesia, hasta hace muy poco, ha tenido tanto peso. Pero estos sectores reaccionarios y retrógrados no pueden, no podrán, borrar el recuerdo de un gran hombre. Luego está el episodio de Paracuellos del Jarama. Para empezar, el número de muertos de aquello no pudo superar los dos mil; y además de que Santiago Carrillo no podía saber lo que estaba pasando, porque el golpe de Estado franquista había provocado un caos inimaginable hoy, esas personas eran enemigas de la libertad y de la democracia, extremistas que no pueden tener ningún sitio en una sociedad sana y tolerante como aquella a la que aspiraba el Frente Popular.
-          ¿Pero quién cree que está detrás de esta campaña de descrédito?
-          ¡Los de siempre! La oposición conservadora, donde la extrema derecha nostálgica del régimen franquista es el principal sector dominante (en este país es imposible tener una derecha moderna, al estilo europeo, partidaria del gaymonio y del aborto). También están detrás de todo esto aquellos grupos marginales, sobre todo neonazis, que son quienes más publicidad difamatoria están haciendo sobre Santiago Carrillo.
-          ¿El neonazismo sería el principal responsable de todo lo negativo que se ha vertido sobre Santiago Carrillo?
-          En gran parte sí. Todas esas teorías estúpidas de que la “guerra civil” (término que rechazo, pero que utilizaré para que los menos expertos en la materia me entiendan sin problemas) tiene sus orígenes en el año 1934 son fruto de las mentes de neonazis, personas enfermas mentalmente. El problema es cuando todas estas idioteces, sin una seria base científica e histórica alguna, son creídas y defendidas por la masa social que debería rechazar esas ideas y asumir como propios los principios de libertad y democracia por lo que tanto lucharon estas bellísimas y difamadas personas, como es el caso de Santiago Carrillo.
-          ¿Puede contarnos algo de la persona que está trabajando en esa “investigación” difamatoria sobre Santiago Carrillo?
-          No daré su nombre para no hacerle publicidad gratuita. Sólo voy a decir que en sus varios trabajos (si es que a eso se le puede llamar así) ha dicho mentiras como que la “guerra civil” se debió a conflictos políticos y religiosos, cuando en realidad se debió a que los sectores fascistas y reaccionarios de la derecha se oponían a que las personas demócratas pudieran tener derecho a una fanega de tierra que fuera de su propiedad. La Historia, como demostró sobradamente Karl Marx, ha sido una constante lucha de clases entre una minoría propietaria de los medios de producción y una mayoría sometida; en el caso de lo sucedido en el siglo pasado, los adinerados fascistas se oponían a que la gente sin recursos y defensora de la democracia tuviera el derecho a poseer los medios de producción con los que ganarse la vida. Y esto, cuyo conocimiento está hoy al alcance de todas las personas que quieran saber la verdad, es lo que ocultan estos pseudohistoriadores franquistas, empeñados en presentar este episodio histórico como algo político (cuando no como una especie de cruzada religiosa, algo sin fundamento alguno).
-          Muchas gracias por su presencia en el programa de hoy, señor Rojo Pasionario –dijo El Tonto Subnormaling- Ya han escuchado, estimados telespectadores: el extremismo fascista, enemigo de la libertad y de la democracia, pretende acabar con nuestros derechos para convertirnos en esclavos de la Iglesia Católica; para ello, utilizan su única arma: la mentira y la difamación. Decírselo a todos los que conozcáis: ¡Santiago Carrillo fue un hombre ejemplar, un demócrata de los pies a la cabeza y un luchador por la libertad y los derechos de la clase trabajadora! ¡Boicot a quienes pretendan manchar su nombre!

El trabajo definitivo sobre Santiago Carrillo iba a ser presentado en un importante edificio de la ciudad de Madrid un par de meses después de aquellas palabras de Rojo Pasionario en el canal TeleProgre. E iba a serlo porque al final no lo fue.
Grupos comunistas y personas sin adscripción política alguna, de manera “espontánea”, provocaron alborotos en las inmediaciones que forzaron a cancelar el evento.
Aquella misma noche, todos los medios de comunicación elogiaron a aquellos manifestantes mientras señalaban que sólo algunos espacios de internet vinculados a la extrema derecha se hacían eco de aquel proyecto de investigación histórica.
Enrique vio todas aquellas noticias en su casa, con su mujer y su hija al lado. Sonreía con satisfacción, pensando en la razón que tenía aquel refrán de que “el que tuvo, retuvo”. Aquellos años trabajando en el Metro de Madrid no habían hecho mella de su capacidad para organizar alborotos en la sombra. ¡Igualito era aquel espectáculo que el del chapuzas que preparó el movimiento 15 de mayo!
Pero Enrique tuvo que dejar de autosatisfacerse con sus pensamientos cuando su hija, que ya comenzaba a notársele el ser vivo que se desarrollaba en sus entrañas, se levantó corriendo para ir al baño a vomitar.

