30 de mayo de 2013

Fotografías de la decoración del Corpus Christi de Toledo de 2013 y el juego a dos bandas de Emiliano García-Page con la Iglesia Católica y con la masonería

Éstas son unas fotografías tomadas por un servidor ayer, miércoles 29 de mayo, en Toledo. La Ciudad Imperial, en vísperas de su festividad más importante, el Corpus Christi, se encontraba adecuadamente engalanada en su casco histórico y las calles bullían de los numerosos toledanos y turistas que paseaban por la zona para ver la decoración y los patios interiores.






La última fotografía me inspira la siguiente reflexión: ¿Por qué cada año, a la vez que se cuelgan los adornos conmemorativos del Corpus Christi en la plaza de Zocodover y en el resto del casco histórico de Toledo, aparece en la emblemática plaza una bandera con los colores del arcoíris? Imagino que el autor de semejante acción será algún homosexual resentido con el atractivo y el arraigo que tiene entre los toledanos una festividad católica como el Corpus Christi. Otro capítulo más de la habitual hipocresía del lobbie gay, que primero exige respeto para su proyecto ideológico (denominándolo eufemísticamente como “orientación sexual”) y después no duda en atacar las creencias religiosas ajenas que no comparte porque le resultan un estorbo muy molesto.

Pero la bandera del lobbie gay no es el único ataque que la festividad católica del Corpus Christi sufre en Toledo. Por desgracia, Toledo también tiene un alcalde, Emiliano García-Page, que predica una supuesta devoción católica al mismo tiempo que se reúne con el representante de una logia masónica.

Y todo esto no es ninguna absurda teoría conspiranoica, como algunos pretenden hacer creer a la gente, sino que es algo reconocido y publicado por el propio portal del Ayuntamiento de Toledo: “El alcalde de Toledo, Emiliano García-Page, se ha reunido este martes con el representante de la Logia Masónica Alehph147, Javier Rivas, que le ha trasladado las actividades que llevan a cabo dentro de la Asociación Cultural Maestro Martín, de la cual forman parte.
La Logia Masónica de Toledo pertenece a la Gran Logia de España y cuenta en la actualidad con una treintena de miembros.
Javier Rivas ha informado al alcalde de la constitución de esta asociación cultural que tiene entre sus intereses la realización deactividades en defensa y promoción de la arquitectura, las costumbres, la gastronomía y la cultura toledanas”.
Esa reunión, que tuvo lugar el pasado 29 de enero de 2013, fue algo publicado igualmente por el diario provincial La Tribuna de Toledo y por la sección local de ABC.

Emiliano García-Page es representante de un partido político abortista y enemigo confeso de la Iglesia Católica. Su presencia en dicha organización, al igual que su éxito a nivel municipal en Toledo, se basa en que el discurso anticlericalista y obsesivo de Tomás Gómez en Madrid es algo que en la provincia toledana no causa adhesión, sino todo lo contrario, y por eso desde el Partido Socialista se permiten dar esa imagen aislada en pos de unos buenos resultados electorales. Pero si encima se reúne públicamente con el representante de una logia masónica, no sé a qué esperan desde el Arzobispado de Toledo para declararle como “persona no grata” (y lo dicho de Emiliano García-Page podría aplicarse sin problemas a los abortistas liberales del Partido Popular que también acuden al Corpus Christi). Muy mala imagen ofrece la Iglesia Católica si sus representantes más importantes tratan con una clase política profesional que representa y fomenta todo lo contrario a lo que significa el catolicismo.


Para finalizar, dejo aquí una fotografía que representa cómo podría ser el Corpus Christi de Toledo dentro de unas pocas décadas si la pérdida de valores morales de la sociedad española y el suicidio de los católicos apoyando a la actual clase política continúa igual que hasta ahora.

