26 de julio de 2013

El fin de un ciclo



Ha pasado una semana desde que TitoVilanova anunciará su dimisión como entrenador del Fútbol Club Barcelona y el equipo ya cuenta con un nuevo entrenador, Gerardo “Tata” Martino. Pese a sonar como sustitutos algunos nombres históricos del Barcelona, como fueron los casos de Michael Laudrup y de Luis Enrique Martínez, finalmente fue el técnico argentino quien ocupará el banquillo blaugrana. Esta sorprendente decisión (se presume que el entorno de Leo Messi ha influido más de lo debido), entre otros asuntos, ha hecho olvidar el reciente e incómodo cruce de declaraciones entre TitoVilanova y su predecesor (¿y ex amigo?) Josep Guardiola, con el cáncer del yaex entrenador del Barcelona por medio.

El Barcelona ha vivido un periodo futbolístico histórico y repleto de trofeos desde que Guardiola cogiera el rumbo del equipo a mediados de 2008 hasta la última Liga de 2013, ganada por el equipo ya dirigido por Vilanova; un periodo en el que los títulos echaron tierra sobre unos capítulos oscuros que pudieron pasar más desapercibos, como las marchas de futbolistas de gran nivel que no contaban con el beneplácito de Leo Messi o del entrenador de turno (véanse los casos de Samuel Eto´o, Zlatan Ibraimovich y David Villa), las costosas contrataciones que abandonaban el equipo al finalizar la temporada o que no cumplían las mínimas expectativas puestas sobre ellos (como fue el caso del ucraniano Dmitro Chigrinskiy o el del chileno Alexis Sánchez), las declaraciones catalanistas de Guardiola y de la actual directiva del Barcelona, determinados escándalos arbitrales (la actuación de Tom Henning Ovrebo en Londres en 2009 tardará mucho en olvidarse)… Si a todo lo anterior le añadimos que el Real Madrid, cuando era dirigido por José Mourinho, vio saboteado desde dentro del vestuario el mejor proyecto deportivo que ha tenido en años, es evidente que el Barcelona ha basado sus éxitos del último lustros en la progresión de Leo Messi y en la base de jugadores de los que dispuso en sus títulos de 2005 y 2006 porque, en realidad, el mayor logro de Guardiola y de Vilanova al frente del Barcelona fue exprimir al máximo el nivel de unos futbolistas que ya formaban parte del equipo y no las decisiones que pudieran adoptar en materia de contrataciones y de alineaciones (el mejor ejemplo está en que el Barcelona siguió ganando igual cuando Jordi Roura asumió el control del equipo durante la estancia de Vilanova en Nueva York para tratarse del cáncer).

Ahora, a pesar de contar con la base de la plantilla que ha logrado tantos trofeos durante los últimos cinco años, comienza un nuevo ciclo para el Barcelona; y lo afirmo en base a que la marcha de Vilanova supone una ruptura con la línea continuista que adoptó el club cuando encomendó a éste la tarea de sustituir a Guardiola, una decisión que fue aplaudida por la plantilla precisamente porque representaba el cambio menos radical tras perder la Liga de 2012 ante el Real Madrid dirigido por José Mourinho. A partir de este momento el futuro del Barcelona podrá ser mejor o peor en lo deportivo (como madridista, lógicamente, espero que les resulte peor), pero no hay ninguna duda de que ha comenzado un nuevo ciclo. Pero ese nuevo ciclo no comienza para el Barcelona como equipo solamente, también comienza para los clásicos contra el Real Madrid que se disputarán en el futuro: Mourinho, con sus aciertos y con sus errores, se acabó convirtiendo en una bestia negra para Guardiola y para el Barcelona; con la marcha de Vilanova, junto con la de Mourinho un mes antes y con la de Guardiola al finalizar la temporada 2011/2012, se acaba un periodo en el que los enfrentamientos entre Real Madrid y Barcelona fueron todavía más emocionantes e intensos que de costumbre, no aptos para los acomplejados defensores del “señorío” y del “buen rollo”.
Por lo tanto, el adiós temporal de Tito Vilanova no sólo significa el fin de un ciclo deportivo, sino también el fin de unos clásicos que a partir de ahora ya no serán como antes. Carlo Ancelotti y Gerardo “Tata” Martino serán entrenadores con gran experiencia en el mundo profesional, pero nunca tuvieron un pasado tan “tormentoso” como el que existió entre José Mourinho, Josep Guardiola y Tito Vilanova. Para bien o para mal, todo parece indicar que el protagonismo de los enfrentamientos en los encuentros entre Real Madrid y Barcelona volverá a recaer en los ases del fútbol más que en los banquillos.


No quiero terminar estas líneas sin mandar mi apoyo a Tito Vilanova y a su entorno. Un cáncer es una enfermedad muy dura de llevar (y a Dios doy gracias de que nunca me haya visto en esa situación), pero al menos tiene la esperanza de que, como hicieron en su momento otras personas, puede hacer frente a la enfermedad y salir ganador. Otros, en cambio, como les ha sucedido a las víctimas del reciente accidente de tren en Santiago de Compostela, no tuvieron la más mínima posibilidad de salir victoriosos en su cara a cara con la muerte. Así que ¡ánimo Tito!

25 de julio de 2013

Los orígenes sociopolíticos de la Falange y su posterior evolución ideológica dentro de las circunstancias históricas españolas y europeas (V)



5º Qué fue, qué no fue, qué es y qué puede ser la Falange

Falange Española de las JONS fue una organización cuyo objetivo era llevar a cabo una revolución política, económica y social que estableciera un orden nuevo en España y salvara a los españoles de las garras de la política profesional demoliberal y del yugo marxista falsamente liberador; la ideología de la Falange, el nacionalsindicalismo, se oponía a la habitual separación de izquierdas y de derechas y se situaba frente a ambas, uniendo el patriotismo crítico y la defensa de la unidad nacional con unas preocupaciones sociales compatibles con la tradicional moral católica de España. Surgida a causa del interés que provocó en España el triunfo electoral de Adolf Hitler en Alemania y el régimen fascista de Benito Mussolini en Italia, y financiada en los primeros meses por monárquicos reaccionarios que sólo querían una milicia violenta, los dirigentes falangistas lograron en un periodo de dos años y medio la independencia económica y política de su organización, agrupando en torno a sí a lo más sano, viril y heroico de la juventud española de aquellos años republicanos. Finalmente, el objetivo de la Revolución Nacional Sindicalista nunca tuvo opciones reales de cumplirse en el Estado surgido del Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936, aunque las leyes sociales del régimen franquista (base del escaso Estado social que hoy queda en España) tuvieron el protagonismo de destacados falangistas como José Antonio Girón de Velasco, Raimundo Fernández Cuesta y José Luis Arrese.

La Falange nació en el periodo de entreguerras y fue el equivalente español a otros movimientos de tercera vía que existían en los demás países de Europa. Sin embargo, ni José Antonio Primo de Rivera ni ningún otro dirigente falangista actuó por órdenes de ningún dirigente político extranjero. Y la afinidad ideológica, en algunos casos, fue mayor con unos que con otros; aún así, la gran diferencia de la Falange con los más famosos, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán, radica en que la concepción ideológica de la Falange se posiciona en los valores católicos del orden de la Tradición mientras que fascismo y nacionalsocialismo coinciden en ensalzar características del orden de la Modernidad, como el Estado y el Partido (sin olvidar la exaltación de la raza por el nacionalsocialismo, incompatible con la ideología falangista).

Hoy, por desgracia, existen diversas organizaciones falangistas del más variado tipo: formaciones políticas, sindicatos, asociaciones, portales de información… Todos, a su manera, tratan de defender lo mejor posible qué son los postulados políticos, económicos y sociales del falangismo; aunque la división, heredada desde el asesinato de José Antonio Primo de Rivera, ha imposibilitado la consecución de objetivos reales.

Si los falangistas somos capaces de concienciarnos de ello, la Falange puede volver a ser de nuevo la vanguardia que agrupe a la juventud española contra el sistema político de la democracia liberal y contra el sistema económico del capitalismo, por no hablar de las falsas soluciones que promueve la actual sociedad española (especialmente desde el sector ideológico de la izquierda); también, si nos lo creemos, podemos volver a ser quienes salvemos a España de la gravísima crisis de valores que sufre, ya que nuestra meta no es sólo la conquista del poder político, sino convencer a nuestros compatriotas de que nada será útil si no se cambia la forma de ser egoísta tan común hoy por otra orientada al bien común de toda la sociedad.
En el caso contrario, si no somos capaces de crear un serio proyecto de futuro, no nos quedará más remedio que ser un grupo de aficionados a la Historia que nos reuniremos sólo para hablar de sucesos ya hartamente pasados para los que hoy no tenemos solución.