En el despacho de la Moncloa, después de haber estado reunido con otra señorita de origen extranjero (de Europa del Este, concretamente; igual que su idolatrado y querido Largo Caballero, admiraba todo lo que venía de aquella región del planeta), lord APR no estaba tan satisfecho con el trabajo de Enrique. El Gran Maestro le había hecho llegar un nuevo mensaje en el que le hacía saber que aquello no había estado del todo mal, pero que lo ideal hubiera sido acabar con aquel historiador y haber destruido todas las pruebas de su investigación. Comprendía el enfado del Gran Maestro, pero no le gustaban los muertos desde aquel escándalo en el que su nombre había aparecido implicado unas cuatro décadas antes. Le había costado mucho llegar hasta ese cargo, tras haber estado a la sombra de dos zoquetes que no le llegaban a la suela de los zapatos, y no pensaba echarlo a perder empleando métodos del siglo pasado. Además, ¿qué importaba que el libro saliera a la venta si podían denigrar el trabajo diciendo por los medios que los únicos que lo adquirían eran las mentes enfermas, extremistas, retrógradas y marginales del fascismo tradicional?



http://www.hispaniainfo.es/web/2013/02/13/proyecto-p-capitulo-2/

Este relato fue publicado en el portal Hispaniainfo el 13 de febrero de 2013

10 de febrero de 2013

Palabras en homenaje a Matías Montero (08-02-2013)




Nos persiguieron como a alimañas, tratando de acabar con nosotros por cualquier medio posible (civil y criminal) y negándonos el simple derecho a existir.
Quisieron convertirnos en una organización de mercenarios al servicio de sectores sociales repugnantes y egoístas, responsables del hambre y de la desesperación de tantos y tantos de nuestros compatriotas españoles.
Falsificaron el contenido de nuestras ideas y nos despojaron de nuestras vestiduras, arrebatándonos nuestros símbolos y utilizando toda nuestra parafernalia externa para encubrir su hipocresía y el verdadero ídolo al que rendían culto: sus privilegios materiales.
Y pese a todas las desgracias y ataques sufridos, pese a todas las mentiras vertidas sobre nosotros, pese a las tergiversaciones interesadas difundidas sin conocimiento alguno acerca de nuestro mensaje… ¡Pese a todos los que han tratado de silenciarnos y de hacernos desaparecer, aquí estamos!

Hoy, como lleva sucediendo desde hace muchos (demasiados) años, varias generaciones de falangistas hemos vuelto a reunirnos para homenajear a Matías Montero. Asesinado por la espalda por esos mismos que hoy creen que podrán cambiar la Historia sólo por haber aprobado una ley en un parlamento, Matías Montero fue un joven comprometido con los ideales que defendía y por los cuales entregó su vida. Fue el primero en acudir a aquella primera llamada a la conquista del Estado realizada por Ramiro Ledesma y sus camaradas jonsistas a la juventud española, porque creyó que la lucha por una Patria fuerte nunca iría reñida con una Justicia Social que alcanzara a todo el pueblo español; se enroló bajo la bandera de la Falange de José Antonio, en busca de un estilo propio entrañablemente español, y desde allí organizó la rebelión de los estudiantes que se negaban a entregar la patente de la educación y la cultura a la izquierda más rancia, sectaria y retrógrada; y murió, asesinado, cayendo como el destino sólo reserva a quienes son dignos de ser recordados y homenajeados por las generaciones futuras.

Pero hoy no nos hemos reunido aquí para decir unas simples palabras bonitas en su recuerdo. Los héroes jamás mueren para ser idolatrados y honrados, esa mentalidad pagana nunca fue el objetivo de Matías Montero ni el de sus camaradas; los héroes mueren por causas justas y por eso estamos aquí. La misma causa, esa justicia social profunda que permita a nuestro pueblo regresar a la supremacía de lo espiritual, es la que nos une a los aquí presentes con Matías Montero.
Hoy quizá no sea tan grande el riesgo de recibir un disparo por la espalda por parte del enemigo, que aún se sigue disfrazando de “demócrata”, pero numerosísimas familias españolas continúan sufriendo los estragos del hambre ante la incompetencia de la clase política y la avaricia de quienes especulan con el dinero que no es suyo porque jamás lo han ganado honradamente.

