30 de abril de 2013

La juventud española está huérfana de Patria



El problema exacto de las juventudes españolas en este momento es ni más ni menos el de que alcancen una plena conciencia de su misión histórica. Tienen además que saber que si ésta no es realizada ni cumplida, España perece, y los españoles quedarán espiritualmente y económicamente decapitados.
Realmente, si las juventudes examinan hoy su patrimonio, es decir, lo que son y lo que tienen, descubrirán (…) que es bastante reducido y simple. Lo que, lejos de contrariarlas y lejos de dificultar las tareas que le corresponden, las coloca y emplaza en la plenitud de su destino.
(…)
¿Qué tiene de un modo verdadero el joven español en su mochila?
Tiene en primer lugar su juventud, es decir, una vida proyectada en el mañana, en el futuro. Y tiene también, posee también, una dimensión nacional, el hecho profundo, decisivo y formidable de haber nacido español, de ser español (…)
No tiene más. No tiene riqueza, no tiene sabiduría, ni poder, ni destino individual ya alcanzado, ni doctrina política alguna a qué servir; en fin, nada sino aquellos dos valores ya dichos. Esto le acontece porque hace su presencia en una coyuntura tal de España que las actuales energías rectoras, tanto en el orden político como en el social y económico, se encuentran atravesando una hora de impotencia, contradicción y crisis.
(…)
Si a estas alturas, si en estos momentos, España vacilase como nación independiente y libre, las juventudes quedarían amputadas, taradas, convertidas sin remedio en puros despojos.
El hecho de encontrarnos haciendo cara a las etapas finales de un larguísimo y secular proceso de descomposición, nos coloca tanto al borde del abismo como al borde del Imperio. Pero España debe y puede salvarse, siendo cada día más evidente que las juventudes constituyen su posibilidad única de salvación”.
(“Discurso a las juventudes de España”, Ramiro Ledesma)

Hubo una época en la que la juventud creyó ser capaz de cambiar España. Alistados al calor de banderas de guerra y de fe, combatiendo al enemigo ideológico mientras se llegaba al extremo de entregar la vida por un ideal, los jóvenes españoles soñaron con que su sacrificio y el de sus camaradas serviría para construir una nueva nación cuyos pilares y fines serían totalmente contrarios a los de la vieja sociedad demoliberal. Pero la sociedad demoliberal no sólo no pasó a mejor vida, sino que con el paso de los años terminó saliendo fortalecida del sacrificio de otros muchos jóvenes europeos, repartiéndose con el comunismo soviético el jugoso pastel que representaba el mapa de Europa.

El gran logro de la sociedad demoliberal para asegurar su supervivencia a partir de 1945 fue eliminar toda posible ilusión de la juventud. Los años mozos, supongo que por la inexperiencia o por la inmadurez, siempre fueron los años propicios para que una persona cuestionara las bases del sistema político y económico establecido y luchara por derribarlo. La mejor prueba de todo esto la encontraríamos en los Años de Plomo en España (1975-1982): los grupos “extremistas”, según la terminología empleada por los acomplejados y autodenominados demócratas, agruparon a su alrededor a muchísimos más jóvenes que las formaciones políticas partidarias de convertir a la sociedad española en otra materialista y burguesa nación made in Unión Europea. Sin embargo, a partir de la consolidación del régimen juancarlista y demoliberal de 1978, la tendencia de la juventud española comenzó a cambiar en la misma línea que los valores del resto de la sociedad: envenenados los españoles de liberalismo constitucional amoral y apátrida, la escasa juventud española con inquietudes políticas dejó de luchar por ideales y pasó a hacerlo por bienes materiales y privilegios individuales (de ese modo, la juventud española sustituyó las banderas, los símbolos y el inconformismo por las gaviotas y los puños con las rosas). También hubo quienes, como José María Aznar, cambiaron radicalmente sus ideas y dejaron de definir el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera como “la obra que España espera” y optaron por unirse a las filas de sus antaño adversarios ideológicos.

Hoy, como hace décadas, los jóvenes españoles nos encontramos con que el único patrimonio con el que contamos son nuestra juventud y nuestra nacionalidad. Por lo general, el joven español medio no tiene fe en nada, ni en lo político ni mucho menos en lo religioso; no tiene la esperanza de tener un futuro estable, ni siquiera digno, porque las previsiones no son nada positivas y todo señala a que se verá obligado a emigrar al extranjero si quiere prosperar en lo económico; no tiene ningún resto del espíritu crítico necesario para cuestionarse si las bases sobre las que se edifican el Estado y la sociedad actual son más o menos buenas o malas; no tiene cultura, porque es infinitamente más inculto y peor formado, aunque le digan lo contrario, que las generaciones anteriores… El joven español, en resumen, sólo tiene una juventud y una hispanidad que le son indiferentes y que considera inútiles porque lo único que le importa en la vida, mal que me pese reconocerlo, es tener en el futuro un trabajo estable, un salario generoso a final de mes, un buen coche, salir de fiesta y abusar del alcohol todos los sábados por la noche, y disfrutar de los jóvenes y lascivos cuerpos de las numerosísimas muchachas sin personalidad que abundan en todas las urbes habidas y por haber a lo largo de nuestra geografía…
Excepciones a todo lo dicho hay, por supuesto; pero, para nuestra desgracia, lo habitual entre la juventud políticamente preocupada se inclina hacia dos áreas nada positivas: la política profesional, es decir, los miembros de las Nuevas Generaciones y las Juventudes Socialistas, un conglomerado de liberales, falsos conservadores, socialdemócratas y supuestos socialistas que buscan vivir a costa de sus compatriotas; y los herederos ideológicos de Karl Marx y de Mijail Bakunin, todos ellos materialistas, apátridas y destructivos para todo ente nacional que se precie de serlo.

La juventud española, al igual que ha sucedido en el resto de sociedades occidentales, modernas y desarrolladas, ha perdido la fe en todo. Sólo vive para vivir, entendiendo “vivir” por disfrutar de los goces materiales que el mundo de hoy ofrece. Pero, tras esa capa de protección y de aparente bienestar, se esconde una gran generación desarraigada de la fe en Dios, de principios morales superiores al hombre y de la Patria… porque la juventud española no tiene Patria. Vivir en un determinado país y bajo la legislación de un Estado no significa ser miembro de una Patria; para ello, tal y como he aprendido de la doctrina falangista, ha de haberse incorporado el destino individual de cada persona a la misión histórica de su comunidad. Y una generación cuya máxima aspiración es encontrar un trabajo en el que gane un enorme sueldo para su propio disfrute no puede pretender que ese destino individual y egoísta forme parte de nada superior salvo cuando beneficie a sus intereses particulares, y esa mentalidad es incompatible con la defensa de una Patria como proyecto común de millones de personas.

