29 de octubre de 2013

Ochenta años y más jóvenes que nunca


Sigue reciente el acto del pasado sábado en Madrid por la conmemoración del 80º aniversario de la fundación de Falange Española, pero no podemos olvidar que es hoy, 29 de octubre, cuando verdaderamente se cumplen las ocho décadas (aunque, si alguien se encuentra con deseos de practicar ese vicio tan falangista de discutir sobre el sexo de los ángeles, siempre podemos plantearnos si no tendríamos que conmemorar igual las efemérides del primer número de La conquista del Estado o de la fundación de las JONS, ya que esa fue la base para que el nacionalsindicalismo surgiera como doctrina política). José Antonio, referencia en lo político y en lo personal para la inmensa mayoría de quienes nos hemos incorporado a este movimiento durante los últimos años, pronunció uno de esos discursos que pasaría a la Historia de la Humanidad de no ser por la estigmatización y censura que ha sufrido su pensamiento por parte de la izquierda más sectaria y retrógrada de Europa y de la derecha más antisocial y despreciable que ha existido en España. Pero, por fortuna, existe mucha bibliografía (y no me refiero a la cutre de los “historiadores” con filiación socialista y comunista precisamente) que ha tratado la figura política humana de José Antonio, como también existen numerosos trabajos sobre los avatares de los falangistas como organización política (u organizaciones) en estas últimas ocho décadas. Y a esos trabajos me remito para los que quieran hablar de Historia.

Una cifra como la de ochenta años no debe invitarnos al estudio histórico, sino a la reflexión sobre la actualidad. Nuestras propuestas están más vigentes que nunca porque España, además de una crisis económica, carece de soberanía alguna y sufre una crisis de valores morales como nunca ha vivido en su Historia. Y ésa es precisamente nuestra gran baza ante los demás movimientos políticos: mientras que el comunismo o el anarquismo no tendrían razón de existir en un hipotético Estado del Bienestar que proporcionara a todas las personas la comodidad suficiente para vivir sin estrecheces e incluso con cierto desahogo, los falangistas siempre estaríamos en contra del capitalismo y su modelo de Estado porque prioriza el bien particular del individuo sobre el bien común de toda la sociedad incluso en las épocas de bonanza. La primacía de lo espiritual y común sobre lo material y propio, en definitiva, en nuestra mayor baza a favor en la cuestión doctrinal respecto a otros movimientos, pero no acaba ahí la cosa.

Recordaba antes que España es un país sin soberanía, añado ahora que gracias a la Unión Europea. Hay quién ha defendido, con buena fe, que los falangistas no tenemos propuestas doctrinales ante un fenómeno como el de las actuales organizaciones internacionales. El caso es que José Antonio conoció la antigua Sociedad de Naciones y ya aconsejó que no debíamos ir allí como palurdos deslumbrados por rodearse con las personas importantes (actitud que imagino en Mariano Rajoy y sus ministros cuando reciben a los famosos “señores de negro”). Y no sólo eso, sino que también dejó bien claro en los veintisiete puntos que España no podía soportar la mediatización extranjera ni el aislamiento internacional. Por lo tanto, hoy los falangistas podemos y tenemos que defender que España no puede estar fuera de la Unión Europea (por oponernos al aislamiento) ni tampoco puede continuar siendo un títere del capitalismo internacional (por oponernos a la mediatización extranjera); además, el desarrollo de las tecnologías y la enorme importancia de la comunidad internacional hacen imprescindible que exista una organización internacional donde los representantes de los países se reúnan y debatan sobre los problemas en común que les afecten. Por supuesto, no defiendo la continuidad de las actuales organizaciones internacionales partidarias de los fines ideológicos de la masonería y el marxismo cultural, sino un nuevo modelo de organización internacional que sirva como punto de encuentro para que las naciones libres y soberanas acerquen posturas y mejoren su contacto con los países vecinos.
Pero hay otros asuntos donde los falangistas tampoco nos hemos quedado anticuados: el aborto es un crimen que atenta contra la integridad del ser humano, sólo defendido por cobardes que nunca podrán defender la justicia y la dignidad humanas cuando no son capaces de alzar la voz en nombre de los más indefensos, como es el caso de los no nacidos; el Estado de las Autonomías es un modelo nefasto y ruinoso porque, además de suponer una sangría económica costeada sólo para saciar los egos de la clase política, es una puerta abierta de los separatistas que amenazan con romper la unidad de España; el capitalismo sigue siendo un sistema económico injusto, sólo que ahora se le ha caído la careta amable que lleva décadas ocultando su verdadero rostro ante las masas idiotizadas por la sociedad de consumo…

Esa superstición que consiste en la bondad y en el buen juicio de las masas a la que llamamos democracia (superstición sin apellidos y a la que se ha atribuido una etiqueta de divinidad repugnante) se ha caído por el propio peso de su mentira. Como españoles y como falangistas, si realmente queremos salvar a España como proyecto histórico y de futuro y a nuestros compatriotas como seres humanos en lo espiritual y en lo material, tenemos que recordar nuestro ideal político de la aristocracia en su correcto significado (gobierno de los mejores) en lugar de andar asimilando y reinterpretando términos ajenos para hacerlos digeribles a nuestra doctrina. No me gustar hablar en plan “nostálgico”, pero es que si José Antonio hubiese escuchado hablar a sus militantes de que en la Falange se defendía la “verdadera democracia” estoy convencido de que les hubiese dejado la cara más roja que las banderas de quienes les provocaban las bajas en los años previos al trágico conflicto bélico de 1936. Y es que esto sigue teniendo plena validez ahora como hace ochenta años: no podemos ser demócratas porque no creemos que una decisión que afecte a todo un país sea legítima y válida sólo por contar con el consenso de las masas, igual que tampoco podemos ser demócratas por respetar el orden natural de cómo debe estructurarse toda sociedad civilizada y jerarquizada sin necesidad de apelar a estúpidos igualitarismos buenistas.

Puede que mis palabras despierten polémica. No me importa. El pasado sábado me sentí enormemente insignificante mientras observaba cómo centenares de brazos se alzaban para cantar al unísono un himno de amor y de guerra. Nuestros ideales y todos los hombres y mujeres que dieron su vida al servicio de Dios, de España y de la Revolución Nacional Sindicalista son demasiado valiosos para “democratizarlos” y adulterarlos sólo para que sean menos desagradables a la sociedad y al orden político, económico y moral de hoy. Gracias a Dios, somos y seremos falangistas por los ideales de la Patria, la Justicia y la Revolución y no porque simplemente queramos una organización y representación estatal diferentes a las actuales.


No quiero terminar este artículo sin recordar a Ramiro Ledesma Ramos, asesinado por los “demócratas” del Frente Popular en Aravaca (Madrid) un 29 de octubre de 1936 poco después de reconciliarse espiritualmente con el catolicismo. Su Ensayo a las juventudes de España sigue siendo una obra maestra a la que probablemente no se le haya dado la importancia merecida. Otra cuestión interesante para debatir sobre el sexo de los ángeles.


http://www.hispaniainfo.es/web/2013/10/29/ochenta-anos-y-mas-jovenes-que-nunca/

http://tradiciondigital.es/2013/10/29/80-anos-y-mas-jovenes-que-nunca/

Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo y en el portal Tradición Digital el 29 de octubre de 2013

28 de octubre de 2013

Comentarios sobre el sistema educativo que deberíamos proponer los falangistas



Entre los días 17 y 23 de octubre puse unos comentarios al comunicado de Falange Española de las JONS que llevaba por título “Urge una educación única, gratuita y de calidad para los jóvenes españoles”, publicado en el portal Hispaniainfo:


17 de octubre de 2013 (22:00):
Este es un punto que debería quedar claro cuanto antes: ¿Qué modelo educativo queremos proponer los falangistas a la sociedad? ¿Tendrían en él cabida las instituciones privadas? Recordemos que una institución privada no tiene porque ser sólo de una institución religiosa católica, también podría tener otro ideario; pero, además, hoy esos centros concertados y privados son más solicitados porque tienen más nivel que los públicos que porque los padres deseen que los hijos sean educados en los valores católicos. Por lo tanto, retirar la licencia a los centros privados y poner toda la educación al control del Estado Nacional Sindicalista sería la propuesta más acorde a nuestro ideario político, así se podría crear un modelo más justo en el que primara el mérito y no el nivel de la enseñanza que ha sido adquirido gracias al dinero de los padres”.

18 de octubre de 2013 (11:23)
La asignatura de Religión Católica tendría que ser obligatoria hasta determinada edad (eso ya se lo dejo a juicio de los expertos), porque forma parte de nuestra cultura y de nuestra visión del mundo. En niveles superiores, como es el caso de la enseñanza universitaria, ya no tendría que existir una asignatura de Religión Católica como tal sino alguna que explicara la relación entre catolicismo y la educación cursada (ejemplo: ya no existe, pero lo normal sería que Derecho Canónico fuese impartida en la carrera de Derecho, tal y como se imparte ahora el Derecho Eclesiástico)”.