Hay quien piensa que la Falange debe cambiar su nombre y sus símbolos para ser aceptada por la sociedad, convirtiéndose así en un partido político más. Por mi parte, no soy nadie para decir qué se debe hacer y qué no, pero creo que eso sería el mayor error que los falangistas pudiéramos cometer, porque la Falange no es sólo una manera de pensar, sino una forma de ser, y la hermandad y la camaradería que supuestamente debe haber en la Falange no tienen ningún sitio en los tradicionales partidos políticos demoliberales y profesionales.


http://tradiciondigital.es/2013/07/25/los-origenes-sociopoliticos-de-falange-y-su-posterior-evolucion-ideologica/

http://laverdadofende.wordpress.com/2013/07/25/los-origenes-sociopoliticos-de-falange-y-su-posterior-evolucion-ideologica/

http://www.hispaniainfo.es/web/2013/07/26/los-origenes-sociopoliticos-de-la-falange-y-su-posterior-evolucion-ideologica-dentro-de-las-circunstancias-historicas-espanolas-y-europeas/

Este artículo fue publicado en el portal Tradición Digital y en la bitácora Verdades que ofenden el 25 de julio de 2013, y en el portal Hispaniainfo el 26 de julio de 2013

Los orígenes sociopolíticos de la Falange y su posterior evolución ideológica dentro de las circunstancias históricas españolas y europeas (IV)



4º La participación de Falange Española en el Alzamiento Nacional y su posterior situación dentro del Estado del 18 de julio

Encarcelados los dirigentes y perseguidos los militantes, la Falange se sumó a la sublevación militar que tuvo lugar en toda España el 18 de julio de 1936; sin embargo, parece que existen algunos despistados a los que no les gusta este suceso y tratan, de una manera u otra, de presentarlo como una catástrofe para la Falange. Cierto es que el Estado del 18 de julio nunca fue lo que proponía la teoría política, económica y social del falangismo; aunque, dadas las circunstancias de aquella época y de lo que vino nada más caer el régimen de Franco, quizá lo más honesto sea valorar las conquistas sociales logradas por algunos falangistas en aquel periodo. Aunque lo mejor será empezar por el principio…

Según narra Ceferino Maestu en Los enamorados de la Revolución, “la Falange, desde 1935, había llegado a la conclusión de que, si se confirmaba el triunfo electoral de las izquierdas, no habría para ellos más salidas que la insurrección armada. Y la Junta Política estudió en Gredos un plan para concentrar a diez mil hombres en la frontera portuguesa y avanzar sobre Madrid, sublevando a su paso a unidades militares y movilizando el apoyo de civiles. Luego, en Madrid, se planteó otro plan más sencillo, consistente en la concentración de mil falangistas de la Primera Línea en Toledo para avanzar hacia la capital con el apoyo de los militares de la Escuela de Gimnasia” (Los enamorados de la Revolución, Ceferino Maestu Barrio, 1ª edición, 2012, Plataforma 2003; pág. 651). El mismo autor, más adelante, explica que “José Antonio Primo de Rivera estuvo, hasta última hora, con Manuel Fal Conde, dispuesto a sumarse, en determinadas condiciones, a los planes militares de sublevación pero ambos, también hasta el último momento, estuvieron decididos a que, de no llegar a un acuerdo con estos generales o si éstos desistían, falangistas y tradicionalistas sumasen sus fuerzas para desarrollar los planes que, tan minuciosamente, se habían elaborado en el marco de la Comunión” (Los enamorados de la Revolución, Ceferino Maestu Barrio, 1ª edición, 2012, Plataforma 2003; pág. 657).
Existe multitud de bibliografía que explica la situación política, económica y social de España durante los primeros meses de 1936 y no es necesario insistir en ese tema; con lo anterior no pretendo defender la posterior unificación entre falangistas y tradicionalistas decretada por el general Franco, sino justificar que la Falange, en uno de los momentos más trágicos de la Historia reciente de España, siempre estuvo dispuesta a quebrantar una ridícula e inexistente legalidad democrática para salvar los valores tradicionales y para luchar por un nuevo orden político, económico y social.

Para comprender las desventuras de los falangistas dentro del Estado del 18 de julio, lo más recomendable es leer el artículo “Los falangistas y el franquismo en diez asaltos”, de Miguel Argaya Roca, que ha sido mi principal fuente de información para esta parte del trabajo.
No hay ninguna duda de que el primer conflicto entre los falangistas y el nuevo Estado surgido a raíz de la sublevación militar del 18 de julio vino como consecuencia del Decreto de Unificación del 19 de abril de 1937, que agrupaba forzosamente a los falangistas y a los tradicionalistas dentro de una misma organización política: Falange Española Tradicionalista de las JONS. Miguel Argaya, en su citado artículo, expone lo siguiente al respecto: “Falta en los falangistas sobre todo unidad de criterio. Falta, de hecho, una personalidad unificadora. No olvidemos que lo más valioso de de la antigua Junta Política de la Falange de preguerra se encuentra desaparecida: Onésimo Redondo ha muerto en una emboscada en Labajos, Aizpurúa asesinado en San Sebastián, y Primo de Rivera, Ruiz de Alda, Salazar, Mateo, Barrado, Valdés y Fernández Cuesta permanecen en prisión en la zona frentepopulista. Al terminar el año 1936, sólo los dos últimos permanecerán con vida. En zona rebelde, entretanto, sólo quedan Sancho Dávila, José Sáinz, Sánchez Mazas y Alfaro. No son precisamente los jerarcas más capacitados. Los dos primeros, son meros jefes territoriales, y los dos últimos simples poetas amigos personales de José Antonio y poco capacitados para el mando político. De ahí que, en medio del vacío de autoridad, aparezcan con fuerza otras figuras secundarias, como Pilar Primo de Rivera, hermana del fundador, y Manuel Hedilla. Éste, por ejemplo, logra en breve plazo ser nombrado jefe de la llamada “Junta de mando provisional”. Carece, sin embargo, del necesario carisma entre sus camaradas, lo que provoca no pocos conflictos. Es la falta de Jefatura, en suma, lo que se contempla, y Franco no tarda en darse cuenta. A partir de ese momento, y al menos hasta 1956, el forcejeo entre los falangistas y el dueño del nuevo régimen será constante.
(…)
En octubre de 1936, tres meses después de iniciada la guerra civil, Franco es designado por sus compañeros de armas “generalísimo de los ejércitos y jefe del gobierno de Estado”. Es un momento clave para los falangistas, que ven cómo quiere empezar a constituirse un orden político en el bando sublevado, pero no se ponen de acuerdo respecto de cuál ha de ser su postura frente al poder creciente de Franco. Hasta entonces, la actividad de los falangistas ha sido prácticamente autónoma; caótica, sí, pero autónoma. Ahora, en cambio, deben rendir cuentas a una autoridad política de mayor nivel que su propia Junta de Mando. Y la situación se agrava desde febrero de 1937, con la llegada a zona nacional de Serrano Suñer, cuñado de Franco y diputado por la CEDA en las elecciones de un año antes. Es en esa tesitura cuando surgen entre las jerarquías de la Falange dos posturas enfrentadas, la de Hedilla y la “legitimista” de Pilar Primo de Rivera:
· La postura de Hedilla se nos aparece confusa incluso en la propia autobiografía que le transcribe su biógrafo García Venero, pero podemos completarla dentro de la lógica de los acontecimientos y definirla con cierta precisión. Sobre esas bases, yo me atrevo a calificarla como “posibilista”, partidaria de un modelo político parecido al de Mussolini y el rey Víctor Manuel en Italia, sólo que aquí dejando a Franco como jefe del Estado y al propio Hedilla como jefe del Gobierno y del Partido.
· La “legitimista” de Pilar Primo de Rivera (hermana del fundador de Falange) aparece en las crónicas clara y explícita, partidaria de forzar la situación y conquistar el Estado con o sin Franco, utilizando como arma política la fuerza moral que les proporcionan en ese momento las milicias falangistas combatientes.