29 de mayo de 2013

Proyecto P: Capítulo 8



JuanCar, además de ser el monarca más campechano de la Historia reciente del país, también era una persona normal que necesitaba retirarse un par de semanas de su estresante y agotadora vida de sancionar leyes con su firma y acudir a los más diversos actos institucionales; de esa manera, mientras sus súbditos se morían de calor en sus diminutos pisuchos sin aire acondicionado, él y toda su realísima familia se marcharon a su residencia de Mallorca para disfrutar de unas vacaciones. A bordo de su lujoso yate, con la única preocupación de que sus nietos no se arrimaran en exceso a las innumerables turistas alemanas universitarias que visitaban aquel paraíso de la liberación sexual y del alcohol, JuanCar y su familia disfrutaban de la playa y del mar con unos miembros de la Familia Real de Arabia Saudí que también veraneaban en aquel lugar. Los árabes, enterados de que el Imperial de Chamartín estaba realizando en Mallorca su puesta a punto de pretemporada, pidieron a JuanCar que les llevara a conocer a Iker Filtrillas, el veterano capitán del Imperial de Chamartín y de La Roja que desde tiempos inmemoriales se mantenía bajo los palos de los campos de fútbol españoles. A JuanCar no le gustaba abusar de su autoridad para ese tipo de asuntos, pero terminó cediendo porque era un requisito indispensable si en el futuro quería seguir viviendo de lujo gracias a los negocios con los saudíes.
-         Iker, fiera, ¿cómo andas? –le preguntó JuanCar al cancerbero por el móvil nada más terminar de comer al comienzo de una calurosa tarde- ¿Estás disponible para reunirte conmigo y con unos conocidos árabes que quieren conocerte en persona?
-         ¿Tan gordo es el negocio, JuanCar, que me necesitas a mí? –le comentó Filtrillas- Está bien, venir a la concentración, ya me encargaré yo de decirle al mister que hoy no entreno porque tengo otros asuntos más importantes. Es lo bueno de ser titular por decreto.
-         Iker, esto es confidencial, no tiene que enterarse nadie –advirtió JuanCar- ¡No se te ocurra decirle nada a tus amigos los periodistas, que bastante calados nos tienen ya nuestros respectivos seguidores y va a llegar un día en que no nos perdonen nuestros chanchullos!
-         Que no, JuanCar, que con esto no digo nada… ¿Qué iba a sacar con ello? ¡Ni que me fuera a garantizar otro par de años como titular indiscutible!
A la hora acordada, Iker Filtrillas se hizo varias fotos con unos miembros de la Familia Real de Arabia Saudí junto a la atenta mirada de JuanCar. Cuando los árabes se fueron a conocer al resto de la plantilla, JuanCar pudo quedarse a solas con el portero y le anunció algo que llevaba queriéndole decir desde hacía mucho tiempo:
-         Iker, tengo una gran noticia para ti: el próximo año la Fundación de mi hijo te concederá un premio Príncipe de Asturias a ti solito por tu genial trayectoria.
-         ¡Joder, Juancar, no sabes cómo me alegra oír eso! –exclamó, muy emocionado, Iker- ¡No era tan feliz desde el día que gané el Mundial de 2010 con La Roja! ¡No, miento: no era tan feliz desde que echaron al nazi portugués del banquillo del Imperial de Chamartín y pude mantener mi titularidad vitalicia!
-         Ya me lo imagino, campeón…
-         No, en serio… ¿Te puedes creer que hay gente que prefería a ese individuo, que no dejaba subirse conmigo en el avión a mis amigos los periodistas, que quería que jugaran quienes estuvieran más en forma y no quienes tuvieran mejor palmarés, que sabía no sé cuántos idiomas y que había formado equipos campeones allí donde había estado; antes que a mí, que soy el yerno ideal para casi todas las madres de este país, que he sido un ídolo para muchísimas adolescentes y que merezco ser titular indiscutible por ser el capitán Campeón del Mundo con La Roja en 2010?
-         No te negaré que ese individuo era un indeseable, Iker, pero como aficionado del Imperial me hubiera gustado no tener que volver a entregar otra vez la Copa que lleva mi nombre a los Eternos Segundones del Manzanares tras ganar una final al Imperial de Chamartín en el mismísimo Santiago Bernabéu. Que no era la primera vez que me tocaba pasar ese trago, pero fue muy desagradable… ¡Si lo llegó a saber, hubiese mandado a mi hijo, así se llevaba alguna alegría!...
-         Y a mí también me hubiera gustado ganar esa final, sobre todo porque el portugués estaba desaparecido y yo había tomado el mando al comenzar la prórroga. ¿Te imaginas cómo me hubieran puesto mis amigos de la prensa si llegamos a ganar esa final poniéndome yo al frente del equipo? ¡No sería el santo, sería Dios! Aunque no me lo pasé tan mal aquella noche; además de que la derrota en la final de Copa suponía la expulsión del portugués de este país, no te puedes ni imaginar lo que me hizo después del partido mi Saritísima, que es muy forofa de los Eternos Segundones…
-         Al maestro vas a ir a darle lecciones… -rió JuanCar- Eso sí que no se lo filtras a tus amigos los periodistas, ¿eh?...
JuanCar se sentía muy identificado con Filtrillas. Ambos vivían de su imagen cercana y campechana para con su legión de irracionales admiradores, habían logrado que algunas mujeres de su entorno más cercano ocuparan puestos importantes y que beneficiaban a sus habituales dedicaciones, y años atrás pasaron por etapas complicadas: el portero, por un entrenador que se había negado a mantenerle de titular indiscutible por su trayectoria; y JuanCar, por los  escándalos de su yerno y la implicación de su hija. Pero, por suerte para los dos, sus excelentísimas personalidades habían permanecido intocables.
-         Se te veía aburrido el día que llevasteis el trofeo de Liga a La Almudena… -comentó Juancar, aparcando los asuntos del pasado-
-         ¡Y como para no estarlo con los aburridos que son los sermones del arzobispo!
-         Pero son paripés que hay que hacer, a mí me salen genial a estas alturas. ¿Te puedes creer que después de haber firmado la promulgación de tres leyes abortistas (y estate seguro de que habrá una cuarta) los de la Conferencia Episcopal siguen considerando mi reinado como ejemplar?
-         Es que tú eres el mejor en fingir, JuanCar… -elogiaba Filtrillas- ¿De quién te crees, si no, que he aprendido para hacer creer a mis aficionados que soy, al mismo tiempo, el mayor defensor del Imperial de Chamartín y el mejor amigo de Xavi “El Humilde” Hernández? ¡Ay, si supieras como nos descojonamos de ellos! ¡Menudos pringaos, que se matan por defender a nuestro equipo mientras yo me lo pasó en grande con mis amigos del Bragas Mojadas a costa del dinero que pagan por mis camisetas y por las gilipolleces que anuncio!

JuanCar abandonó el hotel de concentración del Imperial de Chamartín nada más terminar los árabes de hacerse fotos con toda la plantilla. Se despidió alegremente de su buen amigo Iker y volvió junto a su señora y a sus “secretarias” al Palacio Real de Mallorca. Pasó el resto del día tumbado al sol y admirando el azul del mar Mediterráneo, que se divisaba a lo lejos de su residencia veraniega. Cuando llegó la noche, llegó el turno de cumplir con sus obligaciones familiares y se sentó con sus seres queridos a la mesa para cenar.
-         Un momento… -dijo JuanCar, alarmado, cuando ya llevaban un cuarto de hora de hincar el cuchillo a un jugoso filete de ternera argentina- ¿Dónde está Froilán?
Como imbéciles, todos los demás comenzaron a mirar a todos lados, como si esperaran ver a Froilán en mitad del salón o junto a una ventana. Cuando era evidente que allí no estaba, uno de sus otros nietos dijo la verdad:
-         Se ha ido de fiesta con su amiga Corinna.
-         ¡Niño, conmigo no bromees! –exclamó JuanCar mientras levantaba una mano con intención de abofetear a aquel nieto maleducado- ¿Dónde está tu primo?
-         Abuelo, que es cierto, que se ha ido con una alemana que ha conocido esta tarde en la playa.
-         Este muchacho es tonto –rumiaba JuanCar mientras le pegaba bocados a un filete- ¿Qué se cree, que somos la Casa de Windsor para andar yéndose de fiesta con fulanas desconocidas? ¡Se está cargando las buenas costumbres! ¿Dónde ha quedado la respetada monarquía borbónica, la que tenía amantes en la intimidad? ¡Desde luego, no reconozco a esta monarquía de prensa rosa!