18 de octubre de 2013 (11:25):
Para que no existan diferencias entre la calidad de los centros y el profesorado, lo más inteligente sería que toda la Educación estuviese bajo el control del Estado. Quizá algunos se escandalicen, pero dudo que esta postura vaya en contra de lo que se expuso en la primera época”.
A este comentario debo añadir lo confirmado por otro habitual comentarista en Hispaniainfo: “Pongo esto ya que este portal se define como joseantoniano:
—La infancia será educada por el Estado.
—Indudablemente. Mas los padres que quieran dar a sus hijos una instrucción religiosa podrán utilizar los servicios del clero con plena libertad. El culto será respetado y protegido. Pero como sostiene Mussolini, “hombre providencial deparado a Italia” según el Papa, la formación de la infancia y de la juventud corresponde al Estado. Un acuerdo inteligente sobre el particular evitará todo equívoco.
“José Antonio. El hombre, el jefe, el camarada”. Francisco Bravo. Ediciones Españolas, S.A. (1940)”.

18 de octubre de 2013 (13:05):
En un Estado como el que proponemos no podría existir ninguna institución educativa bajo el control de una empresa privada. Pero voy más allá y defiendo que ninguna institución educativa esté al margen del Estado, incluidas las religiosas. Todo centro que conlleve más prestigio en la formación del alumno a costa del dinero desembolsado, por mucho que pertenezca su titularidad a la Iglesia Católica, tiene que ser puesto bajo el control estatal para garantizar una educación pública, de calidad y basada en los valores morales y nacionales que defendemos los falangistas. Con un sistema educativo único y estatal, donde primara la capacidad del alumno, las desigualdades económicas de los padres no repercutirían en la educación de los hijos”.

19 de octubre de 2013 (12:41):
Por suerte, ayer pude charlar un momento de este asunto con Jorge Garrido San Román, vicesecretario de FE de las JONS, que hace años se preocupó de estudiar el asunto. Me comentó que toda institución religiosa cuyo proyecto educativo no contraviniera los principios del Estado Nacional Sindicalista sí podría tener sitio en el sistema educativo que proponemos.
Pero, aun aceptando la presencia de otras instituciones que colaboraran con el Estado Nacional Sindicalista en materia educativa, no podría tolerarse que algunos centros tuviesen más nivel que otros y que el futuro académico de los estudiantes se viese marcado por la renta de los padres. Y, por supuesto, en ese modelo de Educación la gestión tendría que corresponder, además de al propio Estado, a los maestros, padres, alumnos y demás partícipes del sector de la enseñanza.
Esto es lo poco que puedo añadir a lo que expuse aquí ayer
”.

22 de octubre de 2013 (18:53):
¿Es mejor promover un sistema educativo de distintos niveles y al cual se acceda en base a la renta económica de los padres? El liberalismo desemboca en comunismo en todo, no sólo en economía. Flaco favor se le hace a instituciones como la Iglesia Católica si se la deja participar en un sistema a cuyos centros sólo podrán acudir quienes dispongan de más recursos económicos”.



Algunos de estos comentarios fueron en respuesta a otros, por lo que quizá sea mejor leerlos en el siguiente enlace para comprenderlos mejor.

14 de octubre de 2013

La clase política profesional francesa asiste conmocionada al avance del Frente Nacional



Es un hecho político aún casi anecdótico, pero ya preocupante”. Así define el periodista Juan Manuel Bellver, corresponsal en París de El Mundo, el triunfo electoral del Frente Nacional francés en las elecciones cantonales de Bignoles y las posibilidades reales de que la formación liderada por Marine Le Pen se convierta en la más votada en Francia durante las próximas elecciones al Parlamento Europeo en 2014. Juan Manuel Bellver, además, recoge unas “jugosas” palabras de la clase política profesional francesa sobre el Frente Nacional: “"La historia de Europa nos muestra cómo, en el pasado, las crisis se han resuelto con la guerra o con el fascismo", advertía el número dos del Partido de Izquierdas François Delapierre. Anne Hildago, candidata socialista al ayuntamiento de París, ha afirmado que "el FN es un veneno, un peligro para la República". Jean-François Copé, presidente de la UMP, lo ha descrito como "una formación extremista" y David Assouline, portavoz del PS, lo ha tildado de "partido fascista". Pero la tradicional demonización del Frente Nacional no ha funcionado esta vez”. Y finaliza preguntándose cómo un programa nacionalista francés y de abierta oposición a los “valores” del actual sistema político demoliberal (sin dejar a un lado la habitual criminalización que se hace de esas organizaciones por parte de la mafia demoliberal) ha logrado tanto apoyo en la sociedad francesa: “¿Cómo hemos llegado hasta aquí y por qué da tanto miedo la rubia Marine? Pues porque aunque la hija del fundador Jean-Marie haya logrado refrescar la imagen del Frente Nacional en los casi tres años que lleva al frente, el tufillo facha permanece. A pesar de ello, su discurso ideológico, que ensalza los valores de la Francia eterna, ha hecho tilín en sectores agrarios y obreros que se sienten amenazados por los sin papeles y la volubilidad de los mercados.
Nacionalismo a ultranza, proteccionismo económico, control riguroso de la inmigración, rechazo de los tratados europeos, abandono gradual de la moneda única, laicismo militante, guerra al comunitarismo, a la globalización y la tiranía de las finanzas... Son algunas de las propuestas del FN que agradan a "esos votantes débiles que han sido alejados de las áreas urbanas del poder y de los privilegios por la educación y por el empleo y relegados hacia zonas suburbiales o rurales", como explican el demógrafo Hervé Bras y el antropólogo Emmanuel Todd en su reciente ensayo Le mystère français”.

La grave crisis que atraviesa en estos momentos el capitalismo va camino de llevarse por delante a la democracia liberal. La clase política profesional, desprestigiada también más allá de los Pirineos (muchas veces me pregunto por qué nuestros compatriotas son tan paletos para creerse que sólo los políticos españoles tienen mala imagen entre sus paisanos), cada vez lo tiene más complicado para seguir manteniendo el apoyo de la población y el auge de nuevas fuerzas políticas les asusta mucho más de lo que reconocen. Si no fuera así, si de verdad pensaran que esto es un fenómeno pasajero y nada peligroso para sus intereses, no leeríamos ninguna mención sobre las circunstancias políticas de la Europa de entreguerras. Las críticas, si vienen de los políticos que ahora están en el poder, siempre son una buena señal. Cuando se pretende cambiar un mundo injusto y decadente como el actual, no se puede esperar que sus gobernantes te elogien y que acepten ser desahuciados de las poltronas donde tan cómodamente reposan sus traseros.

El Frente Nacional francés es una organización con la que podré discrepar en el ámbito ideológico, pero me resulta preferible en comparación con el movimiento nacionalsocialista griego de Amanecer Dorado. Y, sinceramente, me alegra ver que en la vecina Francia se abandona el apoyo a la socialdemocracia, al filomarxismo y al neoliberalismo en beneficio de la defensa de la familia tradicional, de la identidad nacional de Francia y de la soberanía nacional. ¡Quién iba a decirnos a los españoles, bastión de la Tradición Católica, que terminaríamos intercambiando roles con los franceses, condenados desde hace siglos a cargar con el yugo de la masonería!
El pueblo francés parece estar despertando. Su juventud, criada bajo los dictámenes y los “valores” de la omnipresente democracia liberal y el espejismo del “Estado del Bienestar”, parece comulgar cada vez menos con la clase política profesional y más con las ideas nacionales y revolucionarias. Ojalá en España veamos algún día una reacción similar contra la tiranía demoliberal y la sociedad de consumo…


Francia ha encontrado su camino, que no tiene por qué ser el mismo que siga España. Lo importante es que ambas naciones, junto con el resto de Europa, encuentren al final del viaje la libertad y la soberanía que los usureros y los demagogos les arrebataron hace décadas y que urge recuperar por el bien de las naciones europeas y de sus habitantes.

13 de octubre de 2013

El constitucionalismo que dio alas a los separatistas no es la solución



Poco ha tardado ABC, un medio afín al Partido Popular, en aprovechar el éxito de la concentración de Plaza Cataluña en Barcelona para salir a ofrecer a los españoles ese producto de mala calidad conocido como “patriotismo constitucional”. Y es que según ABC la Constitución Española de 1978 es clave para afrontar el desafío soberanista, es decir, pretenden hacernos creer que la misma Constitución que ha permitido la presencia de los partidos políticos separatistas en las instituciones y que legitimó al Estado de las Autonomías (y la cesión de importantes competencias, como la Educación, a los gobiernos autonómicos controlados por los separatistas) es la solución al problema que viene arrastrando España desde que se implantara el actual régimen político.

Por fortuna para España, la solución no está en una Constitución que ha dado cobijo y poder a sus enemigos, sino en los españoles conscientes de que la unidad nacional está muy por encima de las leyes y los gobernantes. El actual régimen político, cimentado en la Constitución que ha permitido alcanzar cargos de poder a los separatistas, debe caer (si fuera necesario, con estrépito) para que el separatismo sea frenado y anulado; de no ser así, continuaremos asistiendo al triste espectáculo de unos liberales constitucionalistas que apelan a su patética creación en un inútil intento de controlar a un monstruo que ellos mismos crearon.