España sigue teniendo una revolución pendiente, un cambio radical sobre las estructuras económicas y políticas que devuelva a los españoles su libertad y su dignidad como seres humanos y como nación en el mundo. Desmontar el capitalismo sigue siendo una alta tarea moral además de una cuestión económica. Incorporar a los numerosos españoles infectados por la epidemia del separatismo primitivo a un ambicioso proyecto nacional se ha convertido hoy en un reto todavía más apasionante para quienes creemos que España es algo más que un simple territorio en el extenso continente europeo. Pero antes de pretender acometer todas esas altas y nobles tareas, antes de buscar la derrota del sistema capitalista y de los movimientos políticos secesionistas, los españoles hemos de recuperar y construir la Patria que hoy no tenemos. ¿O es que podemos considerar como Patria a un país sin soberanía alguna? Recuperar la soberanía necesaria, tanto en materia política como en materia económica, se antoja imprescindible para que algún día podamos afirmar que los españoles (especialmente los jóvenes) somos miembros e hijos de una Patria justa y libre.



http://www.hispaniainfo.es/web/2013/04/27/la-juventud-espanola-esta-huerfana-de-patria/

http://tradiciondigital.es/2013/04/27/la-juventud-espanola-esta-huerfana-de-patria/

Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo y en el portal Tradición Digital el 27 de abril de 2013

21 de abril de 2013

Amiguismo e irracionalidad al estilo anglosajón



Habrá días en los que llegues a casa tan cansado que lo único que quieras sea sentarte en un sillón y no pensar en nada. Y pondrás una película, americana por supuesto, ya que el “American way of life” se encuentra omnipresente hasta en el más ligero detalle de las podridas y amorales sociedades desarrolladas de Occidente (aunque, sinceramente, entre ver a Arnold Schwarzenegger disparando a todo lo que se mueve en Terminator o ver a Maribel Verdú de mujer frentepopulista acosada por un sacerdote católico en Los girasoles ciegos, me quedo con la primera opción sin dudarlo)…
El caso es que ese producto de Hollywood poca variedad podrá ofrecerte: el niño solitario con padres divorciados que gana él solito un partido de béisbol, el adolescente más pringado de su clase que al final de la película tendrá en sus brazos a la rubia más guapa de su instituto, los soldados estadounidenses llevando la democracia liberal a tiros a una Europa invadida por unos malvadísimos alemanes que sólo saben ondear banderas con esvásticas, la epidemia zombie que aniquila a toda una especie menos a una minoría de individuos que se abren camino entre muertos vivientes a base de puñetazos y patadas… Y, por supuesto, en medio de todos estos argumentos no podían faltar la corrupción y el tráfico de influencias. Su guión típico suele ser el siguiente: un político de prestigio, un directivo de una empresa o banco importante, o cualquier tipo sin ningún escrúpulo y con muchísimo dinero, sale una noche a beber como si los vasos no tuvieran fondo y, tras haber estado disfrutando de la compañía de unas mujeres dedicadas a una profesión (si es que se le puede llamar así) no muy honorable precisamente, coge su vehículo para volver a casa y se lleva por delante a alguien que estaba en el momento y en el lugar equivocado; por supuesto, el sujeto con dinero se acabará librando de ir a prisión (y de descubrir el lado menos fashion y sofisticado de la homosexualidad) gracias a unos amigotes suyos muy influyentes y con muchísimo dinero en sus cuentas bancarias.

El argumento mencionado anteriormente puede parecer un cliché típico del cine estadounidense, pero en España ha habido episodios de ese tipo no muy ficticios precisamente.
El 7 de diciembre de 2012, Alberto Ruiz Gallardón, Ministro de Justicia del Gobierno del Partido Popular, firmaba el Real Decreto 1668/2012: “Visto el expediente de indulto de don Ramón Jorge Ríos Salgado, condenado por la Audiencia Provincial de Valencia, sección cuarta, en sentencia de 17 de enero de 2011, como autor de un delito de conducción con grave desprecio para la vida de los demás en concurso ideal con un delito de homicidio, un delito de lesiones, una falta de lesiones y una falta de daños, a la pena de trece años de prisión e inhabilitación especial para el derecho de sufragio pasivo durante el tiempo de la condena, por hechos cometidos en el año 2003, en el que se han considerado los informes del Tribunal sentenciador y del Ministerio Fiscal, a propuesta del Ministro de Justicia y previa deliberación del Consejo de Ministros en su reunión del día 7 de diciembre de 2012: Vengo en conmutar a don Ramón Jorge Ríos Salgado la pena privativa de libertad pendiente de cumplimiento por otra de dos años de multa, que se satisfará en cuotas diarias de seis euros cuyo inicio y forma de cumplimiento serán determinados por el Tribunal sentenciador, a condición de que abone las responsabilidades civiles fijadas en la sentencia en el plazo que determine el Tribunal sentenciador y no vuelva a cometer delito doloso en el plazo de cinco años desde la publicación del real decreto”.
Los cargos contra Ramón Ríos, como puede verse, eran bastante serios. Y, encima, según publicó ABC el 21 de marzo de este año, “los motivos que le llevaron a actuar de esta forma son a día de hoy un auténtico misterio. Las pruebas de alcoholemia dieron negativo. Sólo recordaba que cogió el coche tras una comida de trabajo y el peaje a la altura de Silla”. Sin embargo, Ramón Ríos contaba con lo más que valioso que un hombre puede tener en la sociedad actual: contactos en el mundo de la política profesional. Primo de José Ignacio Echaniz (consejero de Sanidad de la Comunidad Autónoma de Castilla La Mancha y diputado autonómico por el Partido Popular) y defendido por el bufete de abogados donde trabaja Ruiz Gallardón junior, Ramón Ríos evitó dar con sus huesos en el presidio a cambio de 4.380 euros… una cantidad infinitamente menor a la vida que se llevó por delante.

Para destruir a una sociedad no hay nada más efectivo que inocularle unos hábitos y gustos foráneos. José Ortega y Gasset lo explicó a la perfección en su genial ensayo España invertebrada: “Toda “civilización” recibida es fácilmente mortal para quien la recibe. Porque la “civilización” –a diferencia de la cultura- es un conjunto de técnicas mecanizadas, de excitaciones artificiales, de lujos o luxuria que se va formando por decantación en la vida de un pueblo. Inoculado a otro organismo popular es siempre tóxico, y en altas dosis es mortal”. Por su parte, el reputado historiador y enemigo público número uno de la izquierda española, Luis Pío Moa, señala a la anglofilia (simpatía o incluso devoción por la cultura anglosajona) como uno de los principales y peores defectos de la clase política española (algo especialmente visible entre los neoliberales del Partido Popular, ya que los socialdemócratas del PSOE son más partidarios de dárselas de modernos y tolerantes riéndole las gracias al neosocialismo sudamericano).

Ahora mismo no sabría decir si los episodios como el de Ramón Ríos son fruto de la intoxicación provocada en la sociedad española por la industria hollywoodiense, del no correspondido amor entre la clase política pepera y el mundo anglosajón, o de la eterna e inevitable atracción del ser humano hacia el mal… No sé exactamente por qué los políticos del Partido Popular dejan en la calle a conductores excesivamente imprudentes y a sanguinarios terroristas de ETA… Habrá muchas cosas que no sepa; pero ver, creo que veo estupendamente pese a la miopía, y no dejo de ver cómo en este país sólo se sale adelante a base de amiguismos y de influencias, a base de chanchullos y de no ser honrado, a base de aprovecharse del prójimo y hasta de reírse de él… Han creado (y nos han obligado a formar parte) una sociedad de mierda en la que quieren vivir a nuestra costa mientras esperan que les riamos las gracias y que incluso les aliviemos todos sus repugnantes y obscenos apetitos. Y todos, desde el Borbón que puso Franco en el trono de España y que firmó la Constitución de 1978 hasta los comunistas aliados con quienes saquean una región entera, son culpables; todos y cada uno de los miembros de esta casta política vividora e inútil, que únicamente sabe chupar la sangre a las masas estúpidas que encima aplauden y se sienten libres por saber que pueden elegir a su estafador cada cuatro años.