Hago notar que no se trata en puridad de posiciones ideológicas, sino meramente estratégicas acerca de cómo habría de llevarse a cabo la conquista del Estado. Hedilla se rodea en esos momentos de una camarilla que en gran parte proviene de posiciones ajenas a la Falange, como Víctor de la Serna, Serrallach y Martín Almagro, aunque cuenta con el respaldo de algunos veteranos falangistas (José Sáinz y los hermanos Fernando y Roberto Reyes, por ejemplo). A Pilar Primo de Rivera, por su parte, la respalda un equipo casi exclusivamente formado por falangistas de preguerra, encabezado por Sancho Dávila y en el que se integran algunos jerarcas de la Primera Línea de preguerra, como Agustín Aznar, Girón y González Vicén.
Vale la pena destacar que, en estos momentos, la postura más “franquista” es precisamente la de Hedilla. Lo demuestra el hecho de que, llegado el momento de la confrontación directa, éste acuda a pedir ayuda al Cuartel General de Franco, quien por cierto se la niega. Lo que a Franco le interesa, obviamente, es una Falange desangrada en luchas intestinas. Por eso deja hacer.
Y sucede entonces el drama previsible. A mediados de abril de 1937 tiene lugar un breve pero dramático tiroteo entre ambas facciones que termina con la muerte del hedillista Alonso Goya. Es, seguramente, lo que esperaba Franco. Por eso, las horas que siguen a los hechos son una verdadera carrera a contrarreloj. El general termina de redactar su decreto de Unificación política, que le acabará dando el mando supremo y único de la Falange, aunque esto Hedilla aún no lo sabe; todavía cree posible el pacto “a la mussoliniana”. Consciente de lo inmediato del proyecto de Unificación, el falangista logra ser elegido jefe nacional por los suyos y nombra una Junta Política que ofrecer a Franco como estructura básica del nuevo partido único. Todo se hace deprisa, pero se hace, y ese mismo día 18 de abril Hedilla y su flamante Junta visitan al general. El propio Hedilla acompaña complaciente a éste en el balcón desde el que saludan a la multitud en el momento de proclamarse la nueva “Falange Española Tradicionalista”. Está tranquilo porque cree en la buena voluntad de Franco.
Pero no es así; Franco tiene planes propios. Al día siguiente, el 19 de abril, aparece publicado el Decreto de Unificación, en el que nada es como Hedilla había esperado. De entrada, Franco se autoproclama jefe nacional del Partido. El propio Hedilla no figura siquiera como presidente de la Junta Política de la nueva organización; sólo como mero componente. Más aún: no le acompaña en ella ninguno de los miembros de la última Junta de la desaparecida FE de las JONS. Lo que abunda, en cambio, son reaccionarios de todo cuño y pelaje. Franco, evidentemente, se ha burlado de él. Es ahora cuando empieza el hedillismo antifranquista, no antes, y es ahora también cuando el jefe falangista labra su desgracia.
Como es lógico, se suceden en ese día 19 y los siguientes las presiones de la facción legitimista para que Hedilla no acepte el puesto que Franco le ofrece. Animado por esas presiones, Hedilla hace distribuir algunos telegramas en que pide a las Jefaturas Provinciales de la fenecida FE de las JONS que no obedezcan a nadie más que a él. Se realizan también movimientos bancarios para reservar los fondos de la vieja Falange. Se promueve además una manifestación de falangistas en San Sebastián contra el decreto de Unificación. El propio Hedilla se niega, en fin, a aceptar el cargo que Franco le ofrece. Y se produce la represalia, que es objetivamente demasiado dura para tan poca pólvora: cinco penas de muerte -dos de ellas a Hedilla-, dos de cadena perpetua, una de veinte años de cárcel, dos de diez y una de dos. Se diría que Franco quiere dejar claro que no está dispuesto a admitir contestación alguna a su poder por parte del sector “azul”. El que las penas citadas sean revisadas posteriormente no reduce ni un punto su desproporción, ni tampoco sus consecuencias. De hecho, obligan a Pilar Primo de Rivera y a su facción a revisar la estrategia empleada hasta entonces y pasar desde el maximalismo inicial al posibilismo que tanto habían criticado en Hedilla
”. Quizá parezca un poco largo, pero Miguel Argaya logra desmontar el mito de Manuel Hedilla que se ha venido difundiendo hasta nuestros días.
Tras el Decreto de Unificación de 1937 un nuevo personaje aparece al frente de la Falange: Ramón Serrano Suñer. Amigo de José Antonio Primo de Rivera desde la universidad, había sido diputado durante la Segunda República por la Confederación Española de Derechas Autónomas y era cuñado de Francisco Franco, ya convertido en el hombre más poderoso de la nueva España nacional. Nunca podrá saberse si fue oportunismo político o algún sentimiento de amistad con José Antonio lo que le llevó a formar parte de la obra de éste, pero hasta poco antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial será el principal protagonista de la nueva Falange Española Tradicionalista. Mientras Serrano Suñer aumenta su protagonismo e influencia dentro de la política de la España nacional, las dos facciones falangistas definidas por Miguel Argaya continúan con sus disputas teniendo al “cuñadísimo” por medio: “Probablemente los meses que separan febrero y junio de 1938 sean los más decisivos para la consecución de los objetivos falangistas. Confiados todavía en el respaldo de Serrano frente a la tosquedad cuartelera de Franco, el grupo legitimista pone en marcha los trámites para promulgar una Carta o Fuero del Trabajo. Fernández Cuesta nombra para ello una comisión formada por Joaquín Garrigues, Javier Conde y Dionisio Ridruejo que plantea de forma revolucionaria la propiedad sindical, la nacionalización del crédito y la proscripción del contractualismo laboral y del salario. Es un órdago económico en toda regla que pone a Serrano entre la espada y la pared. Porque está claro que éste no puede permitir que un proyecto así se presente siquiera ante el Consejo Nacional; sería como darle el plácet. Pero a la vez no quiere perder el apoyo de los falangistas legitimistas. La solución, nuevamente maquiavélica, es designar una segunda comisión, ésta de carácter claramente reaccionaria y encabezada por Pedro González Bueno, conocido serranista y ministro por entonces de Organización Sindical. Y el resultado, una ponencia mixta, notablemente más “blanda” que la original, que es aprobada por el Consejo Nacional el 9 de marzo de 1938. Se trata de un texto que incide especialmente en uno de los objetivos económicos de los falangistas, el relacionismo laboral; es decir, en la negación de la idea liberal del trabajo como mercancía contratable; pero que al mismo tiempo carece de mecanismos que hagan inevitable su aplicación. En consecuencia, Serrano ha parado el golpe revolucionario. Lo que no logra es evitar la ruptura con Fernández Cuesta y Pilar Primo, que abren por fin los ojos a la verdadera realidad: Serrano no es un aliado. A partir de ahora, serranistas y legitimistas entrarán en una estéril dinámica de confrontación que no acabará hasta 1956. Franco, entre tanto, feliz. Legitimistas y serranistas se acusan mutuamente de la falsificación del ideario falangista, y él queda fuera, como árbitro de la confrontación”. Además, continúa explicando Miguel Argaya, “Serrano organiza un potente grupo intelectual promotor de un nacionalsindicalismo teñido de totalitarismo pero notablemente gaseoso en lo social. A su abrigo, todos los planteamientos revolucionarios del falangismo original van siendo pospuestos o simplemente descartados. El mismo Fuero del Trabajo, principal arma de las posiciones antiliberales, se convierte en la práctica en “papel mojado”. Sus postulados no acaban de verse reflejados en una legislación concreta, con lo que su vigor revolucionario -ya escaso de por sí- acaba finalmente en nada. Los legitimistas, entre tanto, se conforman con sobrevivir, que no es poco. El susto de junio de 1938 ha sido vacuna para largo tiempo. Miedo y tiempo que Franco utiliza para consolidar su régimen, y Serrano su posición”. En ese grupo intelectual que Serrano organice en torno a su persona también estarán “viejos jonsistas que, recelosos hacia José Antonio Primo de Rivera, no habían querido unirse a la Falange original en 1934, como Souto Vilas, Jesús Ercilla y Montero Díaz”.