Estas líneas fueron publicadas en el perfil de Facebook del periódico Patria Sindicalista el 15 de octubre de 2013

11 de octubre de 2013

Los prejuicios progresistas en "Soldados de Salamina"



En estos últimos días parece que han vuelto a poner de moda los escritores falangistas. ABC, La razón y El Confidencial han dedicado algún artículo sobre la reescritura de un trabajo de los años setenta que trata la relación entre literatura y falangismo. El tópico que se repite en ambos artículos es el habitual de que “ganaron la guerra pero perdieron la batalla de la literatura”, un juicio que no tendría por qué sorprendernos si recordáramos que, como en casi todo, en España es la izquierda sociológica quien concede los diplomas de buen escritor.
Imagino que será casualidad, pero recientemente emitieron en Televisión Española la película Soldados de Salamina, basada en el libro homónimo del periodista Javier Cercas. Tanto el libro como la película insisten en el tópico de que los escritores falangistas perdieron la batalla literaria; y, en lo referente al argumento, le otorga a Rafael Sánchez Mazas una excesiva influencia en lo que fue la primera Falange Española. Javier Cercas, articulista de El País, demostró en su trabajo que al menos se había tomado la molestia de informarse sobre la época previa a la Guerra Civil Española y de echar un vistazo a los textos originales del falangismo… Su problema (y el de buena parte de sus compañeros de profesión) es que interpretaba lo sucedido en base a sus simpatías personales y prejuicios ideológicos.
Para conocer a este autor lo mejor es ojear un artículo publicado el pasado 13 de septiembre en El País sobre la actual situación de Cataluña, donde manifiesta que “si una mayoría clara e inequívoca de catalanes quiere la independencia, parece más sensato concedérsela que negársela, porque es muy peligroso, y a la larga imposible, obligar a alguien a estar donde no quiere estar” y que “se puede ser demócrata y estar a favor de la independencia, pero no se puede ser demócrata y estar a favor del derecho a decidir, porque el derecho a decidir no es más que una argucia conceptual, un engaño urdido por una minoría para imponer su voluntad a la mayoría”.
Conviene recordar estas posturas de Javier Cercas para comprender por qué juzga de la manera en que lo hace al movimiento falangista.

Curiosamente, los argumentos que utilizó Javier Cercas en Soldados de Salamina para justificar su “interés” en Rafael Sánchez Mazas son similares a los expuestos en los artículos de los medios antes citados: “Como la historia del fusilamiento de Sánchez Mazas en el Collell y las circunstancias que lo rodearon me habían impresionado mucho, tras la entrevista con Ferlosio empecé a sentir curiosidad por Sánchez Mazas; también por la guerra civil, de la que hasta aquel momento no sabía mucho más que de la batalla de Salamina o del uso exacto de la garlopa, y por las historias tremendas que engendró, que siempre me habían parecido excusas para la nostalgia de los viejos y carburante para la imaginación de los novelistas sin imaginación. Casualmente (o no tan casualmente), por entonces se puso de moda entre los escritores españoles vindicar a los escritores falangistas. La cosa, en realidad, venía de antes, de cuando a mediados de los ochenta ciertas editoriales tan exquisitas como influyentes publicaron algún volumen de algún exquisito falangista olvidado, pero, para cuando yo empecé a interesarme por Sánchez Mazas, en determinados círculos literarios ya no sólo se vindicaba a los buenos escritores falangistas, sino también a los del montón e incluso a los malos. Algunos ingenuos, como algunos guardianes de la ortodoxia de izquierdas, y también algunos necios, denunciaron que vindicar a un escritor falangista era vindicar (o preparar el terreno para vindicar) el falangismo. La verdad era exactamente la contraria: vindicar a un escritor falangista era sólo vindicar a un escritor; o más exactamente: era vindicarse a sí mismos como escritores vindicando a un buen escritor. Quiero decir que esa moda surgió, en los mejores casos (de los peores no merece la pena hablar), de la natural necesidad que todo escritor tiene de inventarse una tradición propia, de un cierto afán de provocación, de la certidumbre problemática de que una cosa es la literatura y otra la vida y de que por tanto se puede ser un buen escritor siendo una pésima persona (o una persona que apoya y fomenta causas pésimas), de la convicción de que se estaba siendo literariamente injusto con ciertos escritores falangistas, quienes, por decirlo con la fórmula acuñada por Andrés Trapiello, habían ganado la guerra, pero habían perdido la historia de la literatura”.
Primer prejuicio de Javier Cercas que encontramos en su trabajo: parece que ser una buena o mala persona varía en función de la ideología política a la que se adscribe el escritor. Supongo que él, como demócrata y progresista, se situará en la cúspide de la pirámide de la bondad mientras los escritores falangistas figuran en lo más bajo.

Poco después nos encontramos el segundo prejuicio de Javier Cercas a la hora de valorar la biografía e ideas de Sánchez Mazas: “Yo había sabido —pero no lo entendía y me intrigaba— que aquel hombre culto, refinado, melancólico y conservador, huérfano de coraje físico y alérgico a la violencia, sin duda porque se sabía incapaz de practicarla, durante los años veinte y treinta había trabajado como casi nadie para que su país se sumergiera en una salvaje orgía de sangre. No sé quién dijo que, gane quien gane las guerras, las pierden siempre los poetas; sé que poco antes de mis vacaciones en Cancún yo había leído que, el 29 de octubre de 1933, en el primer acto público de Falange Española, en el Teatro de la Comedia de Madrid, José Antonio Primo de Rivera, que siempre andaba rodeado de poetas, había dicho que «a los pueblos no los han movido nunca más que los poetas». La primera afirmación es una estupidez; la segunda no: es verdad que las guerras se hacen por dinero, que es poder, pero los jóvenes parten al frente y matan y se hacen matar por palabras, que son poesía, y por eso son los poetas los que siempre ganan las guerras, y por eso Sánchez Mazas, que estuvo siempre al lado de José Antonio y desde ese lugar de privilegio supo urdir una violenta poesía patriótica de sacrificio y yugos y flechas y gritos de rigor que inflamó la imaginación de centenares de miles de jóvenes y acabó mandándolos al matadero, es más responsable de la victoria de las armas franquistas que todas las ineptas maniobras militares de aquel general decimonónico que fue Francisco Franco. Yo había sabido —pero no había entendido y me intrigaba— que, al terminar la guerra que había contribuido como casi nadie a encender, Franco nombró a Sánchez Mazas ministro del primer gobierno de la Victoria, pero al cabo de muy poco tiempo le destituyó porque, según se contaba, ni siquiera asistía a las reuniones del consejo, y a partir de aquel momento abandonó casi por completo la política activa. Y, como si se sintiera satisfecho del régimen de pesadumbre que había ayudado a implantar en España y considerara que su trabajo había concluido, consagró sus últimos veinte años de vida a escribir, a dilapidar la herencia familiar y a entretener sus dilatados ocios con aficiones un poco extravagantes”.
El pacifismo que destilan siempre los escritos de los demócratas y de los progresistas tampoco es nada nuevo; lo chocante, lo tristemente irónico, es que condenen la belicosidad sólo en dirección a sus opositores ideológicos y nunca hablen de la fomentada por las organizaciones políticas que, según su visión idílica de aquella complicada época, defendían el “progreso”, la “libertad” y la “democracia”.