Y ante las miradas estupefactas de sus hijas, hijo, yernos y nuera, pero sobre todo ante la mirada de desprecio de su cónyuge, JuanCar siguió zampando la ternera argentina como si no hubiera pasado nada.


http://www.hispaniainfo.es/web/2013/05/28/proyecto-p-capitulo-8/

Este relato fue publicado en el portal Hispaniainfo el 28 de mayo de 2013

18 de mayo de 2013

Proyecto P: Capítulo 7




Lord APR recibió con gran disgusto la noticia de que Enrique había sido vetado en la comisaría donde desempeñaba las labores propias de todo buen agente de las cloacas del Estado. Para colocarle allí, y para que pudiera moverse libremente por las instalaciones sin ningún tipo de permiso, unas cuantas e importantes leyes del tan cacareado Estado de Derecho de la democracia liberal habían tenido que ser infringidas con prevaricación y alevosía; no obstante, lord APR era el Presidente de Gobierno y había argucias de las que podía hacer uso sin tener que dar mayores explicaciones, sólo que la defensa de la libertad y de la democracia lo exigían. Molesto con la incompetencia de su subordinado, le obligó a tomarse un par de semanas de vacaciones forzosas, tiempo más que suficiente para que le encontrara una nueva ubicación desde la cual seguir allanando el camino a la futura y definitiva revolución que barrería de aquel país todo rastro de catolicismo y de identidad española. Con muchos de años de retraso, por fin sus compatriotas terminarían sucumbiendo al ideario y a los intereses de su Partido; sin embargo, se le presentaban una serie de obstáculos personificados en la incompetencia de sus subordinados.

-          ¡Esto es una mierda! –protestaba Enrique nervioso, con unos preocupantes deseos de tirar el mando a distancia contra una pared- ¡No se sintoniza TeleProgre!
De haber sido Enrique uno de esos muchos católicos retrógrados y sin personalidad que seguían quedando en la faz de la Tierra, sin ninguna duda se hubiera planteado si todo aquello que le estaba pasando era un castigo divino por algo malo que hubiese hecho; igualmente, de haber sido seguidor de alguna de esas corrientes espiritualistas orientales que tan de moda estaban en el seno del Partido, habría pensado que el karma le estaría castigando por alguna mala acción. Pero Enrique, como buen progresista que era, no creía en ninguna de esas pantomimas supersticiosas y la única explicación que le encontraba a todo aquello era que su jefe seguía siendo el mismo imbécil que le había dejado en la calle muchos años atrás.
-          Vete a dar un paseo por el campo, Enrique –comentaba su cónyuge- ¿No has visto el día tan bonito que hace?
-          Sabes que le tengo alergia a todo lo relacionado con el campo –protestó él- Y especialmente a los fascistas que viven en este pueblo.
Enrique detestaba enormemente aquel pueblo. Tras tantos años viviendo en Madrid capital, aquel lugar le parecía un paisaje digno de cualquier película barata de terror: ancianos con boina, vacas, ovejas, señoras mayores cotilleando en las esquinas, niños jugando al fútbol por la calle… ¡Si no había inmigrantes apenas! ¿Cómo era posible que en aquel país todavía siguieran existiendo lugares tan horribles?
-          Enrique, ¿has visto a tu hija?
Tras la pregunta de su mujer, Enrique miró por toda la casa pero no la encontró por ninguna parte.
-          Quizá estará haciendo amigas nuevas –comentó sin dar mucha importancia a la situación- ¿Y qué cojones hago ahora para no aburrirme en este lugar?
-          ¡Pues que no se junte con la nieta de la Paquita, que es una fresca!
Pero lo peor del pueblo para Enrique no eran los animales ni la gente mayor ni la ausencia de personas de otros países… Lo peor del pueblo para Enrique era la presencia de su suegra.
-          ¡Cállate ya, Asunción, maldita vieja fascista!
-          ¡Enrique, por favor, retira eso que has dicho de mi madre! –exclamó, muy ofendida, su cónyuge- ¡No te lo vuelvo a repetir otra vez!
-          Está bien –respondió Enrique irónicamente- Por favor, Asunción, votante de Aznar, ¿quiere hacerme el favor de no abrir la boca?
Como su cónyuge y su suegra eran incapaces de comprender su sentido del humor y sus nulas ganas de estar en el pueblo, Enrique terminó yéndose a la calle a dar un paseo.

Aquello no eran unas vacaciones, sino un destierro. Enrique había abandonado aquel pueblo muchos años antes. La casa en la que se estaban alojando era suya y había pertenecido a su familia paterna desde tiempos remotos. Su familia era natural de allí y por eso le habían obligado a volver cada verano durante las vacaciones escolares; así, año tras año, hasta que por fin consiguió que su novia (quien terminaría siendo su cónyuge) se fuera a vivir con él a Madrid. Aquel lugar le resultaba muy desagradable: primero, porque muchos paletos de allí le tildaban de “señorito” sin conocerle y únicamente por vivir en Madrid capital; y segundo, porque de niños no habían sido capaces de reírle las gracias cuando les decía, riéndose a carcajadas, que en su colegio de Madrid disfrutaban pegando a un niño sólo porque su abuelo había escrito en el diario Arriba durante los años 70. Y aunque su cónyuge insistía en que aquel lugar había cambiado mucho (“Fíjate, Enrique, ahora aquí gobierna la izquierda”, le comentaba antes de llegar), a él no le parecía que hubiera cambiado nada.
-          ¿Te lo puedes creer, Conchita? ¡Que han visto a la nieta de la Paquita salir despeinada de un granero con el nieto del Raimundo! ¿Pero dónde vamos a llegar, por Dios?
Cuando escuchó aquello, a Enrique le hubiera encantando que su mujer se encontrara delante, para que escuchara como las amigas de su madre criticaban a una joven por disfrutar libremente de su sexualidad; en aquellos momentos, como buen padre progresista, moderno y tolerante que era, decidió que su hija tenía que hacerse amiga de la famosa nieta de la Paquita para que ambas lucharan por los derechos de las mujeres y contra el machismo, la Iglesia Católica, el racismo, el fascismo y las mil y una maldades que los enemigos de la libertad y de la democracia tramaban a espaldas de la sociedad.