La guerra civil que vivía España entre 1936 y 1939 fue siempre la principal baza para posponer las reivindicaciones políticas y sociales de la Falange “histórica”. Sigo cediendo el paso al trabajo de Miguel Argaya, en esta ocasión en lo referido al finalizar la contienda bélica e implantarse el Estado del 18 de julio por todo el país: “Ya sin Fernández-Cuesta, el 9 de agosto de 1939 Franco forma su segundo Gobierno, el primero de la paz. La FET pasa a manos del general Muñoz Grandes, un general franquista sin más filiación que la lealtad al dictador, pero al que se hace aparecer ante el pueblo como filofalangista. Su vicesecretario general y mano derecha, Pedro Gamero del Castillo, es un serranista confeso, un reaccionario procedente de los Estudiantes Católicos de preguerra. De este modo Serrano, con la cartera de Gobernación y el Partido en la palma de la mano, y presidente ahora, además, de la Junta Política con atribuciones extraordinarias, se instala ya como único y verdadero amo de la Falange oficial.
Parece claro que al tándem Franco/Serrano ya no le asusta la fuerza política del sector legitimista. Sabe, no obstante, que está a punto de estallar una guerra europea en la que llevarán la voz cantante con toda seguridad el régimen fascista italiano y el nacional-socialista alemán, así que no se duerme en los laureles y juega a contentar a la Falange histórica. Lo hace, en todo caso, con actitud cicatera, pues no se trata de devolverle capacidades previamente arrebatadas. De hecho, la compensación se reduce a dos acciones de escaso calado político: la entrega de la Jefatura Provincial de Madrid a Miguel Primo de Rivera y la concesión de sos ministerios a Sánchez Mazas y Yagüe, el primero de ellos, además, sin cartera; es decir, puramente honorífico. Sánchez Mazas y Yagüe son, desde luego, dos falangistas históricos cercanos al anterior secretario general de la FET, aunque también más dóciles a Franco, si cabe (…)
Las concesiones a los legitimistas no son, sin embargo, nada más que fuegos de artificio. Ese mismo mes de agosto de 1939, Franco anuncia la creación de un Frente de Juventudes en sustitución de la vieja Organización Juvenil, que había estado hasta entonces en manos de Sancho Dávila. Es una forma de arrebatar a los legitimistas una de las pocas bazas de fuerza real que les quedaban.
Y estalla la contienda mundial, con todas sus hipotecas y dependencias. Los legitimistas, sabedores de lo que esto podría significarles, organizan para octubre una magna concentración de cerca de cuarenta mil almas en Madrid. Poco después, a principios de 1940, presentan a Serrano un ultimatum revolucionario para instaurar el nacionalsindicalismo sin más trucos ni demoras. Pero el cuñado de Franco, que conoce bien a sus interlocutores, que sabe de sus limitaciones y sus miedos, se limita a dar la callada por respuesta. No sólo eso: el Régimen se desmarca de toda ensoñación revolucionaria. En febrero de 1940, promulga una Ley que restituye a sus antiguos propietarios todas las fincas expropiadas por el republicano Instituto de Reforma Agraria, algo que Fernández Cuesta se había resistido a hacer durante su etapa como ministro de Agricultura. El clan de veterofalangistas comprueba hasta qué punto el futuro se le escapa de las manos. Sin embargo, no rechista. Toda su esperanza la deposita ahora en manos del legitimista Gerardo Salvador Merino, el delegado nacional de Sindicatos, que está llevando a cabo una importante labor social y organizativa con el respaldo -por el momento- de Muñoz Grandes, que le deja hacer condescendientemente. El problema surge en enero de 1940, cuando Merino promulga la Ley de Unidad Sindical, que pone en su contra a toda la enemiga reaccionaria del régimen. Y en marzo, Muñoz Grandes se ve forzado a dimitir, con lo que Merino pasa a depender directamente del serranista Gamero. En pocos meses será el propio Merino quien dimitirá, bajo la acusación -al parecer cierta- de haber pertenecido a la masonería. Hasta mediados de 1941, no volverá a producirse movimiento alguno en el entorno legitimista
”. Por otra parte, entre el 4 y el 8 de enero de 1940, tuvo lugar en El Escorial (Madrid) el IV Congreso Nacional del Sindicato Español Universitario, del que David Jato señala en La rebelión de los estudiantes que “no logró una línea política capaz de aglutinar a la generación del 36” (La rebelión de los estudiantes, David Jato, 4ª edición, 1975; pág. 488).
Tal y como expone Miguel Argaya, el quinto gran conflicto entre los falangistas y el régimen de Franco tiene lugar en los dos primeros años posteriores al final de la Guerra Civil Española y los dos primeros años de la Segunda Guerra Mundial: Lo que sí que hay es una guerra europea en marcha, y sus compases modifican al albur los de la propia sinfonía española. Se habla de planes de Inglaterra para ocupar Tánger o desembarcar en Portugal. Se habla también de planes alemanes para impedirlo (“Operación Isabella”), pero Hitler sabe que ello implicaría la necsidad de ocupar militarmente la Península Ibérica, un esfuerzo demasiado grande en vísperas de entrar en Rusia. Mejor contar con el beneplácito del régimen español. Pero éste no se produce. Más aún: en abril de 1941, Franco firma un tratado comercial muy ventajoso con el gobierno británico. Los servicios de Inteligencia de Hitler culpan de ello a Serrano, y creen ver en el estamento militar español una creciente desafección hacia el poderoso ministro de Exteriores y Gobernación.
Con ánimo de tranquilizar a Hitler, Franco mueve ficha y destituye al serranista Lorente de la cartera de Gobernación. Es el momento que la facción legitimista esperaba para hacerse con el preciado Ministerio. Sin embargo, Franco prefiere para el cargo a un militar declaradamente antifalangista, el coronel Galarza. Y, por primera vez, desde hace años, los dos sectores falangistas confluyen en la misma crítica. El grupo legitimista lo hace a su estilo, poniendo sobre la mesa de Franco una serie de dimisiones que encabezan Miguel Primo de Rivera, hermano del fundador falangista, y José Luis Arrese. Los serranistas lo hacen publicando en la prensa falangista un duro artículo contra Galarza.
El dictador comprende entonces que su cuñado, más que una ayuda, ha pasado a ser un problema. De entrada, ya no le sirve para controlar y manipular a los falangistas, cada vez más díscolos y protestones. No es, pues, la persona que necesita. En un golpe de efecto, cesa a Ridruejo y Tovar de sus cargos en Prensa y Propaganda, lo que deja a Serrano sin el segundo de sus peones. En mayo de 1941 remodela además el gabinete, introduciendo en él a varios legitimistas: Arrese como Secretario General de la FET, a Girón como ministro de Trabajo y al propio Miguel Primo de Rivera en Agricultura.
El momento elegido, desde luego, es crítico, porque sólo un mes después, en junio, Alemania pone en marcha la “Operación Barbarroja” y entra en Rusia. Para Franco, es la gran oportunidad de aceptar por fin un cierto compromiso bélico que, sin ser una entrega total, tranquilice a Hitler y evite la temida invasión de la Península Ibérica. Para Serrano, es la ocasión de recuperar el prestigio entre los falangistas de base, que piden la entrada de España en la guerra contra Rusia, y relanzar su menoscabada carrera dentro del régimen. Para los falangistas legitimistas, la posibilidad de dar un golpe de efecto y posicionarse en el liderazgo falangista aprovechando la pérdida de poder de Serrano. A todos, en fin, se aparece la campaña alemana de Rusia como una beneficiosa necesidad. De ahí la escalada retórica germanófila de esos días.
El 24 de junio de 1941, la Falange legitimista toma la iniciativa y organiza una importante manifestación que se presenta ante la Secretaría General de la FET cuyo titular es Arrese. No es éste, sin embargo, quien se dirige a la multitud, sino Serrano, que atento a la jugada no ha querido quedar descolocado y ha acudido con urgencia al edificio de la calle Alcalá. Una vez allí, se adelanta al propio secretario general y pronuncia la famosa frase “¡Rusia es culpable!”, que inaugura la aventura de la popularmente conocida como División Azul
También la recluta de voluntarios es asumida, en un primer momento, por la FET, que abre banderines de enganche desde el 26 de junio. Pero también aquí la Falange legitimista ve cómo se le roba el ansiado protagonismo: al día siguiente, es el propio Gobierno el que por Decreto se hace cargo oficialmente de esa responsabilidad. Es una verdadera carrera contra el tiempo en la que nadie quiere quedar descolocado. Por lo mismo, y a toque de cornetín, los mandos de una y otra facción falangista se ofrecen como voluntarios. Aznar es el más señalado entre los legitimistas; Ridruejo, entre los serranistas.
Pero la aventura no será tal. En la campaña rusa no sólo no hay victorias sonadas que apuntarse; es que las derrotas se suceden. Y crece el descontento entre la base falangista. Súmese a todo ello el que Franco está empezando a virar políticamente hacia posiciones anglófilas y monárquicas que los legitimistas no saben o no pueden contrarrestar, y que en agosto de 1942 el general aliadófilo Esteban-Infantes se hace cargo de la División Azul con la misión expresa de finiquitarla y repatriarla, y ya tenemos fijada la estructura del drama. Los serranistas culpan a los legitimistas por su inacción, pero sobre todo a Franco y al grupo de militares que le asesoran directamente, en especial al tradicionalista Varela. El 7 de julio de 1942, un desencantado Ridruejo escribe temerariamente a Franco a su regreso del frente ruso: “Mi general (…), cuando llegué a España tras una ausencia larga e ilusionada, tuve, en mi choque con la realidad, una impresión penosa”. Franco se molesta, pero otra vez el paraguas de Serrano protege al poeta falangista. Un paraguas, por cierto, al que le queda poca lona.
El punto que hace estallar la crisis es la decisiva batalla de Stalingrado, que empieza en agosto y marca el principio del fin del poderío militar alemán. Ese mismo mes de agosto, durante una celebración tradicionalista en el Santuario de Begoña, en Bilbao, un grupo de falangistas serranistas repatriados de la División Azul lanza una bomba que causa un centenar de heridos. Juan José Domínguez, histórico de la Falange de preguerra y conspicuo serranista, es detenido, juzgado y posteriormente fusilado. Con él, obviamente, cae también Serrano, a quien Franco destituye fulminantemente de la cartera de Exteriores en septiembre de 1942. Inopinadamente, el campo queda libre para los legitimistas
”. En 1942 también fue fusilado en Valencia el escritor falangista Juan Bautista Pérez de Cabo, autor del libro Arriba España, de quien Gustavo Morales escribe estas líneas en su artículo “
Falangistas contra Franco: los azules fusilados en 1942”: “Pérez de Cabo trabajaba en ‘Auxilio Social’ de Valencia cuando le acusaron de apoderarse de fondos. Dicen que vendió en el mercado negro unas partidas de trigo para obtener financiación para la Falange clandestina en 1942. Había estado en diciembre de 1939 en la fundación de Falange Auténtica en la casa madrileña del coronel Emilio Rodríguez Tarduchy, jefe de Provincias de la Falange originaria (…)
Armando Romero indica que fue el general Varela, deseoso de acabar con la «insolencia falangista» quien descubrió la acción de Pérez de Cabo y forzó su juicio y su condena a muerte. En la misma página de un periódico que anuncia su ejecución, se publica la concesión de una medalla al valor por su heroísmo en la guerra”.
Con el fusilamiento de dos falangistas y el hostigamiento a otros (por ser contrarios al Estado que ha terminado surgiendo), nos encontramos con que a finales de 1942 es la facción falangista más crítica con Ramón Serrano Suñer la que más cargos políticos ostenta, mostrándose incapaz de lograr los objetivos marcados: “Desde el último trimestre de 1942, la facción legitimista, encabezada por Arrese, se lanza a una ardua tarea institucionalizadora. Su idea es consolidar un régimen verdaderamente orgánico que sirva como base a la ansiada revolución social. Ésta la están llevando a cabo Girón desde el Ministerio de Trabajo y Pilar Primo de Rivera desde la Sección Femenina. Al primero debe España en esos años el Seguro Obligatorio de Enfermedad y una dura legislación contra el despido libre. A la segunda, las cátedras ambulantes para la formación de la mujer rural. Se trata, en todo caso, de meros parches sociales, útiles tan sólo para tapar las vergüenzas de un régimen que no es nacionalsindicalista -ni lo ha sido nunca- sino puro capitalismo protegido según el modelo bismarckiano.
La misma tarea institucionalizadora de Arrese choca con la dura realidad. En marzo de 1943 se forman las primeras Cortes franquistas, dentro del programa institucionalizador del secretario general de FET. No son, sin embargo, verdadero cauce de representación democrática de las Corporaciones, primero porque éstas tampoco lo son en origen, pero sobre todo porque son designadas directamente por el dictador. El dedo de Franco las hace nacer además empapadas de monárquicos y reaccionarios antes que de verdaderos falangistas. Tan es así, que a mediados de ese año todo el mundo sospecha que el programa revolucionario de los legitimistas es un fiasco. Se acerca, además, el más que previsible fin de la contienda mundial, y Franco toma nota: acaso ya no le sean tan útiles los falangistas; acaso empiezan ya a ser un lastre político para el régimen. De hecho, falangistas y carlistas, las dos fuerzas que supuestamente habían constituido el régimen, se encuentran en este momento bastante desprestigiadas
”.