Cuando leemos este tipo de trabajos hay que asumir que el término “fascismo” siempre aparecerá, pero en estos momentos sería lo de menos. Lo criticable en esta ocasión a Javier Cercas son algunos sus fallos en la documentación, como atribuir la presencia de Ramiro Ledesma en Falange Española tras el 29 de octubre de 1933 o la discutible responsabilidad que concede a Sánchez Mazas de ser el “principal ideólogo de la Falange (como también es criticable que se le atribuya la autoría del yugo y las flechas como símbolos de la Falange cuando lo fueron tras la unificación con las JONS y no antes)”: “Italia le fascinó. Su pasión de juventud por la cultura clásica, por el Renacimiento y por la Roma imperial cristalizó para siempre al contacto con la Roma real. Allí vivió siete años. Allí se casó con Liliana Ferlosio, una italiana recién salida de la adolescencia a la que casi arrebató de su casa y con la que mantuvo toda su vida una caótica relación de la que nacieron cinco hijos. Allí maduró como hombre y como lector y como escritor. Allí se forjó una justa fama de cronista con unos artículos muy literarios, de refinado diseño y ejecución segura —a ratos densos de erudición y de lirismo, a ratos vehementes de pasión política—, que acaso son lo mejor de su obra. Allí, también, se convirtió al fascismo. De hecho, no es exagerado afirmar que Sánchez Mazas fue el primer fascista de España, y muy exacto decir que fue su más influyente teórico. Lector fervoroso de Maurras y amigo íntimo de Luigi Federzoni —que encarnó en Italia una suerte de fascismo ilustrado y burgués, y que andando el tiempo ostentaría varias carteras ministeriales en los gobiernos de Mussolini—, monárquico y conservador de vocación, Sánchez Mazas creyó descubrir en el fascismo el instrumento idóneo para curar su nostalgia de un catolicismo imperial y, sobre todo, para recomponer por la fuerza las seguras jerarquías del antiguo régimen que el viejo igualitarismo democrático y el nuevo y pujante igualitarismo bolchevique amenazaban con aniquilar en toda Europa. O dicho de otro modo: quizá para Sánchez Mazas el fascismo no fue sino un intento político de realizar su poesía, de hacer realidad el mundo que melancólicamente evoca en ella, el mundo abolido, inventado e imposible del Paraíso. Sea como fuere, lo cierto es que saludó con entusiasmo la Marcha sobre Roma en una serie de crónicas titulada “Italia a paso gentil”, y que vio en Benito Mussolini la reencarnación de los condotieros renacentistas y en su ascensión al poder el anuncio de que el tiempo de los héroes y los poetas había vuelto a Italia.
Así que en 1929, de regreso en Madrid, Sánchez Mazas ya había tomado la decisión de consagrarse por entero a lograr que ese tiempo también volviera a España. En cierto modo lo consiguió. Porque la guerra es por excelencia el tiempo de los héroes y los poetas, y en los años treinta poca gente empeñó tanta inteligencia, tanto esfuerzo y tanto talento como él en conseguir que en España estallara una guerra. A su vuelta al país, Sánchez Mazas entendió enseguida que para alcanzar su objetivo no sólo era preciso fundar un partido cortado por el mismo patrón del que había visto triunfar en Italia, sino también hallar un condotiero renacentista cuya figura, llegado el momento, catalizase simbólicamente todas las energías liberadas por el pánico que la descomposición de la Monarquía y el triunfo inevitable de la República iban a generar entre los sectores más tradicionales de la sociedad española. La primera empresa tardó todavía un tiempo en cuajar; no así la segunda, pues José Antonio Primo de Rivera vino a encarnar de inmediato la figura del caudillo providencial que Sánchez Mazas buscaba. La amistad que los unió a ambos fue sólida y perdurable (tanto que una de las últimas cartas que escribió José Antonio desde la cárcel de Alicante, en vísperas de su fusilamiento el 20 de noviembre del 36, estaba dirigida a Sánchez Mazas); tal vez lo fue porque estuvo basada en un equitativo reparto de papeles.
José Antonio poseía en efecto todo aquello de lo que carecía Sánchez Mazas: juventud, belleza, coraje físico, dinero y prosapia; lo contrario también es cierto: armado de su experiencia italiana, de sus muchas lecturas y de su talento literario, Sánchez Mazas se convirtió en el más atendido consejero de José Antonio y, una vez fundada la Falange, en su principal ideólogo y propagandista y en uno de los fundamentales forjadores de su retórica y sus símbolos: Sánchez Mazas propuso, como símbolo del partido, el yugo y las flechas, que había sido el símbolo de los Reyes Católicos, acuñó el grito ritual de «¡Arriba España!», compuso la celebérrima “Oración por los muertos de Falange”, y a lo largo de varias noches de diciembre de 1935 participó, junto con José Antonio y con otros escritores de su círculo Jacinto Miquelarena, Agustín de Foxá, Pedro Mourlane Michelena, José María Alfaro y Dionisio Ridruejo—, en la escritura de la letra del Cara al sol, en los bajos del Or Kompon, un bar vasco situado en la calle Miguel Moya de Madrid.
Pero Sánchez Mazas aún iba a tardar algún tiempo en convertirse en el principal proveedor de retórica de la Falange, como lo llamó Ramiro Ledesma Ramos. Cuando llegó a Madrid en 1929, aureolado por su prestigio de escritor cosmopolita y por sus ideas novísimas, nadie en España pensaba seriamente en fundar un partido de corte fascista, ni siquiera Ledesma, que un par de años más tarde crearía las JONS, el primer grupúsculo fascista español. Como la otra, la vida literaria, sin embargo, se radicalizaba por momentos al calor de las convulsiones que sacudían Europa y de los cambios que se vislumbraban en el horizonte político español: en 1927 un joven escritor llamado César Arconada, que había profesado el elitismo orteguiano y que no tardaría en engrosar las filas del partido comunista, resumía el sentir de mucha gente de su edad cuando declaraba que «un joven puede ser comunista, fascista, cualquier cosa, menos tener viejas ideas liberales». Ello explica en parte que tantos escritores del momento, en España y en toda Europa, cambiaran en pocos años el esteticismo deportivo y lúdico de los felices veinte por el combate político puro y duro de los feroces treinta.
Sánchez Mazas no fue ninguna excepción. De hecho, toda su actividad literaria en la época anterior a la guerra se limita a la escritura de innumerables artículos de prosa aguerrida donde la definición de la estética y la moral falangistas —hechas de deliberado confusionismo ideológico, de mística exaltación de la violencia y el militarismo y de cursilerías esencialistas que proclamaban el carácter eterno de la patria y de la religión católica— convive con un propósito central que, como afirma Andrés Trapiello, consistía básicamente en hacer acopio de citas de historiadores latinos, pensadores alemanes y poetas franceses que sirvieran para justificar la razia cainita que se avecinaba. La actividad política de Sánchez Mazas, en cambio, fue en estos años frenética. Después de participar en varios intentos de crear un partido fascista, en febrero de 1933, junto con el periodista Manuel Delgado Barreto, José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma Ramos, Juan Aparicio y Ernesto Giménez Caballero —con quien durante años mantendría una pugna no siempre soterrada por hacerse con el liderazgo ideológico del fascismo español, que acabó ganando—, Sánchez Mazas fundó el semanario “El Fascio”, que supuso el primer encuentro de las distintas tendencias nacionalsindicalistas que acabarían confluyendo en la Falange. El primer y único número de “El Fascio” apareció un mes más tarde y fue de inmediato prohibido por las autoridades, pero el 29 de octubre del mismo año se celebró en el Teatro de la Comedia de Madrid el acto fundacional de Falange Española, y Sánchez Mazas, a quien meses más tarde se le asignó el carnet número cuatro del partido (Ledesma tenía el uno; José Antonio el dos; Ruiz de Alda el tres; Giménez Caballero el cinco), fue nombrado miembro de su Junta Directiva. Desde aquel momento y hasta el 18 de julio de 1936 su peso en el partido —un partido que antes de la guerra nunca consiguió atraer a lo largo de la geografía española más que a unos centenares de militantes, y que en todas las elecciones a las que se presentó jamás cosechó más que unos miles de votos, pero que iba a resultar decisivo para el devenir de la historia del país— fue determinante. Durante esos años de hierro Sánchez Mazas pronunció discursos, intervino en mítines, diseñó estrategias y programas, redactó ponencias, inventó consignas, aconsejó a su jefe y, sobre todo a través de “FE”, el semanario oficial de la Falange —donde se encargaba de una sección titulada «Consignas y normas de estilo»—, difundió en artículos anónimos o firmados por él mismo o por el propio José Antonio unas ideas y un estilo de vida que con el tiempo y sin que nadie pudiera sospecharlo —y menos que nadie el propio Sánchez Mazas— acabarían convertidos en el estilo de vida y las ideas que, primero adoptadas como revolucionaria ideología de choque ante las urgencias de la guerra y más tarde rebajadas a la categoría de ornamento ideológico por el militarote gordezuelo, afeminado, incompetente, astuto y conservador que las usurpó, acabarían convertidas en la parafernalia cada vez más podrida y huérfana de significado con la que un puñado de patanes luchó durante cuarenta años de pesadumbre por justificar su régimen de mierda.
Sin embargo, en la época en que se incubaba la guerra las consignas que difundía
Sánchez Mazas aún poseían una flamante sugestión de modernidad que los jóvenes patriotas de buena familia y violentos ideales que las acataban contribuían a afianzar. Por entonces a José Antonio le gustaba mucho citar una frase de Oswald Spengler, según la cual a última hora siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización. Por entonces los jóvenes falangistas sentían que eran ese pelotón de soldados. Sabían (o creían saber) que sus familias dormían un inocente sueño de beatitud burguesa, ignorantes de que una ola de impiedad y de barbarie igualitaria iba a despertarlas de golpe con un tremendo fragor de catástrofe. Sentían que su deber consistía en preservar por la fuerza la civilización y evitar la catástrofe. Sabían (o creían saber) que eran pocos, pero esta mera circunstancia numérica no les arredraba. Sentían que eran los héroes. Aunque ya no era joven y carecía de la fuerza y el coraje físico y hasta de la convicción precisa para serlo —pero no de una familia cuyo inocente sueño de beatitud preservar—, Sánchez Mazas también lo sintió, y por eso abandonó la literatura para entregarse con empeño sacerdotal a la causa. Esto no le impedía frecuentar con José Antonio los salones más selectos de la capital, ni secundarle en algunas de sus sonadas excentricidades de señorito, como las Cenas de Carlomagno, unos banquetes enfáticamente suntuosos que una vez al mes se celebraban en el Hotel París para conmemorar al emperador y, sobre todo, para protestar con su rigurosa exquisitez aristocrática contra la vulgaridad democrática y republicana que acechaba más allá de las paredes del hotel. Pero las reuniones más asiduas de José Antonio y su séquito perpetuo de futuros poetas soldados se celebraban en los bajos del Café Lyon, en la calle Alcalá, en un lugar conocido como La Ballena Alegre, donde discutían acaloradamente, hasta altas horas de la noche, de política y de literatura, y donde convivían en una atmósfera de cordialidad inverosímil con jóvenes escritores de izquierdas con quienes compartían inquietudes y cervezas y conversaciones y bromas y cordiales insultos.
El estallido de la guerra iba a trocar esa hostilidad afectuosa e ilusoria en una hostilidad real, aunque el imparable deterioro de la vida política durante los años treinta ya había anunciado a quien quisiera verlo la inminencia del cambio. Quienes meses o semanas o días atrás habían conversado frente a una taza de café, a la salida de un teatro o de la exposición de un amigo común, se veían enzarzados ahora desde bandos opuestos en peleas callejeras que no desdeñaban el estampido de los disparos ni la efusión de la sangre. La violencia, en realidad, venía de antes y, a pesar de las protestas victimistas de algunos dirigentes del partido, reacios a ella por temperamento y por educación, lo cierto es que la Falange la había alimentado sistemáticamente con el fin de hacer insostenible la situación de la República, y que el uso de la fuerza se hallaba en el mismo corazón de la ideología del falangismo, que, como todos los demás movimientos fascistas, adoptó los métodos revolucionarios de Lenin, para quien bastaba una minoría de hombres valerosos y decididos —el equivalente del pelotón de soldados de Spengler— para tomar el poder con las armas.
Como José Antonio, Sánchez Mazas fue también uno de esos falangistas renuentes, a ratos y en teoría, al empleo de la violencia (en la práctica la fomentó: lector de Georges Sorel, que la consideraba un deber moral, sus escritos son casi siempre una incitación a ella); por eso en febrero de 1934, en la “Oración por los muertos de la Falange”, compuesta a petición de José Antonio para frenar los ímpetus de venganza de los suyos después del asesinato del estudiante Matías Montero en una refriega callejera, escribió que «a la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota, porque es necesario que mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y de una moral superiores». El tiempo demostró que esas hermosas palabras no eran más que retórica.
El 16 de junio de 1935, en una reunión celebrada en el Parador de Gredos, la Junta Política de Falange, convencida de que nunca alcanzaría el poder por la fuerza de las urnas y de que peligraba su existencia misma como partido político, pues la República lo consideraba con razón una amenaza permanente para su supervivencia, tomó la decisión de lanzarse a la conquista del poder mediante la insurrección armada. Durante el año que siguió a esa reunión las maniobras conspiratorias de Falange —plagadas como estuvieron de innumerables recelos, escrúpulos, salvedades y dudas que traducían tanto su escasa confianza en las propias posibilidades de triunfo como los justificados y a la postre premonitorios temores de su jefe ante la posibilidad de que el partido y su programa revolucionario fueran engullidos por la previsible alianza entre el ejército y los sectores sociales más conservadores que apoyarían el golpe— no cesaron ni un instante, hasta que el 14 de marzo de 1936, después de ser arrasada en las elecciones de febrero de ese mismo año, la Falange fue descabezada cuando la policía cerró su local de la calle Nicasio Gallego, detuvo a su Junta Política en pleno y prohibió sine die el partido”.
Como se puede observar, los prejuicios y fobias de Javier Cercas figuran abiertamente en su libro, algo no muy acorde con los principios éticos que deberían guiar las investigaciones de un periodista, ya que éste ha de buscar la verdad y plasmarla procurando separar el trabajo investigador de la opinión personal (lo que significa que puede expresar aquello que considere oportuno pero sin mezclarlo con la investigación expuesta). Aquí estaría el tercer prejuicio de Javier Cercas.