Pero no es el cine yankee lo único anglosajón que la maldita clase política ha inculcado en la sociedad española. ¿Qué podemos decir del hooliganismo? Hooligan es el término utilizado en Inglaterra para referirse a lo que en España se conoce como “ultras” en el mundillo del fútbol. Pero un hooligan, en el ámbito político, también puede ser el típico imbécil que defiende irracionalmente a unas siglas a las que vota elecciones sí y elecciones también sólo porque son de su agrado, por cuatro tópicos o porque son las que se han defendido siempre en su familia. Un hooligan es el memo que dice que el PSOE y José Antonio Griñán han robado en Andalucía, pero que los casos de corrupción del Partido Popular son muchísimo peores (y si encima añade lo de que el Partido Popular fue fundado por ministros del franquismo, ya estaríamos ante un hooligan progre de pata negra). Y un hooligan también es el que dice que el Partido Popular no derogará la ley del aborto, pero que sus escándalos de corrupción son menores que los del PSOE y que es preferible votarles porque son el “mal menor” (y si dijera que Aznar y su gobierno fueron unos tipos maravillosos con los que la economía iba genial porque pusieron a todos los vagos a trabajar, podremos decir que es un hooligan pepero de pata negra). Ambos hooligan son igual de irracionales, estúpidos, incultos y todas los adjetivos negativos y despectivos que se nos puedan ocurrir… el problema, lo más preocupante de todo, es que estamos constantemente rodeados de ellos.

España, para nuestra desgracia, cada día se parece más a una producción de origen anglosajón. Y no porque compartamos nacionalidad con una señora que era concejal en un pueblo de la provincia de Toledo, que se escandalizó porque se difundió un video erótico grabado para su amante (teniendo ella un marido e hijos) y que ahora va por la vida dándoselas de Paris Hilton… Tampoco porque nuestros compatriotas sean unos descerebrados que, cual perro de Pavlov, sacan la lengua y miran con ojillos húmedos y sumisos a sus amos… Si España se parece a una producción anglosajona es porque la inmensa mayoría de nuestros semejantes vive en su particular mundo de fantasía mientras Juan Carlos I de Borbón y sus 40.000 ladrones saquean este país con total impunidad; sólo que aquí, a diferencia de las costosas producciones de los señores de nariz grande y cartera llena, no va a venir ningún ser mágico a salvarnos de las garras de los orcos o del monstruo de turno.

¿Puedo parecer negativo? Lo soy y mucho. Pero recientemente leí algo que me ha animado mucho y cuya reflexión quiero recomendar. Son palabras de Ramiro Ledesma en Discurso a las juventudes de España: “Que en España no van bien las cosas, al parecer desde tiempos remotos, lo saben ya los españoles desde que nacen. Hay y existen mil interpretaciones, mil explicaciones, acerca de los motivos por los que España camina por la historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria. Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven en absoluto de nada. Bástenos saber que sobre España no pesa maldición alguna, y que los españoles no somos un pueblo incapacitado y mediocre. No hay en nosotros limitación, ni tope, ni cadenas de ningún género que nos impidan incrustar de nuevo a España en la Historia universal. Para ello es suficiente el esfuerzo de una generación”.




http://www.hispaniainfo.es/web/2013/04/19/amiguismo-e-irracionalidad-al-estilo-anglosajon/

http://tradiciondigital.es/2013/04/20/amiguismo-e-irracionalidad-al-estilo-anglosajon/

Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo el 19 de abril de 2013 y en el portal Tradición Digital el 20 de abril de 2013

16 de abril de 2013

Proyecto P: Capítulo 6




Vicentito estaba muy nervioso. El diputado no era novato en lo de hablar ante una multitud, pero aquella ocasión era especial porque iba a ser el pregonero del Día del Orgullo Gay en el barrio madrileño de Chueca: tras tantos años entre los miembros del público, esperando ansioso la hora de emborracharse junto a las locazas de sus amigos, aquel 28 de junio iba a ser él el protagonista de la jornada.
-          ¡Muy buenos días a todos y a todas, locas y bollos! –exclamó Vicentito nada más subir al escenario- Me alegra ver a tantas caras conocidas, con algunas de las cuales he pasado muy buenos momentos (¡ya sabéis a qué me refiero, brivones!); a otros ahora mismo no os reconozco, aunque probablemente hayamos compartido más de un rato en algún cuarto oscuro de este barrio…
Los compañeros de Partido de Vicentito, repartidos entre el público para gritar aisladas consignas de apoyo, escuchaban muy satisfechos aquellas palabras. Llevaban varios meses ocupando el Gobierno y no habían sido capaces de impulsar ningún cambio radical, las críticas aumentaban y cada vez les resultaba más difícil controlar a la gente que les había llevado hasta el poder. Necesitaban un nuevo alarde progresista hacia la población para calmar los ánimos de sus seguidores y no había mejor oportunidad que la del Orgullo Gay.
-          Muchos intolerantes están aprovechando la penosa situación social dejada por la derecha para criticar al Gobierno –decía Vicentito, para quien aquel discurso era una oportunidad política de aspirar a la Champions League de su Partido- Dicen que el Gobierno es incapaz de hacer nada por la educación pública, que se encuentra a la cola de Europa en cuanto a resultados; dicen que no hace nada por la sanidad, escasa de personal cualificado que emigra hacia Inglaterra y Alemania; dicen que es incapaz de resolver la crisis económica… ¡Tonterías, tonterías y tonterías!... ¡El Gobierno prepara ambiciosas reformas para ponernos a la cabeza de Europa en menos de un año, hay que tener paciencia! ¡Y el Gobierno sabe qué es lo importante para este país; por eso estoy aquí, para deciros que este nuevo Gobierno sí apoya al colectivo homosexual y que pensamos otorgarle todos los derechos y privilegios que los retrógrados intolerantes nos han vetado durante los últimos años!
Los drag queen aplaudían y levantaban sin parar sus plumas a la vez que un grupo de lesbianas se quitaba las camisetas y enseñaba mensajes contra la República Islámica de Irán y en recuerdo de la Segunda República Española (algunas incluso repartían papeles donde explicaban que la homosexualidad era algo moralmente aceptado en la España de 1936 y que sólo el golpe de Estado del homófobo Francisco Franco impidió que el gobierno del Frente Popular impulsara la primera ley de matrimonio homosexual de la Historia).
-          El Gobierno sabe que todos y todas sois muy importantes para esta sociedad: sin vuestras orgías, sin vuestros cuartos oscuros, sin vuestras borracheras en mitad de la calle… sin vuestras versiones contemporáneas de las antiguas bacanales romanas, en definitiva, no puede haber ninguna sociedad que presuma de tolerancia, respeto, libertad y democracia. ¡Y, por eso, el Gobierno no habrá dispuesto de tiempo para impulsar una nueva ley educativa, como tampoco ha tenido tiempo para preocuparse del problema de los hospitales; pero no dudéis de que el Gobierno no os dejará a un lado, como hizo el anterior Ejecutivo, y amentará las subvenciones a vuestras asociaciones y a vuestras campañas informativas!
Vicentito, encantado con el efecto que estaban provocando sus palabras, esperó a que la multitud dejara de aplaudir y de jalear su nombre.
-          Pero no todo es positivo y hay que decirlo. Hay personas, por llamarlas de alguna manera, que son homosexuales y no se sienten orgullosas de ello; repito, son homosexuales y no se lo van restregando por la cara a todo al que se encuentran. Mientras vosotros y vosotras, homosexuales orgullosos, salís a la calle disfrazados esperpénticamente para exigir respeto hacia nuestra orientación sexual, ellos y ellas se quedan en casa y dicen que aquí sólo se da mala imagen de nuestro colectivo.
Las calles de Chueca comenzaron a bramar insultos contra las personas a las que se refería Vicentito.
-          ¡Sí, sí, eso tenéis que hacer cuando les veáis, pero no hoy, sino todos los días! ¡Esos homosexuales con complejos son los cómplices de quienes pretenden negarnos el derecho a la promiscuidad sexual, a los cuartos oscuros y a salir una vez al año a ensuciar este barrio de Madrid! ¡Los homosexuales acomplejados son la lacra que los homosexuales orgullosos tenemos que sufrir! ¡Ellos, junto con la Iglesia Católica, son los responsables de todos nuestros males!