Pese a que España no había entrado oficialmente en la Segunda Guerra Mundial junto a Alemania y a las demás fuerzas del Eje, el apoyo alemán recibido durante la Guerra Civil Española y el envío de la División Azul para combatir en el frente del Este suponen para el régimen de Franco un gran escollo de cara al exterior. Por su parte, los falangistas descubren que han luchado para construir un régimen político que no es el que buscaban y, años después, descubrirán que algunos de los compañeros que las circunstancias políticas e históricas de su tiempo les pusieron al lado no eran como ellos habían creído, sino incluso radicalmente opuestos.
Termino la narración de los falangistas en el franquismo, nuevamente, con el artículo de Miguel Argaya: “En julio de 1945 Franco remodela su gobierno, destituye a Arrese y da entrada al “propagandismo católico” de Herrera Oria en la persona de Alberto Martín-Artajo, que se hace cargo de la cartera de Exteriores. Ibáñez Martín, entre tanto, repite en Educación, y con él, el Opus Dei. De los falangistas, todavía seguirá en activo como ministro de Trabajo la imponente figura de Girón. Es verdad que regresa al Gobierno el falangista Fernández Cuesta, que se ocupa de Justicia y de la Secretaría General de FET, pero está claro que la gran ocasión histórica de los legitimistas se ha perdido. Girón, por ejemplo, se ha apartado casi totalmente de ellos y hace la guerra por su cuenta con una lealtad personal inquebrantable al dictador. Y Fernández Cuesta, casi cincuentón, vuelve de sus embajadas muy desprestigiado y con un aire notablememente acomodaticio y blando. Podemos decir que Arrese se lleva del gobierno lo poco de combativo que pudiera quedarle al legitimismo falangista.
(…)
De 1945 a 1951, poco hay que decir de la actividad política de los falangistas legitimistas, sino que duermen la siesta. Los años no han pasado en balde, y con ellos los ardores revolucionarios juveniles. Desde el propio Ministerio de Trabajo se promulgan leyes que dan por sentado que la relación de trabajo ha de ser contractual. Queda así definitivamente anulada en España cualquier posibilidad de instalar un relacionismo laboral. En este sentido, la política económica de los legitimistas acaba siendo tan reaccionaria como la serranista, pero con doble culpa. En el proceso de la revolución nacionalsindicalista, Serrano había sido un falangista espurio, culpable, desde luego, de usurpación, pero no se le puede achacar que no cumpliese un ideario en el que no creía. Los falangistas legitimistas, en cambio, son claramente culpables de desidia.
(…)
Entre 1953 y 1955, la agitación y el descontento de los falangistas más jóvenes no deja de crecer, convenientemente alentado desde el SEU, es decir, desde el Ministerio de Educación. Para los promotores del proyecto, de lo que se trata es de forzar movilizaciones no traumáticas, pero sí lo bastante agrias como para hacer pensar en cambios en el régimen. Y en ese juego, la juventud falangista, aún numerosa, cumple un feo papel de peón. En enero de 1954, el SEU organiza una manifestación en protesta por la visita de la reina Isabel de Inglaterra a Gibraltar. Para ello, se suspenden oficialmente las clases, lo que no deja duda acerca del apoyo institucional al acto. Cerca de veinticinco mil estudiantes se concentran frente a la sede de Exteriores, donde escuchan una belicosa arenga del ministro titular, a la sazón el democristiano Martín Artajo. Desde allí, se dirigen hacia la Embajada británica, pero en el camino tropiezan con una durísima carga policial que deja bastantes heridos. Y aflora entonces la queja estudiantil: en las facultades de Derecho y de Ciencias Políticas de Madrid se lanzan gritos contra el Régimen y contra el SEU, al que se acusa con razón de haber incitado a la algarada para después abandonar a los estudiantes a su suerte. Desde luego, es el clan democristiano el que ha provocado la situación, pero el estudiante de a pie no distingue de sutilezas. Para él, el SEU es la Falange, y ésta la representan los viejos falangistas apoltronados, aunque tengan bien poco que ver en lo sucedido.
(…)
Está claro que lo que Franco pretende al nombrar a Arrese es que éste reconduzca la situación y devuelva a los falangistas al rebaño del régimen. Lo que ocurre es que Arrese y los suyos ya no son los mismos de antes. Para ellos, se trata de una ocasión indeclinable, acaso la última, de llevar a cabo su programa político.
La primera acción de Arrese consiste en consumar el tan ansiado proyecto de reforma de la propia FET: aquél que ya se había querido hacer infructuosamente en 1938 y que había costado la cárcel a Aznar y a González Vélez. Pero ya no son las mismas mas circunstancias, ni las capacidades, ni la calidad del compromiso de los falangistas que acompañan a Arrese. Los componentes de la comisión encargada de llevarlo a cabo no se ponen de acuerdo. González Vicén exige reformas radicales: revisión total de las Leyes Fundamentales, elaboración de un sistema político más participativo y democratización interna del Partido desde su base. Pero sus compañeros se niegan a aceptarlas. Lo que se presenta finalmente es un Anteproyecto de Ley Orgánica del Movimiento Nacional cuya propuesta más espectacular es la constitución de un Congreso Nacional del Movimiento como órgano representativo de la militancia del Partido. Está claro que el proyecto de Arrese ni siquiera logra concitar la unidad de los propios falangistas. Coincide, además, con una grave crisis económica: aumenta un 10% el déficit de la balanza de pagos respecto del habido el año anterior y crece la inflación hasta el 20%. Las subidas salariales del 27% y del 15% decretadas por Girón en marzo y en octubre no logran detener las quejas, que se dirigen -o se hacen dirigir- contra los falangistas.
En el Consejo Nacional de la Sección Femenina de noviembre de 1956, celebrado en Málaga, afirma Pilar Primo de Rivera con notable amargura: “Somos como Quijotes, luchando contra fantasmas de molino (…). Hemos intentado hacer una España más ágil, más limpia, más veraz, más bella, más justa… y la mediocridad nos va pudiendo; no conseguimos romper con las losas agobiantes de la vulgaridad y el estancamiento. No han querido o no han sabido entendernos la mayoría de los españoles apegados a sus rutinas o a sus rencores”. Parece la constatación absoluta de un fracaso.
Lo que la gente ignora es que los falangistas no son los verdaderos dueños del Estado. Lo expresa con meridiana claridad el propio Arrese en diciembre de 1956, ante el Consejo Nacional: por esas fechas sólo pueden considerarse como falangistas “2 de los 16 ministros; 1 de los 17 subsecretarios; 8 de los 102 directores generales; 18 de los 50 gobernadores civiles; 8 de los 50 alcaldes de capitales de provincia; 6 de los 50 presidentes de diputaciones provinciales; 65 de los 151 consejeros nacionales de FET y de las JONS; 137 de los 575 procuradores en Cortes; 133 de los 738 diputados provinciales; 766 de los 9.155 alcaldes; 3.226 de los 55.960 concejales municipales. Es decir, que la Falange primitiva ocupa aproximadamente el 5% de los puestos de mando y representación en España”. La gran mayoría de los cargos públicos están, pues, en manos de otras “familias” o “clanes políticos” del Régimen, sobre todo democristianos y monárquicos opusdeístas. Señalar a la Falange como único culpable de la inestabilidad política y económica del momento es, desde luego, bastante cómodo para todos los demás grupos que participan del Estado, pero es rigurosamente falso. Y sin embargo, la especie se consolida entre la población. “La Falange” (sic) ha fracasado.
Franco, desde luego, lo tiene claro: En enero de 1957, empieza a hablarse de renovación gubernamental. Se rumorea que van a desaparecer los ministros falangistas. El Frente de Juventudes organiza entonces una manifestación que es duramente reprimida por la policía y en la que son detenidos los jefes de los distritos de Madrid, que se ven obligados a pasar la noche en los calabozos de la Dirección General de Seguridad. Poco después, en febrero, tiene lugar la esperada crisis ministerial en la que caen Girón y Arrese. Como dice el propio Girón en sus memorias, “el proyecto de Arrese fue como un castillo de fuegos artificiales que se abrasaría en pocos meses”. Y con él las últimas posibilidades políticas de los falangistas en el seno del régimen de Franco. Ya no habrá más. La presencia de falangistas en los organigramas franquistas será, a partir de 1957, escasísima y tan sólo a título personal. Y el intento de Utrera en 1974 sólo puede catalogarse como una revuelta “de salón” por la falta de una base social medianamente consistente
”.
El Fuero del Trabajo de 1938 posibilitó las promulgaciones de numerosas leyes sociales: Ley del Subsidio familiar (1939), Ley del Subsidio de Vejez (1939), Ley de Descanso dominical y días festivos (1940), Ley de Patrimonios familiares (1942), Seguro Obligatorio de enfermedad (1942), Contrato de Trabajo, vacaciones retribuidas, maternidad para las mujeres trabajadoras y garantías sindicales (1944), Paga extraordinaria de Navidad (1944), Paga extraordinaria del 18 de julio (1947), Reforma del I.N.P. para una mejor cobertura en la acción protectora (1950), Accidentes de Trabajo (1956), Convenios colectivos (1958), Seguro de Desempleo (1961), Ayuda a la Ancianidad (1962), Ley de Bases de la Seguridad Social (1963), Régimen Especial Agrario (1966), Ordenanza General del Campo, donde se establece la jornada laboral de 8 horas (1969), Mutualidad de Autónomos Agrícolas (1970), Ley de Empleo Comunitario (1970)… Sin embargo, la España que dejaba el régimen de Franco era un país de economía capitalista y sociológicamente anhelante, en su mayoría, de caer en la vida cómoda que prometían los países vecinos cuyos habitantes visitaban nuestro país durante las vacaciones de verano. Excepto para algunos idealistas, la Falange se había convertido en una parte del más negro pasado de la Historia reciente de España; y así, los falangistas pasaron, de la noche a la mañana, de ser la parafernalia y los símbolos del Estado del 18 de julio a encarnar el circo de los horrores promovido por los opositores del régimen político caído.