Otra similitud entre el trabajo de Javier Cercas y los últimos artículos sobre los escritores falangistas está en que ambos citan a Dionisio Ridruejo como ejemplo de oposición falangista al franquismo: “Desde que el 19 de abril de 1937 fue promulgado el Decreto de Unificación, un verdadero golpe de Estado a la inversa (como años más tarde lo llamó Ridruejo) por el que todas las fuerzas políticas que se habían sumado al Alzamiento pasaban a integrarse en un único partido bajo el mando del Generalísimo, la vieja guardia de Falange podía empezar a intuir que la revolución fascista con que había soñado no iba a llegar nunca, porque el cóctel expeditivo de su doctrina —que en una amalgama brillante, demagógica e imposible mezclaba la preservación de ciertos valores tradicionales y la urgencia de cambios profundos en la estructura social y económica del país, el terror de las clases medias ante la revolución proletaria y el irracionalismo vitalista de raíz nietzscheana, que, frente al vivere cauto burgués, propugnaba el vivere pericoloso romántico—, iba a acabar diluyéndose en un aguachirle gazmoño, previsible y conservador. A la altura de 1937, descabezada por la muerte de José Antonio, domesticada como ideología y anulada como aparato autónomo de poder,  Franco podía usar ya la Falange, con su retórica y sus ritos y demás manifestaciones externas  fascistas, a la manera de un instrumento para homologar su régimen con la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini (de quienes tanta ayuda había recibido y recibía y esperaba todavía recibir), pero también podía usarla, según había previsto y temido años atrás José Antonio, «como un mero elemento auxiliar de choque, como una guardia de asalto de la reacción, como una milicia juvenil destinada a desfilar ante los fantasmones encaramados en el poder». Todo conspiró en esos años para diluir la Falange primigenia, desde el uso ortopédico que de ella hizo Franco hasta el hecho crucial de que en el curso de la guerra no sólo se sumaron de forma masiva a ella quienes compartían de buen grado su ideario, sino también quienes trataban de esa forma de blindarse de su pasado republicano. Así las cosas, la disyuntiva que tarde o temprano hubieron de afrontar muchos camisas viejas era diáfana: denunciar la flagrante discrepancia entre su proyecto político y el que gobernaba el nuevo Estado o convivir con la menor incomodidad posible con esa contradicción y aplicarse a rebañar hasta la más mínima migaja del banquete del poder. Por supuesto, entre esos dos extremos las posturas intermedias fueron casi infinitas; pero lo cierto es que, a despecho de tanta protesta de honestidad inventada a toro pasado, salvo Ridruejo —un hombre que se equivocó muchas veces, pero que siempre fue limpio y valiente y puro en lo puro— casi nadie optó de forma abierta por la primera.
Desde luego, no lo hizo Sánchez Mazas. Ni recién acabada la guerra ni nunca”.
El indulto moral que recibió de la izquierda Dionisio Ridruejo por renegar del falangismo es la mejor prueba de por qué no hay que creer los certificados de “buenos escritores” que se conceden hoy. Es evidente que no puede juzgarse la obra de nadie por su tendencia política (o, al menos, eso sería lo más honesto), pero tampoco puede aceptarse que haya quien pretenda hacer pasar su mercancía política como “cultura”, algo de lo que en las filas de la izquierda son expertos.