Matías Montero NO murió por defender los privilegios ningún sector derechista y reaccionario.
Matías Montero NO murió para tiranizar a los trabajadores españoles.
Matías Montero NO murió para que sólo los hijos de los adinerados pudieran estudiar en la universidad.
Hubo mil razones por las que Matías Montero NO murió.
Pero hay que decir por qué SÍ murió…
SÍ murió por una España en la que ninguna familia viviera miserablemente pasando hambre.
SÍ murió por una España en la que no hubiera sitio para especuladores, terratenientes y ociosos capitalistas que sólo vivían de los beneficios de sus inversiones.
SÍ murió por una España en la que todos aquellos que se lo hubieran ganado pudieran realizarse como personas estudiando aquello para lo que se sintieran llamados, independientemente de su condición social y situación económica.

En el nombre de todos te doy las gracias, Matías, por tu ejemplo de sacrificio, ilusión y compromiso con unos ideales que probablemente hoy no estamos sabiendo defender como se merecen. Que Dios nos niegue el descanso hasta que sepamos recoger para España la cosecha que siembra no sólo tu muerte, sino la de tantos y tantos falangistas que nos han precedido en esta dura, eterna y justa lucha.

Matías Montero: ¡PRESENTE!

Caídos por Dios y por España: ¡PRESENTES!

¡Arriba España!



http://www.hispaniainfo.es/web/2013/02/10/recuerdo-y-homenaje-a-matias-montero/

http://tradiciondigital.es/2013/02/10/recuerdo-y-homenaje-a-matias-montero/

Estas palabras fueron pronunciadas en la tarde del viernes 8 de febrero, tras la santa misa en recuerdo a Matías Montero, cuando tuve el honor de poder hablar en recuerdo de uno de los jóvenes que más influyó en el devenir del movimiento falangista. Los portales Hispaniainfo y Tradición Digital publicaron el texto el 10 de febrero.

7 de febrero de 2013

El político despilfarra y el estudiante paga




Últimamente apenas se habla en la universidad pública española de otra cosa que no sea la subida de las matrículas para el próximo curso (algo esperado, viendo la afición del Partido Popular a la tijera, pero que de todos modos no molesta menos). De la noche a la mañana, los “genios” que se autoproclaman “representantes del pueblo español” se han dado cuenta de que el sistema educativo español es un desastre y han decidido implantar algo similar a la meritocracia… eso sí, dando prioridad al estudiante (o más bien a la familia) que disponga de holgados recursos económicos.
El que no pueda costearse los estudios universitarios, según la tesis promovida por el equipo de Mariano Rajoy, es un “vago” y un “parásito” que malgasta el dinero público.

La clase política goza de unos privilegios, como los coches oficiales o las pensiones vitalacias, fuera del alcance de los españoles de a pie (porque los miembros de la oligarquia son otro sector social); pero, pese a que todos estos privilegios de la clase política española suponen una sangría al país entero, parece que Mariano Rajoy, acompañado de su forofa Maria Dolores de Cospedal, no encuentra más formas de hacer recortes que limitando las posibilidades y el futuro de los jóvenes españoles. Nuestra nación lleva décadas saqueada por la clase política; por supuesto, todo realizado en nombre de la “libertad”, la “democracia” y la descentralización del “Estado autonómico” (causas muy justas con las que tan sólo un grupo de “fascistas” no sería capaz de solidarizarse, según opinan sus partidarios). Y ahora, cuando ya no queda dinero que sacar de las arcas públicas pero con los partidos políticos más solicitados que nunca para colocar en puestos administrativos a sus acólitos, es cuando el Partido Popular parece haber encontrado la solución al problema: la ruina económica de España van a pagarla los estudiantes.

Somos la generación peor preparada de la Historia. Y, como consecuencia de ello, también se nos presenta el futuro más negro que uno pueda esperar (por eso seremos la primera generación de españoles que viva peor que sus predecesores). Supongo que esa será la razón por la cual los estudiantes vamos a ser los tontos útiles que se hagan cargo de la incompetencia e irresponsabilidad de los políticos. Aunque, más que los estudiantes en general, se podría decir que quienes pagaremos los platos rotos seremos los estudiantes de la enseñanza pública.
Esto sí que no cambia. Gobiernen las supuestas derechas o las supuestas izquierdas, siempre salimos perjudicados los mismos: quienes no disponemos de recursos económicos.
Como es lógico, aquellos con recursos acudirán a una enseñanza privada (en algunos casos, con el apoyo de una parte del clero español que parece haber olvidado cual es su labor) que, según las malas lenguas, planta suficientes o matrículas de honor en función del dinero que la familia del alumno suelte a la entidad. Y es que, para ser sinceros, la única “contribución” que la educación privada ha hecho a la sociedad española en general ha sido la de convertir el sector de la enseñanza en un negocio asqueroso que no hace otra cosa más que perpetuar a una elite de oligarcas y de oportunistas en torno a los partidos políticos.