Quiero terminar este capítulo con los párrafos finales de José Antonio: setenta y cinco años después”, un artículo de Ángel David Martín Rubio publicado en el portal Religión en libertad y del que comparto buena parte (no toda) de lo defendido: “Frecuentemente se ha tratado de contraponer a José Antonio con el Estado nacido el 18 de Julio. Aunque en el Nuevo Estado no faltaron incoherencias con sus postulados teóricos, también hay que reconocer la falta de madurez del pensamiento político y económico falangista que había sido demoledor en el terreno de la crítica al socialismo y al liberalismo pero no había terminado de articular un modelo de Estado: ¿Quién desempeña la suprema magistratura? ¿Qué formas concretas reviste la centralización y la autonomía regional? ¿Separación o unidad de poderes? ¿Consejos o Cortes? ¿Partido único? ¿Sufragio universal o censitario? ¿Cómo se articula la representación orgánica? ¿Cuál es la forma jurídica de los Sindicatos nacionales?

Cuando todavía hoy se discute en medios falangistas acerca de la respuesta a cada una de estas cuestiones, parece que no es posible exigir mayor precisión a aquellos hombres que estaban articulando y definiendo un Estado en circunstancias humanas y materiales muchísimo más difíciles. Y que lo hacían con una clara voluntad de sumar fuerzas, dando como resultado una necesaria heterogeneidad apenas incapaz, a veces, de poner sordina a las contradicciones. No olvidemos tampoco que, en la nueva situación nacida de la guerra, encontraron acomodo muchos de los que se habían caracterizado por su antipatía hacia la Falange en vida de José Antonio.

En todo caso, las ideas vertebradoras del nacionalsindicalismo se plasmaron en numerosas realidades prácticas que permiten atribuir a la obra de los falangistas integrados en la España de Franco realizaciones tan trascendentales como el cambio social, la promoción político-social de la mujer, la formación de la juventud y la Organización Sindical. Por supuesto que esta afirmación no supone negar las deficiencias y los desequilibrios, menos aún pretende que el nacionalsindicalismo tuviera en la arquitectura del Nuevo Estado una hegemonía que en ningún momento alcanzó, ni oculta las diferencias entre las realizaciones y algunos de las propuestas teóricas de José Antonio o de Ramiro Ledesma. Esta afirmación se deduce del sano realismo que supone comparar la España en cuya edificación intervino activamente la Falange, con la España anterior e incluso con la de nuestros días.

Esta afirmación tampoco impide constatar que, a finales de los años cincuenta, la Falange quedó definitivamente descartada como solución de futuro para el régimen, precisamente cuando adquiría madurez para la actividad política la primera generación falangista de posguerra compuesta por hombres formados en el SEU, el Frente de Juventudes y la Guardia de Franco. En palabras del falangista Girón de Velasco, son los momentos en que se produce "la sustitución de la influencia del cardenal Herrera por monseñor Escrivá de Balaguer". (Si la memoria no me falla, Barcelona: Planeta, 1994, p. 201).

Soplaban nuevos vientos, y el Gobierno español hace suya la idea de que en la situación del momento la problemática política (es decir, las ideas) tiene que ceder ante la problemática técnica. Se abre así un período en el que se aprueba la Ley de Principios del Movimiento Nacional y la Ley Orgánica del Estado y se introducen, sin apenas discrepancias notables, las exigencias de libertad religiosa del Concilio Vaticano II, “tan opuesto a la significación originaria del Alzamiento y Régimen español como a la tradicional doctrina de la propia Iglesia católica”, en expresión de Rafael Gambra (Tradición o mimetismo, Madrid: IEP, 1976, 89).

Las dificultades exteriores y, sobre todo, el deterioro del espíritu religioso y patriótico en el interior, coinciden con una evolución hacia la democracia liberal y el socialismo entonces vigentes y una progresiva europeización bajo el pretexto del desarrollo económico. El Movimiento quedó reducido a funciones burocráticas y de movilización de masas. Incluso, en sus últimos años, su dirección recayó en políticos hábiles, dispuestos a aprovechar para la demolición del Estado de las Leyes Fundamentales la capacidad instrumental de dicho organismo así como su potencial de encuadramiento y de influencia.
 

Por culpas ajenas y propias, la Falange entró en la llamada Transición política sin haber encontrado espacio para la brecha de serena atención. Y en esa situación seguimos”.


http://tradiciondigital.es/2013/07/25/los-origenes-sociopoliticos-de-falange-y-su-posterior-evolucion-ideologica/

http://laverdadofende.wordpress.com/2013/07/25/los-origenes-sociopoliticos-de-falange-y-su-posterior-evolucion-ideologica/

http://www.hispaniainfo.es/web/2013/07/26/los-origenes-sociopoliticos-de-la-falange-y-su-posterior-evolucion-ideologica-dentro-de-las-circunstancias-historicas-espanolas-y-europeas/

Este artículo fue publicado en el portal Tradición Digital y en la bitácora Verdades que ofenden el 25 de julio de 2013, y en el portal Hispaniainfo el 26 de julio de 2013

Los orígenes sociopolíticos de la Falange y su posterior evolución ideológica dentro de las circunstancias históricas españolas y europeas (III)



3º Los falangistas y la Alemania de Hitler

Sin lugar a dudas, este es el tema más polémico de todos los que haya podido tratar. Comenzaré por las palabras del propio José Antonio Primo de Rivera ante el tribunal popular de Alicante el 16 de noviembre de 1936: “Hablé unos minutos con Hitler, pero éste no habla más lengua que el alemán y yo es una lengua, que apenas puedo decir, que empiezo a entender. Me tuve que valer de un intérprete y en cinco minutos que hablamos me dijo que tenía gran afecto para la memoria de mi padre, le di las gracias, y como había entre nosotros una gran distancia, allí terminamos la entrevista. No he vuelto a poner los pies en Alemania ni antes ni después”. José Antonio hablaba de un viaje que había hecho a Alemania en 1934 y que, al parecer, no debió dejarle muy satisfecho con que lo vio, según se deduce del trabajo de Stanley G. Payne (quien erra al afirmar que José Antonio no habló con Hitler): “El único contacto de José Antonio con los nazis o, mejor dicho, con la civilización germánica, tuvo lugar en la primavera de 1934, cuando visitó Berlín, camino de Inglaterra, para pasar unas vacaciones. En aquella ocasión, se le concedió una importancia mínima como líder fascista extranjero. No trató de obtener, ni nadie le ofreció, una audiencia con Hitler. Fue recibido por unos pocos elementos nazis de segunda fila y basta. A José Antonio no le gustó en Alemania ni la lengua ni la gente ni el partido nazi. Los nazis le parecieron un grupo deprimente, rencoroso y dividido. Cuando regresó a España, la estima que había tenido antes por el nacionalsocialismo se vino abajo” (Los enamorados de la Revolución, Ceferino Maestu Barrio, 1ª edición, 2012, Plataforma 2003; pág. 479). Además, la escritora Ana de Pombo recogía en su autobiografía Mi última condena unas palabras de José Antonio sobre el líder del nacionalsocialismo alemán: “Hitler y yo no nos entenderemos nunca. No cree en Dios” (Los enamorados de la Revolución, Ceferino Maestu Barrio, 1ª edición, 2012, Plataforma 2003; pág. 479).

José Antonio, en lo personal, no tenía una estima muy alta acerca del nacionalsocialismo y el Tercer Reich (y eso que todavía no había tenido lugar la Segunda Guerra Mundial); ahora bien, en el movimiento falangista no se podía ocultar hacia la Alemania nazi una actitud similar a la simpatía que despertaba entonces la figura de Mussolini en Italia. Ceferino Maestu, en su obra Los enamorados de la Revolución, explica cómo “el semanario falangista “FE”, que venía dedicando una sección a los movimientos fascistas de todo el mundo, y en particular de Alemania y de Italia, había publicado algunos elogios para el “Fuhrer”. Así, en el número 1, el 7 de diciembre de 1933, se hablaba de la “grandeza de esta nación (Alemania), en renacimiento, y la dignidad de Hitler, su caudillo”. Y en el número 2, siete días después, se referían al líder del nacionalsocialismo con estas palabras: “Adolfo Hitler aparece, hoy, en la Historia, con el sino permanente del hombre ario, del caballero teutón, del mítico Sigfredo, luchando solo contra muchos enemigos… ¡Es hermoso ver a ese nuevo ejemplar de caballero medieval, de Nibelungo, ir hundiendo con su hacha los escuadrones de fantasmas que le cercan!” A partir de ese segundo número siguieron las informaciones de los movimientos fascistas y hasta la reproducción de discursos completos de Benito Mussolini, pero nunca más apareció un elogio encendido de Hitler en las páginas de “FE”” (Los enamorados de la Revolución, Ceferino Maestu Barrio, 1ª edición, 2012, Plataforma 2003; págs. 479 y 480). Sin embargo, citando nuevamente lo expuesto por Ceferino Maestu en su obra, esa situación cambiaría en el diario “Arriba”.