Aunque el primer día de retorno al pueblo le había resultado bastante duro, Enrique no tardó en volver a sonreír cuando su hija se marchó con la nieta de la Paquita a una pequeña excursión al bosque en compañía de un nutrido grupo de mozos de pueblo que tenían las hormonas más revolucionadas que los bolcheviques durante el asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo en 1917.
-          ¿Pero cómo dejas que la niña se vaya al bosque sola con todos esos muchachos? –protestaba su suegra- ¡No tienes conocimiento, eres un irresponsable!
-          ¿Y qué van a hacer, Asunción? –le replicó Enrique- ¿Dejarla embarazada? ¡A buenas horas, de eso ya se encargó nuestro apreciado vecino de Marruecos!
-          ¡Qué vergüenza!... –lloriqueaba su suegra- ¡Vamos a ser luego la comidilla de todo el pueblo durante la procesión!
Enrique quedó helado al escuchar lo último.
-          ¿Procesión? –preguntó- ¿Qué procesión? ¿De verdad piensas que voy a ir a una procesión?
-          ¿Por qué no vas a ir? ¡Es la costumbre del pueblo! Además, ¿todavía no te has enterado de que son las fiestas patronales?
-          ¿Quieres saber por dónde me paso yo esa costumbre de fascistas? ¡Nadie de mi familia va a pisar hoy una procesión!
-          ¿Qué más te da, Enrique? –le comentó su mujer- Total, sólo es ir un rato a hacer el paripé, igual que los demás… ¿O es que te piensas que la gente va a esas chorradas por gusto?
-          ¡Pero es que yo no soy como esos que se dicen progresistas y luego van a procesiones y dicen creer en Dios! ¡Yo soy progresista de verdad y no pienso consentir que mi cónyuge y mi hija pisen una de esas manifestaciones fascistas donde únicamente lavan el cerebro a la gente para beneficio de esa secta que es la Iglesia Católica!
-          ¡Venga, que sí, Enrique, que sí!... -comentaba su mujer sin tomarle en serio- ¡Si todos sabemos que a progresista no te gana nadie!...
-          ¡No me des la razón como a los tontos! ¡Y entérate de una cosa: como vayas a esa procesión, te pido el divorcio!

Calló el sol, las vacas volvieron a los establos y comenzó la verbena en la plaza del pueblo; mientras tanto, Enrique estaba solo en su casa porque se había negado a acompañar a su cónyuge y a su suegra a la procesión, y su hija seguía en el bosque con la liberada y moderna nieta de la Paquita y sus salidos paisanos.
Aquello le desesperaba. Estaba harto de aquellos paletos de pueblo que decían ser progresistas y luego iban a las procesiones con la excusa de que era la costumbre o de que no podían ofender a sus familiares. Al final, Enrique terminó comprendiendo que la lucha contra las fuerzas reaccionarias nunca terminaría y que él, como miembro de la élite de los progresistas de aquel país, tenía que dar ejemplo de lo que era luchar y sacrificarse por la libertad y la democracia. Revolviendo el viejo establo de la casa familiar, Enrique logró hacer una pancarta con unas tablas y un trozo de tela blanca. Una vez hubo valorado el tamaño de la pancarta, escribió un lema directo y, ante todo, original: “¡No pasarán! Al fascismo no se le discute, ¡se le destruye!
Armado con su pancarta, Enrique salió corriendo hasta llegar a un cruce de calles por el que pasaría la procesión poco después. Valorando las escasas posibilidades de las que disponía para colocar la pancarta de manera visible, terminó decidiéndose por clavarla en el suelo a lo ancho de la calle y situarse detrás, cortando así el recorrido de la procesión. Nada más finalizar aquel improvisado “piquete informativo”, una muchedumbre estupefacta estaba frente a él.
-          Por favor, ¿puede quitarse de en medio? –le preguntó el cura del pueblo- Está impidiendo el paso de la procesión, ¿es que no lo ve?
-          ¡Cállate pederasta, fascista, machista y opresor! –gritó Enrique, dirigiéndose después al alcalde- ¿Y tú qué pasa, que no tienes vergüenza? ¿Qué cojones haces ahí, participando en un acto fascista, si eres miembro de un Partido que defiende el aborto como un derecho de la liberación de las mujeres?
Unos cuantos pueblerinos comenzaron a gritar a Enrique para que se apartara, pero él decidió gritar aún más fuerte:
-          ¡Este pueblo será la tumba del fascismo! ¡No pasarán! ¡La Iglesia Católica es fascismo! ¡Sacar vuestros rosarios de nuestros ovarios! ¡Aborto sí! ¡La única iglesia que ilumina es la que arde!
Aquella espontánea manifestación de Enrique en defensa de la libertad y de la democracia obligó a un par de agentes de la Guardia Civil a hacer acto se presencia.
-          Buenas noches, señor –le dijo uno de los agentes cuando llegaron a donde se encontraba- ¿Sería tan amable de quitarse de en medio y de dejar de interrumpir el paso de esta procesión?
-          Estoy ejerciendo mis derechos como ciudadano a la libertad de expresión y a la libertad de manifestación –respondió Enrique- No estoy cometiendo ningún delito.
-          Sí lo está haciendo, señor, está impidiendo el derecho de estas personas a ejercer su derecho a la libertad religiosa.
-          Eso es una gilipollez, mi derecho a defender la libertad y la democracia están muy por encima de esas anticuadas supersticiones.
-          Le repito que estamos siendo excesivamente pacientes con usted. ¿Quiere hacer el favor de retirarse de aquí?
-          Los miembros de un cuerpo policial fascista no van a decirme a mí lo que tengo que hacer…
Los guardias civiles, en vista de que no tenían otra salida, esposaron a Enrique (quien se resistió al grito de “No a la represión fascista y policial”) y le encerraron aquella noche en el calabozo del pueblo. Uno de ellos, mientras introducían al detenido dentro de un vehículo, comentó:
-          Esto me lo llegan a decir hace años y no me lo creo… ¡Y lo digo yo, que he tenido que detener a gente hasta por violar vacas!