Soldados de Salamina continúa con el malestar de Rafael Sánchez Mazas con el régimen del 18 de Julio: “En febrero de 1940 fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua, junto con su amigo Eugenio Montes, como «portavoz de la poesía y el lenguaje revolucionario de la Falange», según declaraba el diario Abc. Sánchez Mazas era un hombre vanidoso, pero no tonto, así que su vanidad no superaba a su orgullo: consciente de que su elección como académico obedecía a motivos políticos y no literarios, nunca llegó a leer su discurso de ingreso en la institución. Otros factores debieron de influir en ese gesto, que todo el mundo ha elegido interpretar, no sin algún motivo, como un elegante signo del desdén por las glorias mundanas que mostraba el escritor”.
(…)
“«Antes eras un escritor y un político, Rafael», le decía por esa época Agustín de
Foxá. «Ahora sólo eres un millonario.» Foxá fue escritor y político y millonario, y uno de los pocos amigos que con el tiempo Sánchez Mazas no acabó perdiendo. También fue un hombre ingenioso, que, como suele ocurrir con los ingeniosos, a menudo tenía razón. Es verdad que, después de cobrar la herencia de su tía, Sánchez Mazas ostentó diversos cargos políticos, —desde miembro de la Junta Política de Falange hasta procurador en Cortes, pasando por el de presidente del Patronato del Museo del Prado—pero también es verdad que fueron siempre subalternos o decorativos, que apenas ocuparon su tiempo y que desde mediados de los años cuarenta fue abandonándolos como quien se deshace de un lastre molesto y poco a poco, conforme pasaba el tiempo, desapareciendo de la vida pública. Esto no significa, sin embargo, que Sánchez Mazas fuera en los años cuarenta y cincuenta una suerte de silencioso opositor al franquismo: sin duda despreciaba la chatura y la mediocridad que el régimen le había impuesto a la vida española, pero no se sentía incómodo en él, ni vacilaba en proferir en público los más sonrojantes ditirambos del tirano y hasta, si a mano venía, de su esposa —a quienes en privado despellejaba por su estupidez y mal gusto—, y por supuesto tampoco lamentaba haber contribuido con todas sus fuerzas a encender la guerra que arrasó una república legítima sin conseguir por ello implantar el temible régimen de poetas y condotieros renacentistas con el que había soñado, sino un simple gobierno de pícaros, patanes y meapilas. «Ni me arrepiento ni olvido», escribió famosamente, a mano y a toda página, en el pórtico de “Fundación, hermandad y destino”, un libro donde recopiló algunos de los belicosos artículos de doctrina falangista que en los años treinta publicó en “Arriba” y “FE”. La frase es de la primavera de 1957; la fecha obliga a la reflexión. Por entonces Madrid vivía aún la resaca de la primera gran crisis interna del franquismo, fruto de una alianza imprevisible, pero en el fondo inevitable, entre dos grupos que Sánchez Mazas conocía muy bien, porque convivía a diario con ellos. Por un lado, la joven intelectualidad izquierdista, parte importante de la cual había surgido de las filas desengañadas de la propia Falange y estaba integrada por vástagos rebeldes de notorias familias del régimen, entre ellos dos de los hijos de Sánchez Mazas: Miguel, el primogénito, uno de los cabecillas de la rebelión estudiantil del 56 —que en febrero de ese año fue encarcelado y poco después partiría hacia un largo exilio—, y Rafael, el predilecto de Sánchez Mazas, que acababa de publicar “El Jarama”, la novela en que cuajaron la estética y las inquietudes de aquellos jóvenes disconformes; por otro lado, unos pocos camisas viejas —entre los cuales figuraba en primer lugar Dionisio Ridruejo, viejo amigo de Sánchez Mazas, que había sido detenido junto al hijo de éste, Miguel, y a otros dirigentes estudiantiles por la algarada antifranquista del año anterior, y que ese mismo año de 1957 fundaba el Partido Social de Acción Democrática, de orientación socialdemócrata—, antiguos falangistas de primera hora que quizá no habían olvidado su pasado político, pero que sin duda se habían arrepentido de él e incluso se estaban lanzando, con más o menos decisión o coraje, a combatir el régimen que habían ayudado a construir. Ni me arrepiento ni me olvido. Como a menudo el énfasis en la lealtad delata al traidor, no falta quien malicia que, si Sánchez Mazas escribía tal cosa en aquel momento, era precisamente porque, como algunos de sus camaradas joseantonianos, ya se había arrepentido —o por lo menos se había arrepentido en parte— y estaba tratando de olvidar —o por lo menos estaba tratando de olvidar en parte—.
La conjetura es atractiva, pero falsa; en todo caso, aparte de la secreta actitud desdeñosa con que contemplaba el régimen, ni un solo dato de su biografía la avala. «Si por algo odio a los comunistas, Excelencia», le dijo en una ocasión Foxá a Franco, «es porque me obligaron a hacerme falangista.» Sánchez Mazas nunca hubiera pronunciado esa frase —demasiado irreverente, demasiado irónica—, y menos en presencia del general, pero sin duda vale también para él. Quizá Sánchez Mazas no fue nunca más que un falso falangista, o si se quiere un falangista que sólo lo fue porque se sintió obligado a serlo, si es que todos los falangistas no fueron falsos y obligados falangistas, porque en el fondo nunca acabaron de creer del todo que su ideario fuera otra cosa que un expediente de urgencia en tiempos de confusión, un instrumento destinado a conseguir que algo cambie para que no cambie nada; quiero decir que, de no haber sido porque, como muchos de sus camaradas, sintió que una amenaza real se cernía sobre el sueño de beatitud burguesa de los suyos, Sánchez Mazas nunca se hubiera rebajado a meterse en política, ni se hubiera aplicado a forjar la llameante retórica de choque que debía enardecer hasta la victoria al pelotón de soldados encargados de salvar la civilización. Es un hecho que Sánchez Mazas identificaba con la civilización las seguridades, privilegios y jerarquías de los suyos, y a los falangistas con el pelotón de soldados de Spengler; también lo es que sentía el orgullo de haber formado parte de ese pelotón y, quizás, el derecho a descansar tras haber restaurado jerarquías, seguridades y privilegios. Por eso es dudoso que quisiera olvidar nada, y seguro que de nada se arrepentía”.
El cuarto prejuicio de Javier Cercas: pensar que los falangistas eran burgueses acomodados que se distinguían del resto de su clase social por atreverse a disparar contra quienes querían desposeerles de sus privilegios y que en realidad no creían en el programa social y revolucionario que defendían. Este argumento es el más utilizado por los miembros más sectarios de la izquierda para justificar el programa original de la Falange con los planteamientos erróneos que hoy se defienden sobre la España de la Segunda República.
Diría que, en el fondo, lo que desagrada a Javier Cercas y al resto de componentes de su ámbito ideológico es que las personas (y especialmente la juventud) haya estado históricamente más dispuesta a morir en la lucha por Dios, por España y por un nuevo orden social y económico (en el caso de Falange, la Revolución Nacional Sindicalista) que por defender una mentalidad buenista, “democrática” y por echar papeles en una urna electoral cada cuatro años. Si fueran un poco honestos intelectual e ideológicamente, hace mucho tiempo se habrían dado cuenta de que lo que ellos llaman “izquierda” es en realidad un “liberalismo social” que ha abandonado la idea de cambiar el sistema económico capitalista; porque la verdadera izquierda, la izquierda que agrupaba a miles de jóvenes dispuestos a morir por lo que se defendía en sus filas, era violenta y antidemocrática, algo que no se cambiará por muchas placas que coloquen en homenaje a los “caídos por defender la libertad y la democracia contra el fascismo”.

Finalmente, en lo que se refiere a la valoración que hizo de Sánchez Mazas, expongo lo que aparece en Soldados de Salamina: “O sea que, después de todo, es probable que Foxá tuviera razón: desde que acabó la guerra hasta su muerte, quizá Sánchez Mazas no fue esencialmente otra cosa que un millonario. Un millonario sin muchos millones, lánguido y un poco decadente, entregado a pasiones un tanto extravagantes —los relojes, la botánica, la magia, la astrología— y a la no menos extravagante pasión de la literatura. Vivía entre la casona de Coria, donde pasaba largas temporadas haciendo vie de château, el hotel Velázquez de Madrid y el chalet de la colonia del Viso, rodeado de gatos, losas de Italia, libros de viajes, cuadros españoles y grabados franceses, con un gran salón presidido por una chimenea francesa y un jardín saturado de rosales. Se levantaba hacia el mediodía y, después de comer, escribía hasta la hora de la cena; las noches, que a menudo se prolongaban hasta el amanecer, las dedicaba a la lectura. Salía poco de casa; fumaba mucho. Es probable que para entonces ya no creyera en nada. También lo es que, en su fuero interno, nunca en su vida haya creído en nada; y, menos que nada, en aquello que defendía o predicaba. Hizo política, pero en el fondo siempre la despreció. Exaltó viejos valores —la lealtad, el coraje—, pero ejerció la traición y la cobardía, y contribuyó como pocos al embrutecimiento que la retórica de Falange hizo de ellos; también exaltó viejas instituciones —la monarquía, la familia, la religión, la patria—, pero no movió un solo dedo para traer un rey a España, ignoró a su familia, de la que a menudo vivió separado, y hubiera cambiado todo el catolicismo por un solo canto de la Divina Commedia; en cuanto a la patria, bueno, la patria no se sabe lo que es, o es simplemente una excusa de la pillería o de la pereza. Quienes lo trataron en sus últimos años le recuerdan recordando con frecuencia los avatares de la guerra y el fusilamiento del Collell. «Es increíble lo que se aprende en esos pocos segundos de la ejecución», le dijo en 1959 a un periodista a quien sin embargo no reveló las enseñanzas que le había deparado la inminencia de la muerte. Quizá no era otra cosa que un superviviente, y por eso al final de su vida le gustaba imaginarse como un gran señor otoñal y fracasado, como alguien que, pudiendo haber hecho grandes cosas, no había hecho casi nada. «No he correspondido sino mediocremente a la esperanza y a la ayuda que he recibido», le confesó por esa época a González-Ruano, y años antes un personaje de “La vida nueva de Pedrito de Andía” parece hablar por boca de Sánchez Mazas cuando proclama en su lecho de muerte: «Nunca he podido acabar yo nada en este mundo». De hecho, fue de ese modo, melancólico y derrotado y sin futuro, como a él le gustó preverse desde muy pronto”.
(…)
“Seguía siendo católico, aunque sólo fuera de fachada, y también un rancio caballero. Siempre tuvo un genio impertinente, altanero, vidrioso y melancólico. Murió una noche de octubre de 1966, de un enfisema pulmonar; a sus funerales asistió poca gente. Dejó poco dinero y poca hacienda.
Fue un escritor malogrado y por eso no escribió —por eso y porque quizá no era digno de ello— una Epístola moral a Fabio. También fue el mejor de los escritores de la Falange: dejó un puñado de buenos poemas y un puñado de buenas prosas, que es mucho más de lo que casi cualquier escritor puede aspirar a dejar, pero también mucho menos de lo que exigía su talento, que siempre estuvo por encima de su obra. Dice Andrés Trapiello que, como tantos escritores falangistas, Sánchez Mazas ganó la guerra y perdió la historia de literatura. La frase es brillante y, en parte, cierta, o por lo menos lo fue, porque durante un tiempo Sánchez Mazas pagó con el olvido su brutal responsabilidad en una matanza brutal; pero también es cierto que, al ganar la guerra, quizá Sánchez Mazas se perdió a sí mismo como escritor: romántico al fin, acaso íntimamente juzgaba que toda victoria está contaminada de indignidad, y lo primero que advirtió en secreto al llegar al paraíso —aunque fuera aquel ilusorio paraíso burgués de ocio, cretona y pantuflas que, como un remedo menesteroso de los viejos privilegios, jerarquías y seguridades, se construyó en sus últimos años— fue que allí se podía vivir, pero no escribir, porque la escritura y la plenitud son incompatibles. Hoy poca gente se acuerda de él, y quizá lo merece”.
Las conclusiones de Javier Cercas en Soldados de Salamina fueron que Rafael Sánchez Mazas era uno de los mayores culpables de la Guerra Civil Española y que tenía talento para la literatura pero lo desperdició. Lo segundo, probablemente, será verdad; lo primero, en cambio, lo dudo y mucho. ¿Acaso los socialistas y los comunistas no llamaban abiertamente entonces a la “dictadura del proletariado” y contaban para ello con la ayuda de la “democrática” Unión Soviética y del “demócrata” Iosif Stalin?