En su libro Los catalanes en la guerra de España, José María Fontana cuenta la anécdota de que, tras una conferencia de José Antonio Primo de Rivera en Barcelona el 3 de mayo de 1935, éste “expuso su radical oposición doctrinal al nazismo por motivos religiosos”. No obstante, en la prensa falangista se vinculó a los judíos con el gran capitalismo financiero e internacional, como ejemplo tenemos lo publicado en el artículo “Siempre SEPU” el 12 de junio de 1935 en el periódico “Arriba”: “Estos judíos de SEPU dan motivos para ocuparse de ellos diariamente, por sus relaciones con los empleados que explotan. Si basta su sola presencia para producir indignación, si hasta los atropellos que con su personal cometen basta para sublevar al más tranquilo. Nosotros preguntamos ¿SEPU disfruta de patente de corso? ¿Quién ampara a SEPU? ¿Conoce el director de Trabajo los casos de SEPU?”; y José Antonio Primo de Rivera, en un par de ocasiones, utilizó el término “judío” para referirse a Karl Marx, el 4 de febrero de 1934 en Cáceres (“El socialismo adquirió una negrura horripilante cuando apareció en él la figura de aquel judío que se llamó Carlos Marx”) y el 4 de marzo de 1934 en Valladolid (“Carlos Marx era un judío alemán que desde su gabinete observaba con impasibilidad terrible los más dramáticos acontecimientos de su época. Era un judío alemán que, frente a las factorías inglesas de Mánchester, y mientras formulaba leyes implacables sobre la acumulación del capital”), algo anecdótico dentro del pensamiento de José Antonio y propio de la época en la que le tocó vivir.
Igualmente, resulta de gran interés lo expuesto por el catedrático Miguel Ángel Ruiz Carnicer en su trabajo El Sindicato Español Universitario, 1939-1975: “La práctica totalidad de los testimonios de la época, aún de los procedentes de personas que reconocen abiertamente sus simpatías nazis de la época, señalan que el racismo era bastante ajeno a la sensibilidad falangista, por la propia multirracialidad española, producto de su Historia. Ciertamente, el antisemitismo en estos años paralelos a la guerra mundial nunca será un tema central, como en el caso alemán, no existiendo ni una mínima elaboración teórica al respecto. Pero sirvió como elemento que Falange utilizaba para acentuar su paralelismo con los partidos fascistas europeos.
Los judíos, cuando aparecen en la literatura falangista, son continuamente vilipendiados, siguiendo el discurso nazi, pero siempre como un producto exterior, como una referencia exógena, caracterizadora de todos los fenómenos contrarios a lo que significaba la España de Franco. Más adelante sería utilizado con eficacia como mecanismo de condena ideológica.
La mayor parte de las veces jugará un mero papel retórico, aportando su grano de arena a la irracionalidad del discurso fascista: “Camarada: Tienes la obligación de perseguir y destruir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas. Polonia tiene la peor desgracia que puede suceder a un país: viven en él tres millones de judíos, y si ya un judío es abominable, ese número debe producir miasmas fétidos en el aire militar y católico de Polonia” (estas líneas fueron publicadas en agosto de 1936, en el diario “Arriba España” de Pamplona).
Estos excesos se concentran durante el periodo de la guerra civil y, tras ella, si bien existen defensas de la política racial y de restricciones matrimoniales de la Alemania nazi, son excepcionales los artículos claramente antisemitas. De hecho, hubo círculos españoles que hicieron una política de promoción de la cultura sefardita”.
Desde luego, Miguel Ángel Ruiz Carnicer no se equivoca al afirmar que en los movimientos nacionales de tercera vía de aquella época eran habituales las proclamas antisemitas. Corneliu Zelea Codreanu, líder y fundador primero de la Legión de San Miguel Arcángel y después de la Guardia de Hierro en Rumanía, mencionaba el “problema judío” en el punto 88 de su Manual del Jefe y realizaba unas declaraciones en esa línea el 3 de diciembre de 1931 ante el parlamento de Rumania: “Señores diputados, esta generación nuestra tiene fama de ser una generación antisemita. Querría que ustedes supiesen que yo no he venido a gritar “¡Abajo los judíos!”, como creo que nadie ha hecho (…)
Yo no uso la palabra “judío” para insultar a nadie. Los llamo judíos porque creo que así se llaman y por otra parte (cosa que a mí me parece curiosa) es la única nación que rehúye el nombre que le es propio, el nombre que tiene.
Y cuando he llegado a la firme convicción (ruego me crean) de que esta población descarga un ataque a nuestra tierra y trata de apoderarse de ella, entonces, repito, les ruego me crean, para mí ha comenzado una lucha a vida o muerte y no tengo ningún deseo de burlarme o insultar a nadie. Para mí, una cosa está clara y precisa: inteligente o no inteligente, parasitaria o no parasitaria, moral o inmoral, esta población es una población enemiga que ha acampado en nuestra tierra. Y pretendo luchar contra ella con todos los medios que me pongan a disposición el intelecto, la ley y el derecho rumano.
(…)
En nosotros se lleva a cabo exactamente lo que se llevó a cabo contra los Pieles Rojas de Norteamérica: nos encontramos frente a una invasión extranjera y tenemos todo el derecho y el deber de defender la tierra de nuestros padres.
(…)
Declaro aquí que la democracia está al servicio de la alta finanza internacional judaica” (Manual del Jefe, Corneliu Zelea Codreanu, 2ª edición Colectia Europa, 2004; págs. 134, 135, 137 y 143).

Avancemos ahora hasta el final de la Guerra Civil Española. La Alemania de Hitler ha entrado en combate junto al bando nacional y, pese a la ambigüedad de Franco a la hora de posicionarse ante el inminente conflicto bélico que va a comenzar en Europa, no hay duda de que el nuevo Estado del 18 de Julio, donde la parafernalia falangista destaca especialmente, considera un aliado a Hitler y al Tercer Reich. Fruto de ese periodo son las declaraciones del entonces Caudillo de España y Generalísimo de Todos los Ejércitos, Francisco Franco, afirmando que “por la gracia de Dios y la clara visión de los Reyes Católicos, hace siglos nos libramos de tan pesada carga” (Toledanos en la División Azul. Entre la memoria y el olvido, J. Andrés López Covarrubias, Ediciones Covarrubias, 1ª edición, 2012; pág. 338) en una referencia muy clara hacia el pueblo judío. Pero, como explica Andrés López-Covarrubias en Toledanos en la División Azul, “caminar junto a un criminal no te convierte necesariamente en uno de ellos. Es posible que ni tan siquiera sepas con quién estás caminando. Algunos indicios te hacen cuestionar la elección y renegar de sus métodos, incluso tienes que enfrentarte a ellos, y aún así sigues caminando a su lado. Podrían acusarte entonces de haberte equivocado de compañero de viaje, de no haber hecho lo suficiente por evitar algunas conductas que no encajan ni en tu ideario ni en tu forma de entender la vida; pero nunca de ser como ellos” (Toledanos en la División Azul. Entre la memoria y el olvido, J. Andrés López Covarrubias, Ediciones Covarrubias, 1ª edición, 2012; pág. 335).