-          Lo del divorcio no iba en serio… -comentó Enrique a su cónyuge cuando ella fue a buscarle por la mañana al calabozo- Además, que la culpa de todo esto no es mía…
Su cónyuge prefería no escucharle y comenzó a caminar hacia su casa sin prestarle ninguna atención. A su paso, cada vez que se topaban con alguien, él era mirado como si tuviera la lepra mientras todo el mundo saludaba a su mujer.
-          ¿Desde cuándo te hablan a ti estos fascistas?
-          ¡Ya está bien, Enrique! –estalló su cónyuge- ¡Son personas normales, igual que tú y yo! ¡En este pueblo la gente vota a la izquierda y sus hijos, como hacen los hijos de los madrileños, también se emborrachan metiéndose tampones por el culo! ¡Ah, y la hija de la Fernanda está embarazada de un subsahariano!
-          ¿En serio?
-          ¡Sí, Enrique, todo lo que te digo es verdad! ¡No dejas de señalar a los fascistas como los mayores intolerantes del mundo cuando, en realidad, tú no has dejado de juzgar con prejuicios a todas las personas de este pueblo desde que hemos llegado! ¡Ya va siendo hora de que superes tus problemas personales con la gente de este lugar!
-          ¡Oye, que yo no tengo la culpa de que sean unos gilipollas!
-          ¿Por qué, por no reírse cuando eras un crío y les decías que tú y otros diez le pegabais a un chaval porque su abuelo había escrito en el Arriba? ¡Por favor, Enrique, madura de una vez, que ya tienes una hija y un futuro nieto mestizo!
-          Pues tú bien que te reías cuando te lo contaba…
-          Claro, Enrique, tenía 15 años y era tu novia… ¿Qué iba a hacer si no?

Sin despedirse de su hija, que había madrugado para irse otra vez a no se sabía dónde con la nieta de la Paquita, Enrique hizo su maleta y se marchó del pueblo, enormemente enfadado con su cónyuge. No le había gustado nada saber que su vínculo matrimonial civil estaba fundado sobre una mentira. ¿Cómo era posible que le hubiera engañado en algo tan serio como aquello? Pegar una paliza en grupo a un chaval indefenso sólo porque el abuelo de éste había sido columnista del diario Arriba era una razón más que suficiente para que su cónyuge (y cualquiera que se hiciera llamar progresista) le admirara de manera real y sincera. Y si le había mentido con aquello, también le podía haber mentido con otros asuntos menos serios, como la paternidad de la hija que tenían en común o su fidelidad cuando él iba a trabajar todas las mañanas.
Cuando se cansó de conducir, Enrique paró en un área de servicio a desayunar. Tan enfadado como aburrido, sacó su teléfono móvil de última generación (adquirido con dinero público, por supuesto) y comenzó a mirar uno por uno todos sus contactos.
-          Biby –dijo tras marcar el número de su subordinada- ¿Qué tal todo?
-          Hola, Enrique, buenos días –saludó ella- ¿Cómo van tus vacaciones?
-          Odio mi pueblo, es un cementerio de viejos fascistas. Oye, ¿te he contado alguna vez la historia de cuando yo y mis compañeros de clase pegábamos a un imbécil porque su abuelo había sido columnista del Arriba?


http://www.hispaniainfo.es/web/2013/05/17/proyecto-p-capitulo-7/

Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo el 17 de mayo de 2013

10 de mayo de 2013

La democracia en el pensamiento político de José Antonio Primo de Rivera




Uno de los mayores peligros que sufre hoy el falangismo como movimiento político son los diversos “revisionismos doctrinales” que amenazan con orientar las bases ideológicas hacia posturas que, según los casos, van desde una burda imitación de movimientos izquierdistas como el socialismo y el anarquismo hasta otras versiones superficiales como el panteísmo estatal propio del fascismo mussoliniano y el racismo que caracterizó al nacionalsocialismo alemán. Cualquiera de estos revisionismos puede (y tiene) que ser denunciado por quienes nos consideramos falangistas para evitar confusionismos con otros movimientos políticos e intentos de manipulación de nuestros ideales para causas ajenas a nosotros y nada limpias seguramente.
De las diferencias del falangismo con el fascismo y con el nacionalsocialismo ya han tratado otras personas con una formación ideológica e intelectual muy superior a la mía, siendo un tema para el cual sólo hay que ir a los trabajos correspondientes si se desea conocer la información y la verdad sobre el asunto (especialmente recomendable para este tema en particular es Falange y Fascismo: Dos doctrinas diferentes. Dos modos distintos de entender la vida y la muerte, de Sigfredo Hillers, catedrático de Derecho y conocido miembro del Frente de Estudiantes Sindicalistas durante el franquismo y de Falange Española Independiente a comienzos de la década de 1980); en cuanto a los pretendidos argumentos de que el falangismo es un movimiento izquierdista, basta echar un vistazo a las numerosas ocasiones en las que José Antonio Primo de Rivera criticó a la izquierda y a la derecha como visiones incompletas para darse cuenta de la enorme falacia (por no decir patraña) que supone defender esa teoría.