A lord APR le hubiera encantado estar en Madrid escuchando a su compañero Vicentito, pero aquel día le había salido una cacería en Sevilla con su buen amigo JuanCar y un grupo de príncipes saudíes, invitación que no había podido rechazar.
-          Me llena de orgullo y de satisfacción poder contar con tu presencia, lord APR –comentaba JuanCar mientras su nieto Miguel cargaba de cartuchos una escopeta- Como ya sabes, esta cacería de hoy no es sólo en honor de mis buenos amigos los príncipes saudíes, sino también en recuerdo de mi querido y admirado Santiago Carrillo, que siempre recordaba con mucha nostalgia la sangre de su etapa en la Junta de Defensa de Madrid y en las Juventudes Socialistas Unificadas.
-          Sí, Carrillo fue un gran hombre… -dijo lord APR- Es una pena que fuera incinerado y que no tenga una tumba en la que poder dedicarle homenajes públicos todos los años….
-          A mí me quedan pocos años ya, pero iría con mucho gusto.
-          ¡Pero qué dices, JuanCar, si estás hecho un chaval!... Por cierto, ¿qué ha pasado con tu amiga especial?...
-          Ahora tengo otra amiga especial mucho más joven. ¿Podrías colocarla en algún sitio del Ministerio que sea? Pero tampoco en un lugar muy visible, que luego pasa como con la otra (que hasta el más tonto se enteró de que era quien negociaba con los saudíes) y luego todo el populacho me mira mal.
-          No te preocupes, JuanCar, eso está hecho, que para eso nos repartimos en su día el chiringuito del Estado…
-          Y te voy a dar un consejo: diles a los muchachos de tus juventudes que dejen de alardear de republicanismo porque algún día la gente se va a dar cuenta de que por mucho que te vota y que gobiernas yo sigo viviendo de la sopa boba con toda la calma del mundo; y como se descubra que mi monarquía bipartidista es una farsa nos vamos todos al paro, y por todos estamos incluidos tú y yo.
-          ¡Deja de preocuparte, JuanCar, si la gente se lo traga todo!... ¿No viste cómo se creyeron lo de que yo iba a reformar la educación pública y a plantar cara a los mercados? ¡Y aquí me tienes, hoy cazando contigo y mañana comiendo con mi buen amigo Emilio!
Una finca sevillana probablemente no fuera el lugar más adecuado para pasar la mañana a finales del mes de junio, pero aquellos príncipes saudíes habían ido a España para negociar un generoso contrato petrolífero (por el que JuanCar se llevaría una generosísima comisión) y se habían empeñado en matar jabalíes (les tenían mucho odio a causa del desprecio que su religión promovía hacia los gorrinos). Habían sido repartidos en dos puestos de tiro: lord APR, JuanCar y los nietos de éste en uno; y los príncipes saudíes y unos empresarios españoles en el otro.
-          ¡Froilán, deja la escopetita que luego pasa lo que pasa!... –riñó JuanCar a su nieto, quien dejó al instante el arma en el suelo- Desde luego, lord APR, que porque estamos en el siglo XXI y mis hijas se han casado con plebeyos; que si no, cualquiera diría que su padre y su madre son primos…
-          Una preguntita, JuaCar –le comentó, algo preocupado, lord APR- ¿Estás seguro de que no vamos a tener a la prensa por aquí husmeando?
-          Por eso no te preocupes, hombre… La prensa seria no publica nada de esto, ¿no ves que hay gente viviendo de mí y de mi régimen en todos sitios?; y la prensa rosa, la única que podría mostrarse interesada, estará ahora persiguiendo a mi hijo y a mi nuera por las calles de Oviedo, que han ido a no sé qué paripé…
-          Es verdad, ¿cómo llevas lo de tu nieta?
-          ¡Pues cómo crees que lo voy a llevar!... Una mujer de la familia Borbón ha sido desflorada por un individuo que hace dos siglos hubiera sido nuestro mozo de cuadras… Ha sido el capítulo más negro de la historia de mi familia, muchísimo más que lo de los amantes de mi tatarabuela Isabel.
-          ¡Es que menudo historial que tenéis en tu familia, no hay ni una sola generación normal!...
Con la escopeta ya cargada, JuanCar se apoyó en el puesto de tiro a la espera de que algún jabalí se pusiera a tiro. Él prefería animales más grandes, como los osos y los elefantes, pero la edad y sus numerosas lesiones no perdonaban y, al igual que le había pasado con las mujeres, se había visto obligado a moderar y a dosificar sus disparos.

Enrique habría podido ir junto con lord APR a la cacería de Sevilla, pero aquellos ambientes no le gustaban; en su lugar, prefería ponerse el equipo de antidisturbios y acudir al barrio de Chueca para garantizar la seguridad de aquella bacanal progresista, tolerante y democrática. Tras haber escuchado el discurso de Vicentito, a Enrique y a su equipo les tocó ir detrás de las carrozas del desfile del Orgullo Gay para garantizar la seguridad del evento.
-          ¡Mirad, novatos, lo que estáis viendo se llama democracia y progreso! –comentaba Enrique con emoción a sus subordinados- ¡Pero lo mejor es que Chueca está hasta arriba de gente joven!
-          Oiga, jefe, no es por nada… pero creo que nos están piropeando –dijo uno de los agentes cuando vio que un grupo de gordos en tanga les hacía gestos con la lengua- Bueno, más que piropeando, nos están gritando obscenidades…
-          Eso es porque van borrachos y no se dan cuenta de que no formamos parte del desfile –aseguró Enrique- Pero no os preocupéis, que nadie os va a hacer nada; en todo caso, tendremos que encargarnos nosotros de que a estas bellísimas personas, que reivindican su derecho a la libertad sexual, no se vean importunadas por ningún homófobo anticuado de los muchos que andan por ahí.
Como si se tratara de uno de aquellos legendarios desfiles de las milicias socialistas y comunistas de los años republicanos, Enrique desfilaba orgulloso tras las carrozas del Orgullo Gay mientras la multitud gritaba extasiada cuando desde los vehículos les salpicaban con bebidas alcohólicas y les lanzaban preservativos. “¡Menos mal que mi jefe me ha hecho caso y ha comenzado a gastar el dinero público en cosas absolutamente necesarias!”, pensó Enrique cuando vio a un grupo de jóvenes que estaba inflando los preservativos con la boca como si fueran globos, “¡y qué pena que mi hija esté embarazada y no pueda estar aquí disfrutando de esta alegre y fantástica exhibición de progreso, libertad y democracia!”.
Pero, aunque le hubiera encantado estar todo el desfile allí, a Enrique y a su equipo les tocó relevar a unos compañeros que estaban vigilando el panorama desde otra zona del barrio; de esa manera, se vieron obligados a meterse en mitad de la multitud para dirigirse hacia donde les tocaba. Una vez metidos entre los asistentes, no desentonaban lo más mínimo porque, a su alrededor, casi todo el mundo iba disfrazado: curas, monjas, guardias civiles, reinonas… todos los disfraces tenían un significado: reivindicar el orgullo de ser homosexual y atacar a los enemigos de la homosexualidad (la Iglesia Católica principalmente).
-          ¡Hola, guapetones! –les gritó un drag queen cuando pasaron al lado de donde se emborrachaba un grupo de travestidos- ¿Nos queréis azotar con esas porras tan duras que tenéis?
Enrique y los demás se hicieron paso entre un grupo bien numeroso de travestidos, individuos semidesnudos y jóvenes aparentemente normales que habían ido allí para atiborrarse de alcohol y otro tipo de sustancias.
-          Somos policías y estamos de servicio –se limitó a decir Enrique- ¡Abran paso, por favor!
El grupo continúo avanzando, aunque uno de los agentes más jóvenes no dejaba de poner en alerta a sus compañeros:
-          ¡No me gusta cómo nos mira esta gente! ¡Estar listos por si hay que salir a golpes de aquí!
-          ¡Peláez, eres el mejor ejemplo del típico heterosexual que va por la vida de machote! –le reprochó Enrique- ¿Te piensas que porque sean homosexuales ya van a estar deseando de abrirte la puerta del garaje! ¡Un poco de seriedad, por favor, que son personas tan normales como tú y como yo!
Nada más decir aquello, Enrique y los demás se encontraron ante un grupo de individuos disfrazados de sacerdotes católicos y que portaban una pancarta con el lema “Odiamos a los homosexuales y amamos la pederastia”.
-          ¿Lo veis? –dijo Enrique, señalando el cartel con el dedo- Son personas normales. ¿Acaso no odian a la Iglesia igual que los demás?
Uno de los portadores de la pancarta, al ver que Enrique señalaba su creación, se dirigió hacia ellos.
-          Hola, hombretón –le dijo a Enrique aquel personaje, que iba vestido de cardenal católico- ¿Quieres sacarme con esa porra la confesión de todos los niños que he violado? ¡Y no me refiero al material antidisturbios!
Enrique, riéndose, se giró hacia sus subordinados, sin entender por qué se asustaban tanto de verse rodeados por una muchedumbre que les miraba lascivamente.
-          ¡Venga, que se lo quiten todo, que queremos ver las armas reglamentarias! –oyeron gritar a lo lejos- ¡Menudos maderos cachondos!
-          A ver, señores y señoras, que somos policías de verdad –anunció Enrique- No son disfraces. Por favor, déjennos pasar que tenemos que hacer nuestro trabajo para garantizar su seguridad.
-          ¡Que no, que no, que seguro que son personal de algún espectáculo! –insistió un afeminado que portaba una bandera republicana tricolor- ¡A por ellos!
Nada más oír aquello, un grupo trató de quitar los escudos antidisturbios a los agentes y de agarrarles por el cuerpo; pero, al instante, se oyó un disparo que provocó una estampida humana en aquella parte de Chueca. Mientras Enrique gritaba a sus subordinados que se estuvieran quietos, éstos comenzaron a aporrear a los de la pancarta contra la Iglesia Católica y a otros que habían empezado a tirar hielos y botellas contra los policías.