En la tercera parte del libro, Javier Cercas aseguró haber encontrado al miliciano que perdonó la vida a Sánchez Mazas tras el fusilamiento del que éste escapó. La presumible conversación que tuvieron, recogida por el periodista, no tiene desperdicio, como tampoco lo tiene una de las reflexiones finales:
—Usted quería hablar sobre Sánchez Mazas, ¿verdad? —Asentí—. Decían que era un buen escritor. ¿Qué opina usted?
—Que era un buen escritor menor.
—Y eso qué quiere decir.
—Que era un buen escritor, pero no un gran escritor.
O sea que se puede ser un buen escritor siendo un grandísimo hijo de puta. Qué cosas, ¿verdad?
—¿Usted sabía que Sánchez Mazas estaba en el Collell?
—¡Claro! ¡Cómo no iba a saberlo, si era el pez más gordo! Lo sabíamos todos.
Todos habíamos oído hablar de Sánchez Mazas y sabíamos lo suficiente de él, o sea que por su culpa y por la de cuatro o cinco tipos como él había pasado lo que había pasado. No estoy seguro, pero me parece que, cuando él llegó al Collell, nosotros ya llevábamos unos días allí.
—Puede ser. Sánchez Mazas llegó sólo cinco días antes de que lo fusilaran. Antes me dijo que cruzó usted la frontera el treinta y uno de diciembre. El fusilamiento fue el treinta”.
(…)
“Reconocerá usted que, si alguien mereció que lo fusilaran entonces, ése fue Sánchez Mazas: si lo hubieran liquidado a tiempo, a él y a unos cuantos como él, quizá nos hubiéramos ahorrado la guerra, ¿no cree?
(…)
“Volví a ver a Miralles caminando con la bandera de la Francia libre por la arena infinita y ardiente de Libia, caminando hacia el oasis de Murzuch mientras la gente caminaba por esta plaza de Francia y por todas las plazas de Europa atendiendo a sus negocios, sin saber que su destino y el destino de la civilización de la que ellos habían abdicado pendía de que Miralles siguiera caminando hacia delante, siempre hacia delante. Entonces recordé a Sánchez Mazas y a José Antonio y se me ocurrió que quizá no andaban equivocados y que a última hora siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización. Pensé: «Lo que ni José Antonio ni Sánchez Mazas podían imaginar es que ni ellos ni nadie como ellos podría jamás integrar ese pelotón extremo, y en cambio iban a hacerlo cuatro moros y un negro y un tornero catalán que estaba allí por casualidad o mala suerte, y que se hubiera muerto de risa si alguien le hubiera dicho que estaba salvándonos a todos en aquel tiempo de oscuridad, y que quizá precisamente por eso, porque no imaginaba que en aquel momento la civilización pendía de él, estaba salvándola y salvándonos sin saber que su recompensa final iba a ser una habitación ignorada de una residencia para pobres en una ciudad tristísima de un país que ni siquiera era su país, y donde nadie salvo tal vez una monja sonriente y espigada, que no sabía que había estado en la guerra, lo echaría de menos»”.
(…)
“—Dígame una cosa. —Habló con la mano en el picaporte: la puerta estaba entreabierta—. ¿Para qué quería encontrar al soldado que salvó a Sánchez Mazas?
Sin dudarlo contesté:
—Para preguntarle qué pensó aquella mañana, en el bosque, después del fusilamiento, cuando le reconoció y le miró a los ojos. Para preguntarle qué vio en sus ojos.
Por qué le salvó, por qué no le delató, por qué no le mató.
—¿Por qué iba a matarlo?
—Porque en la guerra la gente se mata —dije—. Porque por culpa de Sánchez Mazas y por la de cuatro o cinco tipos como él había pasado lo que había pasado y ahora ese soldado emprendía un exilio sin regreso. Porque si alguien mereció que lo fusilaran ése fue Sánchez Mazas”.
La última conclusión que se deduce del trabajo de Javier Cercas: matar es horrible, pero si el muerto es de una ideología política contraria a la izquierda era porque se lo merecía.

Puedo entender que Javier Cercas dé prioridad, en su escala de valores y simpatías, a echar papeles cada cuatro años en las urnas antes que a proyectos históricos como la Patria (que para la gente como él se limita a ondear banderas y a desfilar) o a valores morales como el honor y la camaradería. Es demócrata y progresista, así que poco (más bien nada) va a entender de un movimiento que no es sólo una manera de pensar, sino también una forma de ser. Pero lo que no puede valorarse con buenos ojos, al menos por un falangista, es que interprete nuestra historia en base a sus prejuicios y a la visión actual que tiene de la política; por eso, me preocupan estos trabajos sobre los escritores falangistas escritos por la gente de la izquierda, ya que, por mucha buena documentación que tengan y por mucho que traten de no inmiscuir su valoración personal en el trabajo, tienden a ello.


No quiero terminar estas líneas sin hacer referencia a la batalla de la literatura. Es obvio que ésta siempre estará perdida por los falangistas mientras sea la izquierda (como también haría la derecha) la responsable de dictaminar quién es un buen escritor y quién no lo es; por eso, una novela que habla sobre un joven que asume su muerte por un ideal nunca obtendrá el reconocimiento de los “expertos” en literatura, algo que quedará reservado para novelas sobre drogas y homosexuales. Pero asumir esa realidad no me impide animar a todos aquellos que deseen expresar algo a que escriban lo que crean oportuno; ya que, por desgracia para ellos, la escritura es patrimonio de toda la Humanidad y no pueden restringir su uso a nadie. Y ojalá quiera Dios que llegue pronto el día en el que los amargados herederos del marxismo se vean despojados de esa superioridad moral que llevan tanto tiempo exhibiendo.

http://www.hispaniainfo.es/web/2013/10/11/los-prejuicios-progresistas-en-soldados-de-salamina/

http://tradiciondigital.es/2013/10/11/los-prejuicios-progresistas-en-soldados-de-salamina/


Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo y en el portal Tradición Digital el 11 de octubre de 2013

8 de octubre de 2013

Propuesta para colapsar Twitter el 12 de octubre



Recientemente hemos presenciado cómo la presentación de un libro sobre José Antonio Primo de Rivera se convertía en un éxito a raíz del desistimiento de una librería en Sevilla por albergar el acto. El boicot, surgido de un partido político marxista llamado Izquierda Anticapitalista, no hubiese conseguido su objetivo de anular el evento de no ser por la red social Twitter. Gracias a esa red social, los de Izquierda Anticapitalista lograron que en toda España se supiera de la existencia algo tan “peligroso” como la presentación de un libro sobre José Antonio y consiguieron la repercusión suficiente para que la librería cancelara el acto. Sin embargo, el tiro les salió por la culata y al final lograron que la presentación fuera un éxito en medio de una calle sevillana. La redacción de ABC en Sevilla y hasta el digital francés Le Noveau NH, entre otros, han sido algunos de los medios que han informado de lo sucedido. Varios han sido los agradecimientos jocosos a Izquierda Anticapitalista por su contribución, pero quizá hubiera que dedicar algunos más sinceros a Twitter.

Desde hace unos años, las redes sociales se han convertido en un auténtico filón para promover todas las reivindicaciones que se nos puedan ocurrir. Desde campañas pidiendo la marcha de Iker Casillas del Real Madrid (¿de dónde os pensabais que había salido un debate que nunca fue alimentado por los medios “oficiales” precisamente?) hasta protestas por el encarcelamiento de anarquistas y comunistas, Twitter se ha convertido en uno de los mejores lugares para defender o protestar contra algo, ya que a su gratuidad se une que millones de usuarios conectados pueden conocer y leer los comentarios que se viertan sobre una reivindicación en concreto.

Los falangistas, que históricamente hemos andado más escasos de medios de lo que muchos se creen, tenemos una buena oportunidad para que nuestras reivindicaciones lleguen a la población, especialmente a la gente más joven, de manera directa y gratuita. Está claro que la acción en Twitter o en cualquier red social nunca podrá sustituir a la militancia real, pero son medios que nos pueden permitir llegar a muchas personas con el único precio de perder algunas horas cada cierto tiempo y no podemos desaprovecharlos.

Para este próximo sábado 12 de octubre, Día de la Hispanidad, se está preparando en Twitter la consigna de #EspañaNoSeráDividida a partir de las 17:00 horas, con la intención de complementar a los actos en defensa de la unidad nacional de España que habrá ese día. Es evidente que no tendrá la misma repercusión que puedan tener las manifestaciones, pero una hipotética repercusión en una red social con tanto tirón como Twitter puede ayudar a expandir nuestra publicidad y nuestras consignas a personas que apenas saben nada de nuestra existencia y que en los medios “oficiales” sólo sabrían de nosotros por breves noticias de medio minuto o por reportajes tendenciosos y sensacionalistas.

Por la unidad, grandeza y libertad de España.
El próximo sábado 12 de octubre, a las 17:00 horas, tuitea #EspañaNoSeráDividida

¡Viva la unidad de España!