El único revisionismo ideológico que en este artículo pretendo derribar es el “democrático” porque considero que a estas alturas supone un gran error político y estratégico utilizar ese término de manera equivocada, más cuando los falangistas no tenemos nada de lo que hacernos perdonar; y serán las palabras de José Antonio Primo de Rivera, nunca las mías, las que desmonten esa postura. No obstante, para lo desarrollado a continuación he utilizado los juicios del profesor Sigfredo Hillers recogidos en su mencionada obra de Falange y Fascismo para juzgar sobre lo que es y lo que no es doctrina falangista:
Con todos los respetos hacia Ramiro Ledesma Ramos, Onésimo Redondo, Julio Ruiz de Alda y un corto etcétera, no hay más Falange que la de José Antonio y no hay más doctrina nacionalsindicalista (después de la fusión de las JONS con Falange Española) que el pensamiento de José Antonio. Todo lo demás son interesantes aportaciones, pero no doctrina falangista” (página 1062)
El pensamiento de José Antonio anterior a la fundación de Falange Española (29.10.1933) sólo servirá de referencia, pero en ningún caso puede ser contrapuesta en pie de igualdad a lo que dijo o escribió José Antonio entre 1933 y 1936 (…) sólo puede considerarse doctrina falangista y sólo tiene carácter de doctrina nacionalsindicalista la existente entre 1933 y 1936, y más concretamente aún, a través de su Jefe Nacional, José Antonio, o con su autorización” (página 1063)
Es absurdo pretender apoyarse doctrinalmente en lo que dijera José Antonio antes de fundar la Falange, en la época en que era monárquico (…) Quien quiera enterarse de lo que es la doctrina falangista tendrá, pues, que saber diferenciar lo que son antecedentes en el pensamiento y la obra de José Antonio y lo que es realmente la doctrina oficial de la Falange” (página 1064)

El mayor intento de presentar un José Antonio Primo de Rivera “democrático” viene de una conferencia impartida el 16 de enero de 1931, meses antes de que la República del 14 de abril diera la estocada definitiva al régimen constitucional borbónico y algo más de dos años antes de la fundación de Falange Española. “La forma y el contenido de la democracia” es obra de un José Antonio monárquico y anterior a la fundación de Falange Española; por lo tanto, siguiendo lo defendido por Sigfredo Hillers, lo pronunciado en esta conferencia no es doctrina falangista. Ahora bien, José Antonio deja unas cuantas intervenciones que son dignas de tener en cuenta de cara a su futura trayectoria política:
Al sentido etimológico de la palabra "democracia" ha llegado a sobreponerse en el espíritu de nuestra época un sentido ético: el que nos representa un estilo de vida pacífico, armonioso y tolerante; un tono de educación –como ha dicho Pemán– “que se impone por sí mismo en los días adultos y civilizados de los pueblos”. La aspiración a una vida así debió ser la primera que movió al pensamiento y la actividad política de los hombres cuando aún padecían a los tiranos.
Frente a esos tiranos se alza la primera, resueltamente, la teología medieval. De los conventos salen las primeras voces que preguntan a los que gobiernan cuál es el origen de su poder y con qué títulos pueden imponer su voluntad a los gobernados
Santo Tomás centra su doctrina del Estado en la idea de fin. El fin es el “bien común”, la vida pacífica, feliz y virtuosa. Son justas las formas de gobierno (de uno, de varios o de muchos), en tanto se ordenan a ese fin, e injustas cuando lo menosprecian. El gobernante que no gobierna hacia el bien común, sino en provecho propio, es un tirano, contra el cual es lícito alzarse, siempre que la rebelión no traiga males mayores; es decir, no vaya en detrimento del “bien común”, que nunca se pierde de vista. Santo Tomás prefiere la Monarquía, no por razones dogmáticas, sino porque entiende que la unidad de mando es favorable para el bien común.
He ahí señalado como aspiración de la ciencia jurídica un “contenido de vida” que pudiéramos llamar, en el sentido ético que se dijo al principio, democrático. Vida en común no sujeta a tiranía, pacífica, feliz y virtuosa
Pero cuando ya iba tan adelantada la ciencia en el logro del “contenido” de una vida política justa, surgen dos desviaciones para las cuales es dogma de fe que la vida justa se produce necesariamente por la sola virtud de una forma determinada; que hay seres o máquinas políticas con poder “soberano”, cuyas decisiones se justifican por razón de su origen: es decir, son legítimas, independientemente de su contenido, por emanar del Soberano. La vida pacífica, feliz y virtuosa no se espera ya de un contenido político, sino de una forma política
He aquí reemplazada la tendencia tomista, que aspira a alcanzar el bien común mediante una política de “contenido”, por otra tendencia que espera lograrlo por la sola mágica virtud de una “forma”
Quizá no se ha llegado a lo que profetizó Ganivet, que preveía la caída del poder en manos de los peores. Pero sí se dan dos fenómenos: de un lado, la general ineficacia de los Parlamentos elegidos por sufragio universal, incluso en aquellos países, como Inglaterra y Bélgica, donde ha alcanzado mayor perfección. De otro lado, la tendencia del cuerpo electoral a dejarse arrastrar por los partidos extremos, de guerra, como los comunistas y nacionalistas; es decir, por los partidos “antidemocráticos”. Con lo que la democracia “de forma”, en vez de dar como fruto la democracia “de contenido”, amenaza con alejarnos de ella definitivamente
Si la democracia como forma ha fracasado, es, más que nada, porque no nos ha sabido proporcionar una vida verdaderamente democrática en su contenido. No caigamos en las exageraciones extremas, que traducen su odio por la superstición sufragista, en desprecio hacia todo lo democrático. La aspiración a una vida democrática, libre y apacible será siempre el punto de mira de la ciencia política, por encima de toda moda.
No prevalecerán los intentos de negar derechos individuales, ganados con siglos de sacrificio. Lo que ocurre es que la ciencia tendrá que buscar, mediante construcciones de “contenido”, el resultado democrático que una “forma” no ha sabido depararle
Probablemente la última frase sea la que más se acerca a lo que será el pensamiento político definitivo de José Antonio en la Falange, ya que el sistema participativo que propondrá el falangismo será de contenido (participándose a través de las funciones municipal, familiar y sindical) y no de forma (partidos políticos y parlamentarismo).