Tras dejar a los nietos de JuanCar con algunas de las trabajadoras del restaurante de la finca en la que habían estado cazando, lord APR se marchó a un gran salón para comer con su amigote, con los empresarios españoles y con los príncipes saudíes.
-          Estimado y gran amigo JuanCar –dijo uno de los saudíes- Nos agrada enormemente tu hospitalidad, pero nos gustaría saber si vamos a ir a algún local de otro tipo después de cenar.
-          De muy buena gana iría, Mustafá –soltó JuanCar- Pero el otro día me pegué una ostia saliendo de la ducha y no tengo el cuerpo para muchos trotes…
-          ¿No será que le tienes miedo a tu esposa? –le preguntó otro saudí- Porque el JuanCar que yo conozco se venía conmigo a esos sitios incluso con una muleta…
-          Mi señora también disfruta viviendo sin dar un palo al agua, Karim, así que no se va a quejar de esas cosas… –se defendió JuanCar- Pero es que cada día aguanto peor los golpes y lo mismo el día menos pensado me obligan a abdicar. Y no queremos que eso pase, ¿verdad?; porque, ¿os imagináis a mi hijo aquí?
Todos los asistentes se echaron a reír. Uno de los empresarios incluso se atrevió a ironizar sobre la vida matrimonial del hijo de JuanCar, diciendo que estaba sometido a su esposa, aquella ex periodista progre que había dado el braguetazo del siglo al casarse con él y pasar a formar parte de la Familia Real.
-          Porque mi mujer no tiene ninguna vinculación con mi familia a través de sus antepasados; que si no, pensaría que no es mi hijo… -comentaba JuanCar mientras los demás se echaban a reír de nuevo- ¡Ay, qué será de nosotros el día que yo falte!...
La comitiva disfrutó en aquella finca privada de Sevilla de una excelente cena en la que los empresarios españoles cerraron un acuerdo con los príncipes saudíes: todos, menos el español de a pie que pagaría la gasolina, saldrían ganando. Y entre comentarios, chistes y puros llegó la hora de pagar.
-          No os preocupéis –dijo lord APR- A ésta invita el Gobierno de este país.
-          ¿Seguro? –preguntaba JuanCar- No es que quiera pagar yo (que sabes que no me gusta nada), lo digo porque la gente cada día se empieza a mosquear más con tu gestión… hay quien se atreve a compararte con los últimos años del Gran ZP.
-          ¡Eso son gilipolleces! –dijo lord APR- Además, que si el dinero no se gasta aquí, no se va a gastar en ninguna otra cosa; porque no vamos a invertir un solo euro de más en esa ruinosa escuela pública que tenemos, más que nada porque es la factoría ideal de futuros votantes de la izquierda y de mi Partido (y porque gracias a ella se sigue sosteniendo este régimen demoliberal y capitalista).
Muy felices por tener todos más dinero en sus bolsillos, los empresarios españoles y los príncipes saudíes se marcharon juntos a cualquier burdel que encontraran abierto por la zona. JuanCar, con la única compañía de lord APR, comenzó a buscar sus nietos por todo el edificio en el que no habían estado cenando, pero no encontraban a ninguno.
Temiendo que hubieran cogido a escondidas las armas para jugar (algo por lo que la familia tenía preocupantes antecedentes), se dirigieron a la habitación donde habían dejado guardados los rifles de caza; allí, para su sorpresa (o quizá no tanto, conociendo los antecedentes de la familia también en ese aspecto), se encontraron a Froilán, el nieto de JuanCar, en una situación muy comprometida con una de las trabajadoras de la finca.
-          ¡Froilán, me cago en la madre que te parió, desgraciao, súbete los pantalones ahora mismo! –gritó JuanCar levantando la muleta con intención de golpear a su nieto- ¡Y más te vale que no hayas dejado embarazada a esa camarera porque en esta familia ya hay suficientes bastardos!

Enrique hacía todo lo posible para que los responsables policiales de Madrid creyeran que la culpa de que los travestidos de Chueca habían tratado de violarles no era de los concentrados que se emborrachaban en mitad de la calle, sino de los irresponsables de sus agentes porque habían comenzado a disparar (según él) sin ningún riesgo real de amenaza a su integridad física.
-          ¡Pero cómo que no había riesgo para nuestra integridad física! –gritaba uno de sus subordinados cuando los superiores les estaban tomando declaración de lo sucedido- ¡Estábamos rodeados y nos querían dejar sin ropa!
-          ¡Sólo un homófobo de mierda pensaría eso! –soltó Enrique- ¡Investigar a este sujeto, que seguro que tiene alguna vinculación con los grupos neonazis que se dedican a manchar el mobiliario urbano con esvásticas!
Los superiores policiales de Madrid se habían encontrado con dos bandos en aquella disputa: Enrique, defensor de que los travestidos habían sido detenidos ilegalmente y por motivaciones discriminatorias; y los jóvenes agentes subordinados, quienes insistían en que habían sido atacados por un numeroso grupo de travestidos y homosexuales alcoholizados. Aquello era un caos y parecía que no iba a tener solución hasta que entró en la comisaría el inspector Martínez, el particular grano en el trasero de Enrique desde muchos años atrás.
-          ¿Se puede saber qué cojones está pasando aquí? –preguntó Martínez- Cuando me han llamado no podía dar crédito: ¿qué es eso de que los calabozos están repletos de travestidos y de individuos disfrazados de curas?
Martínez, tras pegar otro par de gritos, reparó en la presencia de Enrique.
-          Vaya, cómo no… -comentó irónicamente Martínez- Enrique, ¿se puede saber qué cojones has hecho ahora? Me parece genial que seas el protegido del Presidente de Gobierno, pero eso no te otorga ningún derecho para hacer el capullo en esta comisaría cuando se te antoje…
-          La culpa es de los muchachos que me habéis asignado –protestó Enrique- ¿No los había más retrógrados y homófobos? Aunque no sé de qué me sorprendo, Martínez, si todos los policías de Madrid saben que tu comisaría es el bastión de la ultraderecha residual que aún queda en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado…
Los aludidos comenzaron a increpar a Enrique a la vez que Martínez y los demás agentes pedían calma.
-          ¡Estoy harto! –dijo Martínez dirigiéndose sólo a Enrique- ¿Por qué no os metéis tú y el puto Gobierno en vuestros asuntos y dejáis la seguridad ciudadana a quienes trabajamos en ello?
-          ¡Eres un fascista! –dijo Enrique- ¡Y que sepas que pienso informar de esto a mis superiores en el Gobierno!
-          Me paso tus quejas por donde te puedes imaginar, Enrique… -comentó irónicamente Martínez- Protesta ante quien quieras, pero antes de que yo esté fuera de la policía te ves votando a la derecha. Además, ¿qué te piensas, imbécil, que yo no tengo también amigos en el Gobierno que puedan salvarme el culo?
Al final, Enrique fue advertido por los responsables de aquella comisaría de que se buscara otro sitio desde el cual trabajar como miembro de las cloacas del Estado para el Gobierno porque allí no le podían ni ver. Muy molesto, Enrique abandonó la comisaría cuando ya era de madrugada, lamentando que en aquel país ya no se respetara a quienes luchaban por defender la libertad y la democracia.