6 de octubre de 2013

Proyecto P: Capítulo 11



Enrique pasó el resto del verano muy solo en su casa; por más que llamaba al pueblo para pedir disculpas y para reiterar que entregaba el mando del hogar a su cónyuge, ella insistía en que prefería seguir allí. Sin embargo, a comienzos de septiembre regresó junto con su hija.
-          ¡Desde luego, Enrique, ya te vale!... –protestó su cónyuge nada más entrar por la puerta- ¿Se puede saber por qué no has limpiado?
-          ¡Porque soy un hombre y los hombres no tenemos ni idea de las labores del hogar! –se excusó Enrique, de rodillas, suplicando el perdón de ella- ¡Las mujeres sí que sabéis hacer de todo y muy bien!
Satisfecha en su orgullo de feminista, su cónyuge le pasó la mano por la cabeza como si de un perro se tratara y comenzó a sacar una considerable cantidad de latas y cajas de pizza que se encontraban debajo de un sofá.
-          ¿Has montado muchas fiestas en todo el tiempo que has estado solo o qué?
-          No, es que Ahmed bajó de vez en cuando y nos tomábamos unas cervezas (sin alcohol, por supuesto, porque debemos respetar sus costumbres y sus creencias) y aprovechábamos también para comer. Algunos días también se apuntó su hijo Assil… ¡Qué chaval más majo, no sabes cuánto me alegro ahora de que preñara a nuestra hija!
-          ¡Enrique, por favor, no digas eso! –le reprochó su cónyuge- ¡Sabes que lo bueno para la niña hubiese sido estudiar una carrera universitaria y ser ministra o sindicalista profesional!
-          ¡Por favor, Marisa, no me hagas reír! –le comentaba Enrique mientras buscaba en el armario unos pantalones- Sabes que los curas ésos del colegio donde estudia la suspenden por eso, porque son unos machistas que no quieren que las mujeres estudien y lleguen a ministras y a defensoras de los derechos de los trabajadores… ¡Pero si hasta están en contra de que aprendan a leer sólo para que no puedan saber de la existencia de los derechos sexuales y reproductivos! Por cierto, ¿qué has hecho en el pueblo en todo este tiempo?
-          He estado con la niña y con mi madre… ¡Ah, sí, y también he estado saliendo con mi vieja pandilla!
-          ¿Con quiénes?
-          ¿No te acuerdas? Fermín, el hijo del alcalde; Lorenzo, el hijo del médico; Francisca, la hija de la peluquera; María, la hija de la panadera; Esteban, el hijo del policía…
-          ¡Un momento! –protestó Enrique, interrumpiendo a su cónyuge- ¿Has vuelto a juntarte con esa manada de fascistas?
-          ¡No son fascistas, Enrique, madura de una vez! Son liberales.
-          ¡Y que no!... Si no están en nuestras filas, son fascistas; es como decir que dos más dos son cuatro.
-          A veces tienes la mente más cerrada que esos fascistas a los que tanto criticas, Enrique… Además, ¿no recuerdas que la Fernanda, cuando teníamos quince años, se acostó con casi todo el pueblo en el granero de sus abuelos?
-          ¡Vaya que me acuerdo! ¡Si fui yo el único gilipollas que no se aprovechó de eso!
Enrique supo que había metido la pata cuando vio la mirada que le lanzó su mujer. Tratando de cambiar la conversación, preguntó a su hija qué tal lo había pasado en el pueblo durante el verano.
-          Bien, muy bien –se limitó a decir la muchacha, que tecleaba sin parar en un teléfono móvil.
-          ¿Estás tan ocupada mandando mensajes a tus amigos que no puedes hablar con tu padre? –insistió Enrique.
-          Estoy hablando con mi novia.
Enrique se quedó estupefacto.
-          ¿Cómo? –preguntó a su hija.
-          Sí, Enrique, ahora a la niña le gustan las mujeres… -comentó su mujer mientras pasaba junto a ellos con unas cuantas camisetas sucias entre los brazos- La nieta de la Paquita, concretamente.
-          ¿Esa chica tan liberada de la que tan mal hablaba tu madre?
-          Sí.
Enrique, muy emocionado, abrazó a su hija con lágrimas en los ojos. Después, sin poder contener su felicidad, se asomó al balcón y gritó a pleno pulmón:
-          ¡Vecinos, mi hija es bollera!
-          ¡Qué bien! –exclamó una vecina muy progresista- ¡Ay, si Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo levantaran la cabeza, qué orgullosos se sentirían de la juventud de este país, tan progresista y democrática!
Muchos transeúntes, según Enrique unos anticuados, se le quedaron mirando como si estuvieran loco; otros, en cambio, hasta le aplaudieron. Pero Enrique reparó, cuando iba a meterse de nuevo en su casa, que una vecina, la que iba todos los domingos a misa, se le había quedado mirando.
-          ¡Eh, tú! –le gritó Enrique a la mujer, que estaba regando las plantas- ¡Jodete, fascista, que tengo una hija bollera!
Cuando Enrique consiguió su objetivo, que la mujer entrara de nuevo en su hogar con gesto de horror, escuchó el timbre de su hogar. Abrió la puerta y se encontró a su vecino Ahmed.
-          ¿Tu hija hacer tijereta? –le increpó Ahmed muy enojado- Como niño salir desviado, Ahmed denunciar a ti.
-          Ahmed, si fueras un español de raza blanca te diría que eres un intolerante al que habría que encerrar en la cárcel de por vida. Pero, como eres un inmigrante, diré que eres una bellísima persona y que respeto profundamente tus creencias.
Cuando Enrique cerró la puerta, se dirigió a su mujer diciendo:
-          ¿Y cómo se han tomado en el pueblo lo de la niña y la nieta de la Paquita?
-          El hermano de Fermín, que es el concejal de Igualdad, les hizo un homenaje por ser las primeras lesbianas del pueblo.
-          ¿Es de los nuestros viniendo de una familia franquista?
-          Es liberal, pero te repito que fuera de nuestro Partido hay mucha gente que defiende la igualdad y los derechos sociales y reproductivos.
-          Eso es mentira, sólo lo hacen para que la gente no les rechace. Pero da igual. No me puedo sentir más orgulloso de mi hija. ¿Qué padre progresista no querría tener una hija lesbiana y embarazada de un inmigrante?

El regreso de su cónyuge y su hija no fue lo único que rompió la monotonía del verano de Enrique. También le tocó volver al trabajo y lord APR le había destinado una primera misión muy interesante: educar a unos jóvenes agentes de policía y otros del Partido (previamente seleccionados por su sumisión al gobierno de lord APR) en el arte del debate ideológico. “Tú eres un gran orador, Enrique, enséñales todo lo que sabes”, le había dicho su jefe, recordando él esas palabras con mucho orgullo.
Los asistentes a la charla, un total de dieciséis jóvenes, entraron por una puerta cuyo cartel decía: “Argumentos y actitudes para ganar todos los debates”. Enrique entró por otra puerta, sin cartel, pensando que se le había requerido por ser una eminencia del mundo del debate y no por su condición de “demagogo simplista” (acusación que había recibido por parte de varios compañeros de trabajo, nada progresistas y envidiosos de sus cualidades, según él).
-          Buenos días, chavales –saludó Enrique a los chicos- Durante las dos próximas horas os enseñaré a ser unos demócratas y unos progresistas perfectos. Aunque parezca mentira, en este país quedan muchos retrógrados que se oponen a los avances sociales y al Estado del Bienestar que la izquierda ha conseguido. Yo voy a enseñaros como neutralizar sus absurdos argumentos, que carecen de lógica por mucha supuesta argumentación que digan tener.
Durante un largo rato, Enrique habló a los jóvenes de cómo debían comportarse y, sobre todo, de qué debían decir:
-          Neutralizar a un retrógrado es muy simple y puede hacerse con tres simples frases: “Eso no es democrático”, “Eres un fascista” (aunque podemos emplear muchos otros sinónimos: reaccionario, extremista, intolerante, etc) y “No tienes ni idea de lo que estás hablando, cállate porque estás haciendo el ridículo”. Y esas tres frases os sirven para cualquier situación. A ver, tú. ¿Qué le dirías a una mujer que te dice que el aborto es un crimen?
-          Por lo que usted dice, tendría que responderle algo así como “Eres una anticuada que no tiene ni idea” –respondió un joven al que había preguntado Enrique- ¿Me equivoco?
-          ¡No, no, aciertas! A ver, ¿y si os dicen que la culpa de la crisis económica es del gobierno del Gran ZP?
-          ¿”Eres un fascista”? –comentó otro chico.
-          ¡En efecto, así es! –respondió Enrique muy satisfecho- ¡Vaya, lo habéis cogido todo a la primera! Creo que vais a ser unos agitadores muy buenos, en el caso de los universitarios; y unos guardianes del progreso y la democracia, dignos de la mejor checa soviética y cubana, en el caso de los agentes de la autoridad.
Enrique abandonó la charla muy contento, estaba convencido de que lo había explicado todo muy bien; no obstante, nada más poner un pie fuera de la habitación, un chico se dirigió así hacia los demás:
-          ¿Vosotros os creéis lo que ha dicho este tío?
-          ¡Ni de coña! –respondió uno- La política es un negocio y una carrera profesional.
-          Creo que estáis equivocados –dijo otro- Yo creo que se ha comportado así para mostrarnos cómo debemos actuar de cara al público para ser aceptados por la gente. Nadie con dos dedos de frente puede creerse esas chorradas.
-          Pues yo creo que él sí.
-          Que se crea lo que quiera… A mí, mientras todas esas gilipolleces me sirvan para engañar a la gente, escalar puestos en la jerarquía y vivir a costa del contribuyente, me basta.


Cuando terminó su charla, Enrique visitó el piso franco donde el Proyecto P diseñaba su proyecto de sociedad democrática y progresista. Allí ya se encontraba Biby “La Miembra”, que se había encargado durante el verano de revisar los contenidos de los libros de Educación para la Ciudadanía Progresista y Democrática; y, en su opinión, los contenidos eran excelentes pero echaba en falta una guía final sobre los mejores destinos turísticos para que las mujeres pudieran hacer uso de sus derechos sexuales. Tras informarse sobre las novedades y problemas de turno, Enrique anunció a los presentes que se volvía a su casa antes de la hora de salida: quería jugar con su cónyuge a los milicianos del Frente Popular.