El 29 de octubre de 1933, en el acto fundacional de Falange, José Antonio dedicó una buena parte de su discurso a señalar los males de la democracia liberal:
Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad.
Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, de jerarquía diferente a cada una de nuestras almas, y que ese yo superior está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio –conjetura de los más que triunfa sobre la de los menos en la adivinación de la voluntad superior–, venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.
Como el Estado liberal fue un servidor de esa doctrina, vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales. Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada. Es decir, que los gobernantes liberales no creían ni siquiera en su misión propia; no creían que ellos mismos estuviesen allí cumpliendo un respetable deber, sino que todo el que pensara lo contrario y se propusiera asaltar el Estado, por las buenas o por las malas, tenía igual derecho a decirlo y a intentarlo que los, guardianes del Estado mismo a defenderlo.
De ahí vino el sistema democrático, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de derroche de energías. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno.
Vino después la pérdida de la unidad espiritual de los pueblos, porque como el sistema funcionaba sobre el logro de las mayorías, todo aquel que aspiraba a ganar el sistema, tenía que procurarse la mayoría de los sufragios. Y tenía que procurárselos robándolos, si era preciso, a los otros partidos, y para ello no tenía que vacilar en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento

Tras la fusión de Falange Española con las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, la nueva Falange Española de las JONS tratará en su punto número 6 el asunto de la participación de los españoles:
 “Nuestro Estado será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria. Todos los españoles participarán en él a través de su función familiar, municipal y sindical. Nadie participará a través de los partidos políticos. Se abolirá implacablemente el sistema de los partidos políticos con todas sus consecuencias: sufragio inorgánico, representación por bandos en lucha y Parlamento del tipo conocido
Nuevamente, las referencias son a un sistema participativo que en ningún momento es calificado como “democrático”.

El 4 de julio de 1935, en el diario Arriba, José Antonio era aún más directo a la hora de dirigirse al sistema democrático y liberal:
Ya es hora de acabar con la idolatría electoral. Las muchedumbres son falibles como los individuos, y generalmente yerran más. La verdad es la verdad (aunque tenga cien votos), y la mentira es mentira (aunque tenga cien millones). Lo que hace falta es buscar con ahínco la verdad, creer en ella e imponerla, contra los menos o contra los más. Esa es la gran tarea del conductor de masas: operar sobre ellas para transformarlas, para elevarlas, para templarlas; no ponerlas a temperatura de paroxismo para después pedirles (como en el circo de Roma la plebe embriagada) decisiones de vida y muerte. Y este deber (gloriosamente duro) es tanto más apremiante en nuestra España, donde cien años de desaliento y de pereza han sumido a nuestra masa en la más desoladora mediocridad. Todo lo que se haga por sacudirla será poco. Pero mientras sólo se la halague y se la sirva, no se hará otra cosa que estabilizar la mediocridad

Pero será en el artículo “España al azar”, publicado el 26 de diciembre de 1935 en el diario Arriba, cuando José Antonio termine de dar la puntilla a la postura del falangismo ante el sistema sufragista:
En pocos partidos falta un hombre aprovechable. Lo que no tiene cura es el sistema de los partidos (…)
La experiencia –que, por otra parte, no ha hecho más que confirmar lo que ya promulgaba la razón– pudiera formularse con la exactitud de una ley matemática: No hay política posible, ni historia posible, ni Patria posible, si cada dos años se pone todo en revisión con motivo de unas elecciones.
Las grandes arquitecturas históricas han sido, cuando menos, la obra de la vida entera de un jefe o de un rey. Las más de las veces han sido la obra de toda una dinastía. En otras partes, la de una revolución que ha impuesto sus principios y se ha mantenido en ellos durante cuarenta o cincuenta años, mediante la sucesión en el Poder de hombres ungidos por el derecho de la revolución misma. De no ser así, todo esfuerzo es inútil: ni en dos ni en cinco años da tiempo a realizar nada, y es cosa sabida que la impaciencia popular se inclina cada dos años, o cada cinco, a cambiar de postura. No hay tiempo sin incomodidad, y el juicio simple de las masas tiende siempre a recibir lo bueno de cada tiempo como cosa natural y gratuita, y lo malo como consecuencia de la torpeza de los gobernantes. Nunca se juzga a los gobernantes por lo que han hecho, sino por lo que han dejado de hacer. De este modo, como nadie en el mundo es capaz de hacer todo lo imaginable nadie está libre de que la crítica se ensañe con lo que no hizo.
Esta crítica de lo que falta, este llorar por lo que queda, es el mejor resorte del conjunto de falacias, injusticias y embustes que se llama la propaganda electoral. Los más insignes edificadores de pueblos no hubieran rematado sus obras si cada dos años o cada tres, en plena tarea, cuando aún era tan difícil entrever los resultados finales, hubiesen tenido que someterse a la dirección irresponsable de todos los demagogos en todas las tabernas de todos los pueblos.
El sistema sufragista no sólo se resiente de todos los vicios de la demagogia, sino que los estimula. Para ganar votos hay que excitar a los electores. Entre candidato y candidato se entablan pugilatos a muerte; cada uno tiene que aumentar la dosis de excitante suministrada por el rival. Cuando se agotan las reservas conocidas, urge echar mano de nuevos venenos no probados antes. Hay drogas políticas, como el nacionalismo, que acaso no hubieran llegado a nacer si no hubieran sido requeridas por algún candidato, en trance electoral, para flagelar la sensibilidad de las masas votantes, ya acaso embotadas por el abuso de otras drogas envejecidas.
No puede haber un solo hombre normal que defienda de buena fe este sistema diabólico. Sólo odiando al pueblo se le puede desear un sistema que le convierte, cada dos o tres años, en campo de experimentación de todos los imbéciles, ambiciosos, frenéticos, logreros y farsantes. Sobre una masa popular ingenua, tierna, fácil a la credulidad y a la cólera, se permite la avenida de todo el hampa electoral, diestra en el juego de las torturas y las mentiras. Unos candidatos saldrán triunfantes, y otros vencidos; de unos y de otros se sabrá poco hasta las próximas elecciones; pero en pos de ellos habrán quedado, envenenando almas, embalses enormes de rencor sin alivio posible, porque los demagogos, para alimentar el rencor, encienden apetitos irrealizables.
(…) Nuestro Estado, que tendrá la conciencia de su gran misión al servicio de la unidad eterna de España, no permitirá que España se juegue a este turbio azar de las urnas
En ese mismo número de Arriba también dejará escrito lo siguiente:
El mundo ha llegado a la cruda pugna de nuestros días entre las posiciones extremas. La democracia, hija del liberalismo, ha matado a su padre. Esto no sería malo; lo malo es que lleva camino de matar también a la libertad. Para rescatarla hay que volver a las luchas originarias: a la fuerza