Ajena a todo lo sucedido aquel día en Madrid y en Sevilla, Biby “La Miembra” había pasado todo el día madurando uno de sus proyectos personales más ambiciosos: reconstruir los tradicionales cuentos infantiles. Habían pasado muchos años desde que denunciara la apología del machismo y la discriminación de la mujer existente en cuentos como Blancanieves o La cenicienta. ¿Por qué iba a tener que ser salvada la mujer por un hombre? ¿Por qué el sueño de la mujer iba a tener que ser encontrar un príncipe azul y no un trabajo en el que ganara lo mismo o más que un varón? ¿Y, sobre todo, por qué era Blancanieves la que limpiaba la casa de los enanitos mientras éstos trabajaban en lugar de ser al revés? “Como vivieran los hermanos Grimm los iba a llevar a juicio sin dudarlo”, pensaba Biby de muy mal humor, “aunque no sé de qué me sorprendo, si seguro que como alemanes machistas que eran tuvieron que ser los precursores del nazismo”. Tras muchas dudas, porque escribir era muy difícil, Biby por fin pudo terminar un cuento apto para educar a los niños de preescolar en los valores de la tolerancia, la democracia, el respeto y la igualdad:
Blancanieves era una pobre huerfanita que defendía el progreso, la libertad y la democracia; sin embargo, desde la muerte de su madre, aquella autosuficiente muchacha vivía tiranizada por el machista y retrógrado de su padrastro, un señor muy malo y horrible, votante de la derecha, que cada 20 de noviembre acudía al Valle de los Caídos para homenajear a otro señor más malo y horrible aún, un dictador criminal, llamado Francisco Franco; y que disfrutaba emborrachándose en compañía de unos amigos suyos muy incultos, brutos y anticuados antes de salir en grupo a pegar palizas a inmigrantes sin papeles explotados laboralmente por españoles racistas. Una noche, tras haber pasado la tarde dando charlas sobre el derecho social del aborto, Blancanieves fue agredida por su padrastro, que ese día había bebido muchísimo vino en un local donde cometían la indecencia de dejar fumar a la gente, mientras éste gritaba que las mujeres sólo valían para lavar y limpiar y que a su sitio natural, la cocina, serían devueltas cuando la derecha gobernara en aquel país. La pobre Blancanieves quedó inconsciente en el suelo, abandonada por aquel padrastro que había desaparecido para esconderse en el bar de sus amigos ultraderechistas; sus vecinos, algunos por cobardía y otros por compartir las ideas nostálgicas de su padrastro, no quisieron ayudarla y la dejaron abandonada en mitad de la calle. Parecía que aquel era el fin de Blancanieves; sin embargo, fue encontrada por Leticia, una lesbiana que era activista de una asociación feminista que hizo que recuperara el conocimiento con la ayuda de un vibrador mágico. Tras volver en sí, Leticia acompañó a Blancanieves a una comisaría y allí denunciaron a su padrastro, que fue a la cárcel. Tras aquella experiencia, Leticia y Blancanieves se casaron en un Ayuntamiento, adoptaron a un niño africano (porque eso de adoptar niños blancos era una conducta propia de racistas) y dedicaron su vida a luchar contra la intolerancia y el machismo haciéndose miembras de diferentes asociaciones
Orgullosa por el resultado de tres horas de trabajo, Biby decidió celebrarlo llamando a unas amigas suyas, antiguas compañeras de trabajo en el Ministerio de Igualdad, y yendo de fiesta a un local donde un grupo de jóvenes dominicanos en tanga bailaba a cambio de unos billetes.



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Este relato fue publicado en el portal Hispaniainfo el 14 de abril de 2013

6 de abril de 2013

Proyecto P: Capítulo 5




Enrique estaba una tarde lavando tranquilamente los platos cuando su mujer, sofocada y con el rostro pálido, entró en la cocina. Nada más verla, se quitó el delantal que utilizaba para defender que los hombres y las mujeres eran absolutamente iguales en todo y le preguntó cómo había ido la reunión de padres en el instituto concertado donde estudiaba su hija (quien se había librado de ser expulsada por el embarazo tras apelar a la nacionalidad del joven inseminador).
-          ¡Qué vergüenza, Enrique, no te lo vas a creer! –decía sin mujer, llevándose una mano al pecho y temblando- ¡Hay un chico en el instituto de Vanesa que dice que no es demócrata!
-          ¡Lo sabía! ¿Por qué no me hiciste caso cuando te dije que los curas lavan el cerebro a los jóvenes y les meten ideas peligrosas en la cabeza? –Enrique había tenido que apoyarse contra la pared para no caerse al suelo de la impresión producida por la noticia-
-          No son los curas –le respondió simplemente su mujer-
-          ¡Que sí, que no aceptan que su función en el instituto tiene que ser como la del Rey en las instituciones del Estado: dar el visto bueno a lo que les digan y firmar los papeles que les pongan delante!
-          Que no, Enrique, que los curas no son los culpables… -tras beber un vaso de agua, su mujer dejó de hablar de manera fatigada- ¡Pero si en el colegio se organizó hace poco un seminario sobre sexualidad para adolescentes, donde les dijeron que tenían que masturbarse unos a otros porque era muy divertido y placentero!
-          Pues de eso no me había enterado…
-          Es que ya no hace falta el consentimiento de los padres para que los chicos y las chicas acudan a esas charlas, la Administración ha dejado de considerarlo relevante y hasta en los institutos concertados se pueden organizar sin problema alguno.
-          Mi jefe me va a oír –comentó Enrique muy indignado- ¿Por qué no me avisa para una vez que toma una buena decisión? ¡Eso sí, para consultarme gilipolleces, como que retire unos agentes de un barrio de las afueras para que vigilen la puerta de su casa, no tiene ningún problema!
-          Te desvías de la conversación, Enrique…
-          Ah, sí… ¡Pues, si no es de los curas que dirigen el instituto, la culpa será de los profesores!
-          La mitad de los profesores están divorciados y la otra mitad son homosexuales confesos.
Enrique no sabía por dónde seguir la conversación. Si no podía culpar a los curas o a los profesores del instituto, ¿a quién iba a responsabilizar de la presencia en ese centro de un muchacho que afirmaba no ser demócrata?
-          ¿Pero cómo es posible que en pleno siglo XXI siga habiendo personas tan retrógradas que se nieguen a asumir nuestras ideas? –se lamentaba Enrique, añorando los tiempos del Frente Popular o de los gobiernos presididos por el Gran ZP- ¡Tengo que hacer algo!
-          ¿El qué?
-          No lo sé; pero trabajo en las cloacas del Estado, seguro que hay algo que pueda hacer. De momento, le vamos a prohibir a la niña (¡cómo odio esa palabra, prohibir!) que se junte con ese chico.
-          No es de su grupo de amistades.
-          Mejor, pero de todos modos le vamos a prohibir que hable lo más mínimo con él. En esta casa somos personas respetables, tolerantes y demócratas y no podemos tratar con esa escoria.