Pero tampoco quiero caer en el populismo de culpar de todo a los ricos. Dios quiera que esa gente pague algún día por las injusticias sociales que sufrimos muchos españoles, pero no lo considero una razón suficiente como para quitar responsabilidad a los españoles de a pie que, comicio sí y comicio también, echan en una urna una papeleta en favor de los partidos políticos responsables del desastre (y entre esos españoles también hay, como es lógico, muchos estudiantes).
Es evidente que los españoles que han legitimado en las urnas los “choriceos” de los políticos tienen parte de responsabilidad de la actual situación, pero no tanta como para justificar que esos mismos políticos lleven a cabo una campaña salvaje de recortes sociales sin reducir sus privilegiados cargos.
Y, como es lógico, no es justo que los españoles que no hemos legitimado en ningún momento esos recortes tengamos que sufrir que trunquen nuestro futuro sólo porque a unos cuantos millones de zoquetes se les ocurriera el pasado 20 de noviembre la “feliz” idea de encumbrar a Mariano Rajoy a La Moncloa (aunque la verdad es que prefiero no pensar en lo que hubiera pasado de haber salido victorioso Rubalcaba).
Es justo que el pueblo reciba los males que ha elegido, pero hasta cierto límite. Y ese límite ha sido sobrepasado con tantas familias españolas al borde de la pobreza (eso cuando no viven directamente en situaciones de pobreza real), tantos compatriotas españoles aumentando las estadísticas del paro y, por supuesto, tantos estudiantes españoles que verán truncadas sus expectativas de futuro gracias a la estrategia económica del Partido Popular y el puñetero neoliberalismo (el mismo que en los años del “boom del ladrillo” era tan “maravilloso”).

Mucho me temo que los políticos demoliberales van a seguir campando a sus anchas por España, arruinándonos la vida a los españoles de a pie y haciéndonos responsables de una situación que no ha sido provocada de forma directa por el pueblo español porque la crisis es el propio sistema político y económico… que parece tambalearse un pelín en algunos sitios.
En estos momentos, tanto en la vecina Francia como a lo largo de toda Europa, muchos memos defensores de la democracia liberal (y supuestamente de la libertad de expresión, del derecho de reunión y manifestación y de tantas otras cosas que se venden en las Cartas Magnas) critican públicamente, sin poder contener una profunda rabia reprimida, los resultados electorales del Frente Nacional de Marine Le Pen en las elecciones presidenciales. Calificando de “virus” el auge del Frente Nacional francés, ahora muchos parecen haber encontrado su versión particular del mal encarnado en una señora francesa rubia con algo más de cuarenta años que no encaja en su estereotipo de “viejo retrógrado que escupe odio y bilis”.
Por supuesto, esas personas pasan inmediatamente de Marine Le Pen y su programa político a la Segunda Guerra Mundial y al III Reich en tan sólo un par de preguntas… es lo que tiene la impotencia de ver como la población joven de Francia, el futuro de la nación vecina, siente una especial predilección por la candidata del Frente Nacional en lugar de por Sarkozy (a quien no parece haberle servido de mucho el estar casado con un bellezón) u Hollande (probablemente el próximo “Zapatero” más conocido de Europa de aquí a un par de años).
Me alegra saber que la juventud francesa es más inteligente que la española. Quizá estas palabras puedan parecer injustas, pero así es. Parece ser que la juventud de nuestros vecinos se siente más identificada con los ideales nacionales, la defensa de su identidad y una alternativa política real al neoliberalismo y a la socialdemocracia, en su gran mayoría, que con las promesas de “más de lo mismo” que representan Sarkozy y Hollande.

Ante la situación de Francia, en España el político que más congenia (ideológicamente hablando) con la juventud es Zapatero. Invito a cualquiera que lo dude a que lo compruebe: la gran mayoría de los jóvenes españoles comparte más las ideas de abortismo, feminismo, matrimonio homosexual, “memoria histórica” y libertinaje que cualquier otras.


http://www.hispaniainfo.es/web/2012/04/26/%E2%80%9Cel-politico-despilfarra-y-el-estudiante-paga%E2%80%9D/

Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo el 26 de abril de 2012