Los falangistas apoyaron la entrada de la División Azul al lado de la Alemania de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Negar este hecho, a estas alturas, supone una gran estupidez. Los falangistas de la posguerra, como hombres de su tiempo, creyeron que Alemania podría conducir al resto de pueblos europeos a un nuevo orden político, económico y social; aunque, para desgracia de todos, se cumplió la advertencia de José Antonio Primo de Rivera de que “Alemania llegaría a ser un sistema profundo y estable si alcanzase sus últimas consecuencias: la vuelta a la unidad religiosa de Europa, es decir, si se aparta de la tradición nacionalista y romántica de las Alemanias y reasume el destino imperial de la casa de Austria. En caso contrario, los fascismos tendrán corta vida” (José Antonio Primo de Rivera, Enrique de Aguinaga y Stanley G. Payne, Ediciones B, 1ª edición, 2003; pág. 63). El historiador toledano López-Covarrubias también apunta que “Dionisio Ridruejo, escritor y poeta, falangista camisa vieja y convencido revolucionario, es el más ferviente partidario de la participación de España en la guerra europea junto al régimen nazi. Desearía acabar con el nuevo régimen que Franco representa para instaurar el nacionalsindicalismo” (Toledanos en la División Azul. Entre la memoria y el olvido, J. Andrés López Covarrubias, Ediciones Covarrubias, 1ª edición, 2012; pág. 41).
Por su parte, David Jato señala en La rebelión de los estudiantes que, nada más comenzar la invasión de la URSS por parte de Alemania, “los universitarios españoles desearon figurar al lado de los alemanes en aquella batalla contra el comunismo, que parecía una continuación de la guerra española. El 24 de junio, desde los balcones de la secretaria general, Serrano Suñer pronunciaba un discurso a una emocionante muchedumbre, en el que lanzó una frase que hizo fortuna: “Rusia es culpable”. Si cualquier pretexto había servido a los estudiantes en los últimos meses para dar salida a su apasionado sentir sobre Gibraltar, aquel día no podía ser una excepción” (La rebelión de los estudiantes, David Jato, 4ª edición, 1975; págs. 492 y 493). Más adelante, Jato expone cómo los falangistas buscaron la cooperación y el entendimiento con las juventudes nacionales del resto de Europa: “El “Primer Congreso de las Juventudes Europeas” se celebró en Viena, del 14 al 18 de septiembre de 1942. Europa, entonces, agradara o no, estaba dentro de la esfera de influencia alemana. A la ciudad danubiana acudieron representaciones de Italia, Hungría, Rumanía, Croacia, Eslovaquia, Portugal, Bulgaria, Finlandia, Walonia, Flandes, Dinamarca, Noruega y España.
(…)
Al llegar la delegación española a Viena se encontró con que todo estaba previsto, hasta los acuerdos. Los asistentes estaban llamados a figurar como comparsas y no tenían necesidad ni siquiera de molestarse en pensar. Al parecer, los representantes de los pueblos antes nombrados se resignaban a cumplir el triste papel que se les había destinado. Pero, naturalmente, los españoles, no. Desde el primer momento advirtieron que la delegación española estaba dispuesta a figurar en la Asociación de Juventudes Europeas que se proyectaba, pero sin renunciar a un solo postulado ideológico o a la más sencilla norma de conducta (…)
En la actitud reseñada no había ni resentimiento hacia los alemanes ni indigno cálculo político de larga previsión (…)” (La rebelión de los estudiantes, David Jato, 4ª edición, 1975; págs. 509 y 510).

Junto con las hazañas bélicas, como son la batalla de Krasny Bor y la gesta del Lago Ilmen, la División Azul pasó a la Historia por una humanidad impropia en los tiempos de guerra, y más en el periodo en el que le tocó combatir. Ni todos los divisionarios eran falangistas ni todos los falangistas tendrían un modelo de conducta equiparable al del Fundador, pero no hay duda de que ese carácter ha sido tradicionalmente, hasta hace poco, el del español medio. El entonces falangista Dionisio Ridruejo escribió lo siguiente acerca del trato de la División Azul a la población civil rusa y a los judíos: “Acaso, en conjunto, nos repugnan los judíos. Pero no podemos por menos de sentirnos solidarios con los hombres. Sólo tengo vagos datos sobre los métodos de la persecución, pero por lo que vemos es excesiva (…) En nuestra viva adhesión a la esperanza de Europa que hoy es Alemania, éstas son las pruebas, los escrúpulos, más difíciles de salvar. Me consta que en Grodno, en Vilna, y en algunos sitios, entre nuestros soldados y los alemanes ha habido reyertas y golpes a causa de judíos y polacos, especialmente por causa de niños y mujeres eventualmente objeto de alguna brutalidad. Esto me alegra” (Toledanos en la División Azul. Entre la memoria y el olvido, J. Andrés López Covarrubias, Ediciones Covarrubias, 1ª edición, 2012; págs. 337 y 338). Por otra parte, también resulta de gran interés lo escrito en Los españoles de Stalin por el carabinero republicano César Astor Betoret, que había ingresado en la División Azul para pasarse a la Unión Soviética (aunque terminó en un gulag igual que otros divisionarios hechos prisioneros): “Como ejemplo recuerdo haber visto a David Jato Miranda (dirigente falangista que más tarde sería nombrado Jefe Nacional de Información y era, por tanto, considerado por mí como un enemigo) cómo compartía su comida con niños rusos famélicos. También recuerdo que, inmediatamente después de relevarnos de alguna población, los alemanes requisaban a la gente todo lo que tenía, incluso antes de que nos marcháramos nosotros. Llegar los nazis al lugar significaba un coro de lágrimas entre la población (…)
Comprobamos por las reiteradas informaciones tanto de los prisioneros como de los que se habían pasado a los rusos que los miembros de la División Azul trataban bien a los prisioneros y a la población civil, que no había en ellos el menor asomo de racismo ni consentían que los nazis maltrataran a la población civil” (Toledanos en la División Azul. Entre la memoria y el olvido, J. Andrés López Covarrubias, Ediciones Covarrubias, 1ª edición, 2012; págs. 352 y 353).

Con el cambio producido en la contienda, al régimen de Franco cada vez le resultó más molesta la presencia de la División Azul en el frente ruso. Pese a ello, tal y como explica David Jato, “la circunstancia de alejarse cada día más el triunfo alemán sobre el comunismo ruso llevaría a vía muerta los propósitos de quienes, por entendimiento de lealtad, no sabían separarse de la suerte de las armas germanas en el Este. Algunas de sus figuras destacadas, tal el caso de Dionisio Ridruejo, fueron portavoces de un generalizado sentir en favor de una mayor intervención militar al lado de los ejércitos anticomunistas que tenían a Hitler por jefe. El disculpable error táctico hizo terminar en fracaso la última ocasión generacional de los universitarios que habían hecho la guerra española y desde entonces dispersaron sus impulsos políticos más y más” (La rebelión de los estudiantes, David Jato, 4ª edición, 1975; pág. 508).
El final de la historia es sobradamente conocido: Alemania perdió la Segunda Guerra Mundial y lo sucedido en los campos de concentración estigmatizó para siempre a la División Azul en general y a los falangistas en particular, culpables únicamente de que las circunstancias históricas de su tiempo les impusieran esos aliados.
Por desgracia, como explica López-Covarrubias, “estos hombres nunca gozaron, al contrario que los veteranos de guerra de otras naciones, del prestigio y la consideración de los suyos, al menos de forma explícita. La derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial prácticamente borró su memoria, recuperada efímera e interesadamente durante la Guerra Fría, momento en el que se intenta justificar la presencia española junto a la Alemania nazi exclusivamente como una batalla contra el comunismo” (Toledanos en la División Azul. Entre la memoria y el olvido, J. Andrés López Covarrubias, Ediciones Covarrubias, 1ª edición, 2012; pág. 413). Pero cualquier historiador mínimamente serio sabe que los falangistas no vieron en aquel conflicto sólo una lucha contra el comunismo soviético, sino la oportunidad para crear un nuevo orden político, económico y social; como hombres acordes con la época que les tocó vivir, creyeron ver la oportunidad revolucionaria perfecta y fracasaron en su intento, logrando únicamente un premio de consolación: evitar una futura invasión a España por parte de las potencias aliadas y ser los aguafiestas de quienes creían que la derrota del Eje volvería a colocar a España bajo el yugo del comunismo.

Una vez explicadas por encima las circunstancias históricas del periodo de la Segunda Guerra Mundial y la intervención de la Falange en la misma, llega el momento de establecer las diferencias ideológicas entre el falangismo y el nacionalsocialismo. Tal y como he apuntado antes del fascismo, el nacionalsocialismo también forma parte ideológicamente del orden de la Modernidad, ya que a la exaltación que realizó del Estado y del Partido hay que añadir la de la condición racial como eje de su doctrina política.
Sobre este asunto, José Antonio exponía el 3 de marzo de 1935 en Valladolid que “el movimiento alemán es de tipo romántico; su rumbo, el de siempre; de allí partió la Reforma e incluso la Revolución Francesa, pues la Declaración de los Derechos del Hombre es copia calcada de las Constituciones norteamericanas, hijas del pensamiento protestante alemán”. Romanticismo, Revolución Francesa, Constituciones norteamericanas, protestantismo… José Antonio, en tres líneas y media, fue capaz de vincular a tres conceptos del orden de la Modernidad con el movimiento nacionalsocialista alemán. Y esas líneas donde se vincula al nacionalsocialismo con tan “recomendables” movimientos modernos fueron escritas por el mismo hombre que escribía en la primera norma programática de la Falange que “una nación no es una lengua, ni una raza, ni un territorio”, rechazando así las propuestas del liberalismo a la hora de definir qué era una nación, y que proponía como solución religiosa, en sus papeles póstumos, “ el recobro de la armonía del hombre y su entorno en vista de un fin trascendente. Este fin no es la patria, ni la raza, que no pueden ser fines en sí mismos: tienen que ser un fin de unificación del mundo, a cuyo servicio puede ser la patria un instrumento; es decir, un fin religioso. ¿Católico? Desde luego, de sentido cristiano”.

Y tampoco tenemos que olvidar lo que José Antonio escribió en su citado artículo “Al volver: ¿Moda extranjera el fascismo?”: “Lo de que no se nos hable de la raza está bien: el Imperio español jamás fue racista; su inmensa gloria estuvo en incorporar a los hombres de todas las razas a una común empresa de salvación”.


http://tradiciondigital.es/2013/07/25/los-origenes-sociopoliticos-de-falange-y-su-posterior-evolucion-ideologica/

http://laverdadofende.wordpress.com/2013/07/25/los-origenes-sociopoliticos-de-falange-y-su-posterior-evolucion-ideologica/

http://www.hispaniainfo.es/web/2013/07/26/los-origenes-sociopoliticos-de-la-falange-y-su-posterior-evolucion-ideologica-dentro-de-las-circunstancias-historicas-espanolas-y-europeas/

Este artículo fue publicado en el portal Tradición Digital y en la bitácora Verdades que ofenden el 25 de julio de 2013, y en el portal Hispaniainfo el 26 de julio de 2013