Enrique hizo llegar a lord APR su molestia por no haber sido avisado de la decisión de no solicitar el permiso paterno para que los jóvenes de los centros educativos públicos y concertados asistieran a charlas sobre sexualidad, insistiendo en que ese tipo de propuestas eran iniciativa del Proyecto P. Lord APR, todo lo amablemente que pudo, le respondió a Enrique que no tenía obligación de informarle de nada porque para eso era el Presidente de Gobierno elegido democráticamente por las masas y disponía de una carta blanca que le autorizaba a promover todo aquello que se le antojara a sus partes ubicadas en la entrepierna sin necesidad de consultarlo con nadie.
-          ¡Y ahora a trabajar, que tú y tu equipo tenéis que preparar los textos periodísticos progres que saldrán en los exámenes de la prueba de acceso a la universidad del mes que viene! –le ordenó lord APR mientras le señalaba la puerta del despacho con un dedo- ¡Y en cuanto acabéis con eso os ponéis con la organización del Día del Orgullo Gay en Chueca!
Hay que ver lo mal que le ha sentado a este hombre haberse cambiado de equipo de fútbol…”, pensó Enrique mientras abandonaba el despacho de lord APR.

El Gobierno había decidido que el centro de operaciones del Proyecto P estuviese situado en un piso del centro de Madrid, en uno de los barrios más caros de la ciudad, porque les parecía demasiado problemático tener a Enrique de un sitio para otro cada vez que quisiera llevar a cabo una nueva parte del plan (sin ir más lejos, en los preparativos para el sabotaje de la presentación del libro de Santiago Carrillo había estado a punto de ser detenido porque unos policías habían confundido a Enrique y a un grupo de comunistas antisistema con traficantes de estupefacientes). En aquel elegante piso del centro de Madrid, equipado con lo mejor de las últimas tecnologías que había sido adquirido por el Gobierno gracias a los contribuyentes, Enrique dirigía a los escasos miembros de su equipo mientras hacía las gestiones oportunas para incorporar a más subordinados. Ocasionalmente, muy de vez en cuando, el Gran ZP llamaba para sugerir proyectos futuros, pero permaneciendo siempre en la cómoda sombra que le proporcionaba su mansión de León; el historiador Rojo Pasionario, en cambio, se dejaba caer en algunas ocasiones por el lugar para recopilar datos sobre el abuelo de Enrique y limpiar su nombre dentro de las investigaciones históricas; y, finalmente, era Biby “La Miembra” con quien más tiempo pasaba en aquel solitario pero lujoso inmueble.
-          ¿Encuentras algo? –le preguntó Enrique a Biby, ojeando desesperado unos cuantos artículos periodísticos-
-          No, por ahora nada –dijo ella, quitándose los tacones con la excusa de que quería estar más cómoda mientras se acercaba más a él- No me puedo creer que no encontremos ningún artículo de nivel de nuestra gente en el que se elogie mi célebre cita de que “un feto de trece semanas es un ser vivo pero no es un ser humano porque eso no tiene ninguna base científica”.
-          Pues sólo nos quedan dos días… ¿Qué vamos a poner como texto a analizar a los chicos y a las chicas que se examinen para la prueba de acceso a la universidad dentro de unas semanas?
-          Se me ocurre que podríamos ponerles el manifiesto escrito por Vicentito antes de entrar en política: “Me siento orgulloso de ser un hombre al que le encantan los penes”.
-          Sí, podría funcionar… Si se enfoca como que los chavales (y las chavalas, no se me olvida) analicen un manifiesto clave para la sociedad actual, y lo vendemos como que queremos que aprendan a aceptar y a defender las diferentes alternativas sexuales que nos ofrece la sociedad moderna, tolerante y progresista, lo mismo hasta nos apuntamos un tanto y todo… ¡Ay, qué haría sin ti!
-          ¡Pues ya está, ya tenemos texto para la prueba de acceso a la universidad! –dijo Biby mientras se levantaba de la silla y ponía su mano derecha en uno de los hombros de Enrique- ¿Te apetece celebrarlo tomándonos unas copas en el bar de abajo?
-          Lo siento, pero lo que lleva mi hija en su útero hace tiempo que dejó de ser sólo un ser vivo y tengo que estar en mi casa cuanto antes –se excusó Enrique, cohibido ante el descaro de su subordinada-
-          ¿Seguro que no quieres comprobar hasta dónde puedo llegar a liberarme con unas copas de más? –le susurró Biby al oído, apurando su última oportunidad-
-          Lo siento, esta noche no… dijo Enrique antes de salir casi corriendo para escapar de las insinuaciones de aquella mujer- Otro día, si están mejor las cosas, quizá…
Una vez en la calle, Enrique arrancó su coche lo más rápido que pudo mientras se preguntaba por qué ninguna mujer se había mostrado tan fácil con él durante sus años en el instituto.
Mientras tanto, frustrada por el rechazo que hasta ese momento sólo le habían hecho sentir los miembros de la embajada iraní en Nueva York, Biby descolgó su carísimo teléfono móvil y marcó el número del servicio de chóferes para cargos políticos:
-          Buenas noches. Soy Biby “La Miembra”, la nueva ministra de… Bueno, imagino que sabe quién soy, ¿no?
-          Sí, señora –le respondieron- ¿A dónde necesita que vayan a buscarla?
-          Soy una mujer que puede cuidarse igual que un hombre en mitad de las calles oscuras y vacías, lo que pasa es que no quiero desperdiciar el privilegio de tener un chófer que me lleve de un lado a otro cuando se me antoje -dejó bien claro Biby tras decir la dirección del lugar- Aunque eso es lo de menos: lo que importa es que el chófer sea joven y esté soltero. ¿Entendido?
-          Sí, señora, usted manda.
-          Lo sé.
Con una amplia sonrisa de satisfacción, Biby se encendió un cigarro mientras miraba al techo y esperaba la llegada del chófer. Era cuestión de tiempo que luego volviera a fumarse otro cigarro en el cómodo colchón de su domicilio.