Para terminar con la visión que José Antonio tenía del término “democracia”, no he podido dejar pasar una parte de una entrevista que concedió a La Voz y que se publicó el 14 de febrero 1936:
El sufragio universal es inútil y perjudicial a los pueblos que quieren decidir de su política y de su historia con el voto. No creo, por ejemplo, que en la conveniencia o inconveniencia de una alianza internacional o sobre la política marítima a seguir pueda tener la masa opinión, ni a lo sumo, más que muy pocos de sus representantes. Don Antonio Maura hizo el voto obligatorio. ¿Y para qué? En el mejor de los casos, los hombres elegidos son señores sin voluntad propia, sometidos a los partidos, sin especialización para ir meditadamente resolviendo los arduos y trascendentales problemas del Estado. Los elegidos no lo son por ser los más adecuados al país, sino los más flexibles a los jefes, y nada les preocupan las leyes que se van a dictar para guiar a la nación por una ruta determinada. La incultura de la masa de los electores no es menos que la de la masa de los elegidos en materia política. Ahí están las listas de candidatos llenas de nombres desconocidos; no podrían muchos alegar otra razón para estar en ellas que la amistad y representar mañana en el Parlamento un número, un voto, un sumando, pero no una inteligencia y un pensamiento... En fin, yo le aseguro que en vísperas de la contienda electoral me afirmo más que nunca en mi oposición al sufragio, lo mismo para la mujer que para el hombre. Ahora bien: si lo estimásemos imprescindible para la vida de la nación –va usted a escucharme una extravagancia–, de tener que votar forzosamente, mejores frutos habrían de lograrse con el voto de la mujer que con el del hombre. Ella tiene más aplomo y una sensibilidad práctica de que él carece. El voto de ambos sería adecuado para cualquier tema municipal o administrativo

José Antonio Primo de Rivera, en resumen, nunca creyó en el sufragio y no se consideraba (ni fue) lo que hoy se llamaría un “demócrata”. Lo que José Antonio defendió, y eso es lo que debemos hacer los falangistas, es un sistema en el que el hombre participe a través de las unidades orgánicas naturales de las que se compone la sociedad (familia, localidad y trabajo) y que no ponga en duda en ningún momento la Ley Natural y la unidad de la comunidad humana a la que pertenece.

No querría terminar este artículo sin incluir dos puntos del manual Ética y estilo falangistas. Escrito por Sigfredo Hillers y varios miembros del Frente de Estudiantes Sindicalistas, la élite de la disidencia falangista contra el régimen de Francisco Franco, nos encontramos con lo siguiente:
¿Somos democráticos o no somos democráticos? Depende sobre qué puntos.
Si un grupo falangista se constituye como tal, para luchar en política según la ética y principios de José Antonio, hay cosas que jamás podrán someterse a votación.
Si erróneamente se hace y, por mayoría, se decide por ejemplo apartarse de la ética y doctrina falangistas, se habrá atentado contra la esencia de la Falange y tal grupo podrá ser todo lo "democrático" que quiera, pero ya no será falangista
” (Punto 365)
Nosotros no queremos titularnos "democráticos", entre otras cosas por lo manoseado y desprestigiado del término y las múltiples acepciones que tiene.
Nosotros aplicamos un sistema que se rige por la Verdad y la Justicia.
¿Que eso coincide con la democracia? Pues tanto gusto, ¿Qué eso no es precisamente democracia? Pues lo sentimos mucho
” (Punto 374)

Está claro que hay muchos significados distintos para el término “democracia”.
José Antonio Primo de Rivera, como hombre de su tiempo, entendió lo que significaba en su momento y se posicionó contra él, llamando a un sistema participativo y de contenido frente a una falsa voluntad de forma.
A los falangistas de hoy, igual que a nuestros predecesores, nos toca plantearnos qué significa hoy eso de “ser demócrata”. Quizá alguno todavía no se haya enterado, pero hoy por “demócrata” se define todo aquel que defiende el sistema de partidos políticos y que acepta el resultado que salga de las urnas tras cada comicio electoral, independientemente de si ese resultado pone en duda la unidad de España, el derecho a la vida de los no nacidos o el acceso a las instituciones de los simpatizantes de una organización terrorista. Hoy, guste o no, los falangistas ni podemos ni tenemos que ser demócratas (quizá, algún día, en un Estado Sindical donde sea imposible desmembrar a España con papeletas electorales y donde sólo se elijan cargos por temas municipales y laborales, sí).