Enrique había estado toda la noche despierto, mirando al techo con los ojos como platos; había intentado dormir, sin embargo, no dejaba de imaginarse a un individuo sin rostro (vestido con una camisa azul, luciendo una boina roja en la cabeza y calzando unas botas militares negras con los cordones blancos) que le perseguía levantando unas manos con forma de garras manchadas de sangre mientras le repetía sin parar, con un tono de voz grave y colérico, que Franco regresaría de su tumba en el Valle de los Caídos para fusilarlos a él, a su familia y a todos los demócratas progresistas y tolerantes. Pero, con la llegada de la luz del día, se sentía a salvo; era policía, él era la autoridad y a quien los fascistas opresores debían temer porque iba a encargarse personalmente de que la libertad y la democracia de los progresistas no sucumbieran frente a las posturas retrógradas y anticuadas.
-          Tenemos que hablar –anunció Enrique, muy decidido, nada más entrar en el despacho de lord APR-
De mala gana, su jefe se tomó la molestia de mirarle mientras terminaba de meter unas cajas dentro de una blanca bolsa de plástico.
-          Esa señorita imagino que quedará tremendamente satisfecha –comentó Enrique al ver que lord APR guardaba viagra-
-          No es para mí, cretino… -le replicó lord APR, lanzándole una mirada de desprecio- Estas pastillitas van ahora mismo en dirección a La Zarzuela.
Al no esperarse aquella respuesta, Enrique no sabía qué decir.
-          ¿Se puede saber qué cojones quieres ahora, Enrique? –le preguntó, bastante molesto, lord APR- ¿No ves que estoy muy ocupado con una tarea importantísima para el rumbo de este país?
-          Se me ha ocurrido una idea para expulsar al alumno fascista del colegio de mi hija.
-          ¿Vas a cumplir las leyes o piensas cargártelo por la espalda y hacer que parezca un accidente?
-          Mi plan consiste en una reunión de padres y una charla en el centro, pero tampoco me parece mala idea lo segundo…
-          ¡Pues ni hablar! Me ha costado mucho tiempo llegar hasta aquí y no voy a permitir que ninguno de los imbéciles de mis subordinados lo eche todo a perder; además, que lo del terrorismo de Estado estaba bien en los años ochenta, cuando los grupos fascistas todavía tenían presencia en las calles, ¿pero crees que hoy se va a preocupar alguien de que haya algún zopenco interesado en Franco, en Mussolini o en la madre que los parió?
Tras hacerle prometer que actuaría dentro de los límites legales, lord APR despidió a Enrique, no sin antes decirle:
-          Pórtate bien y dejaré que me acompañes a una cacería este verano.
-          No soy monárquico –protestó Enrique- Y no me gustan esos ambientes. ¡Pero si incluso tuve una etapa vegetariana porque pensaba que comer animales era inmoral!
-          ¿Y qué tiene de malo meterse para el cuerpo un buen chuletón?
-          Pues que la vaca es una criatura viva que tiene que morir sólo para que nosotros comamos.
-          ¿Y hasta cuándo te duró esa gilipollez de ser vegetariano?
-          Hasta que comencé a tener demasiado hambre, dos semanas más o menos; pero sigo teniendo la conciencia moral de que comer animales es un crimen horrible.
-          Piensa lo que quieras, pero si vienes conmigo a esas cacerías más te vale no abrir la boca (excepto para reírte, si te parece bien, con los amigos saudíes del mandamás cuando rematan a los jabalíes de un tiro en la cabeza).
Lord APR terminó de guardar las cajas de viagra en la bolsa de plástico e hizo un nudo; después, escondió todo en una bolsa más oscura y llamó a un subordinado para que ordenara avisar a otro de sus asistentes que tendría que decir a un chófer que llevara urgentemente a un representante del Presidente de Gobierno a La Zarzuela.
-          ¿Ves cómo funciona el sistema, Enrique? –comentaba lord APR tras haber sido dados todos los avisos a sus subordinados y estar la viagra rumbo a La Zarzuela- ¡Esto sí que es crear empleo! ¡Hay motivos para creer en la futura sociedad que vamos a construir!

Le costó una semana y media, pero Enrique pudo reunir una tarde a todos los padres de los alumnos de la clase de su hija. Allí, siguiendo el ejemplo de las checas del Frente Popular de 1936, señaló ante todos al padre y a la madre del chico que decía no ser demócrata, denunciando lo malos padres que eran por no haber sabido inculcar en su hijo los valores progresistas, democráticos y tolerantes de la sociedad contemporánea. Los aludidos, cobardemente, se defendían diciendo que ellos no tenían nada que ver con el pensamiento de su hijo, que lo único para lo que le influían era para que estudiara, encontrara un trabajo, pagara una hipoteca y viviera cómodamente en el futuro, sin implicarse con posturas políticas de ningún tipo porque no era la costumbre en su familia.
-          Lo de vuestro hijo es muy grave –denunciaba Enrique- Hoy sólo es un chico que dice que no es demócrata; sin embargo, mañana pueden ser dos, pasado mañana cuatro, al día siguiente ocho… y así hasta terminar logrando el apoyo de muchísimas personas a sus ideas intolerantes, reaccionarias, retrógradas, dictatoriales, xenófobas, racistas, antisemitas…
-          Disculpa, pero mi hijo no es antisemita –le interrumpió el padre que estaba siendo criticado-
-          Todo aquel que dice no ser demócrata es todo lo que he dicho. Tu hijo lo negara, pero su sueño es el de encerrarnos a mí, a mi familia y a todos los presentes en una prisión (o pegarnos un tiro directamente) si no cedemos a sus ideas dictatoriales.
-          Sólo es un muchacho… -dijo la madre-
-          ¡Claro, así empezaron todos! –dijo Enrique muy alterado- Franco, Primo de Rivera, Mussolini, Hitler, Fraga, Aznar, los Bush… ¡Todos eran unos “inocentes” muchachos hasta que empezaron a profesar ideas peligrosas y antidemocráticas!
Los demás padres, atraídos por el discurso de Enrique, comenzaron a posicionarse a favor de la expulsión de aquel alumno.
-          Enrique tiene razón –dijo, poniéndose en pie, un hombre cincuentón y con pañuelo palestino en el cuello- Hoy sólo es un muchacho, pero mañana esas ideas intolerantes se contagian entre el resto de alumnos como una epidemia y terminamos con una versión moderna de las cárceles franquistas en el gimnasio y con un monumento de ensalzamiento al fascismo en el patio de la entrada, construido en régimen de esclavitud por los alumnos y los profesores progresistas, tolerantes y demócratas.
-          ¡O peor! –exclamó una madre- ¡Si no paramos a ese chico, los curas podrían atreverse a impartir clases de religión católica! ¡Y no voy a permitir que ningún cura le diga a mi hija que si se queda embarazada no aborte porque es un “asesinato” y no un derecho de la mujer que ha costado décadas de lucha al movimiento progresista y feminista!
Los padres comenzaron a ponerse muy nerviosos. A ninguno le gustaba la idea de que sus hijos pudieran recibir clases de religión católica en aquel centro concertado dirigido por sacerdotes de la Iglesia Católica. Ellos llevaban a sus hijos allí por el nivel del centro, no por el ideario, así que a los curas más les valía plegarse a sus exigencias.
-          Hay que parar los pies a los curas y a los fascistas reaccionarios –sentenció Enrique- Tenemos que salvar la democracia que tanto nos ha costado construir. Votemos. ¿Quién está a favor de expulsar al hijo fascista e intolerante de estas personas?
A excepción del hombre y la mujer señalados por Enrique, todos los padres allí reunidos levantaron la mano con una sonrisa en el rostro.
-          Democráticamente ha quedado decidido que vuestro hijo sea expulsado de este instituto –dijo Enrique a los padres afectados- Tenéis dos días… no, mejor un día, para cambiarle de centro. Y no impugnéis esta decisión porque las instituciones democráticas nos darán la razón.
Tras marcharse los padres del chico expulsado rumiando palabras de culpa hacia su hijo, Enrique recibió las felicitaciones del resto de los padres, excitados por aquella demostración de democracia “a lo soviet” por la que sentían tanta admiración.
-          Hoy se ha ganado una batalla, pero esto sólo acaba de empezar –anunció Enrique- ¡No pararemos hasta que en los centros educativos sólo haya sitio para la defensa del progreso, de la democracia, de la libertad y de la tolerancia! ¡No pasarán! ¡Y si los curas se oponen, habrá que hacer con ellos lo mismo que hicieron nuestros predecesores durante los gloriosos años del Frente Popular!




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Este relato fue publicado en el portal Hispaniainfo el 4 de abril de 2013