28 de enero de 2014

El régimen constitucional ha iniciado su regeneración



Si el movimiento ciudadano 15M supuso un terremoto en la izquierda, Vox tiene visos de convertirse en su exacta contraréplica en la derecha”. Así define Mariano Gasparet, columnista de El Mundo, a la irrupción de VOX en la política española después de que referentes como Santiago Abascal y Alejo Vidal Quadras (aunque lo de éste último haya sido después de la publicación del artículo de Gasparet) abandonen el Partido Popular porque, en su opinión y en la de otros militantes, “ya no es lo que era”.

Hace años hubo quien creyó que el movimiento 15M pretendía unir a todos los que se opusieran a las estructuras del poder actual:
Somos personas normales y corrientes. Somos como tú: gente que se levanta por las mañanas para estudiar, para trabajar o para buscar trabajo, gente que tiene familia y amigos. Gente que trabaja duro todos los días para vivir y dar un futuro mejor a los que nos rodean.
Unos nos consideramos más progresistas, otros más conservadores. Unos creyentes, otros no. Unos tenemos ideologías bien definidas, otros nos consideramos apolíticos… Pero todos estamos preocupados e indignados por el panorama político, económico y social que vemos a nuestro alrededor. Por la corrupción de los políticos, empresarios, banqueros… Por la indefensión del ciudadano de a pie
El manifiesto que publicó Democracia Real Ya el 15 de mayo de 2011 prometía una postura transversal que agrupara a las personas con independencia de sus ideas, pero al final terminó confirmándose como otro reducto más de la izquierda. Y ahí desapareció esa propuesta de alternativa al régimen político actual.

La repercusión de VOX es fruto de la ausencia de proyectos políticos que hasta ahora disputaran al Partido Popular “su” electorado. Mientras que en el Partido Socialista llevan ya algunos años conviviendo con la organización fundada por una de sus antiguas referencias (Unión, Progreso y Democracia de Rosa Díez), además del futuro escollo que pueden encontrar si Albert Rivera expande con éxito Ciudadanos al resto de España; los del Partido Popular, en cambio, se habían podido permitir el lujo de mentir descaradamente en sus posturas en temas sobre el aborto y la unidad nacional (o al menos de actuar ambiguamente pero dando a entender lo que su electorado quería creer) sin que ninguna otra formación obtuviera resultados electorales de ese descontento.
Aunque, por otra parte, hoy tiene poco sentido hablar de “electorados”. Vivimos en una sociedad plenamente incrustada en una economía capitalista y donde la única diferencia real entre los grandes partidos en este punto está en una mayor o menor intervención del Estado en la sociedad. Y las grandes movilizaciones (contra las leyes abortistas, contra la puesta en libertad de los criminales, en defensa de la unidad nacional o en oposición a los recortes sociales en Sanidad y Educación) ya no son lideradas exclusivamente por los partidos políticos, sino por asociaciones e iniciativas de la “sociedad civil”. Por otra parte, la militancia de liberales progresistas en el Partido Popular y el rechazo de un partido de la izquierda “oficial” al separatismo (aunque sólo sea dentro del marco constitucional) han terminado de destruir la absurda división en izquierdas y en derechas que quedó obsoleta a comienzos del pasado siglo XX, porque la defensa del aborto ya no se limita sólo a la socialdemocracia ni los conservadores son los únicos que apelan hoy a la Constitución Española de 1978 para oponerse al secesionismo.
Realmente, cuando se habla de electorados, más que de “electorados de derecha” o “electorados de izquierda” convendría hablar de “electorados partidarios del régimen” y de “electorados opositores al régimen”. A su vez, entre los “electorados opositores al régimen” nos encontraríamos posturas irreconciliables y enemigas (algo similar a lo que sucede entre los “electorados partidarios del régimen”, aunque éstos sí puedan cohabitar con tranquilidad dentro de los parlamentos).

Valorándolos desde la base del cambio de régimen político, tanto la nueva formación VOX como Unión, Progreso y Democracia (y Ciudadanos) son la continuación del régimen constitucional de 1978 y no buscan ningún cambio radical, sino sustituir los puestos que ahora ocupan el Partido Popular y el Partido Socialista.
Las palabras de Cristina Seguí, portavoz de VOX en la Comunidad Valenciana, no dejan duda sobre los pilares ideológicos del nuevo partido a la derecha del Partido Popular: “Somos liberales y nos sentimos herederos de todas las fuerzas políticas que han posibilitado la transición hasta la democracia desde 1812”.  De la misma manera, Unión, Progreso y Democracia ha utilizado unos argumentos similares a los del Partido Socialista para criticar la reforma de la Ley del Aborto.


El régimen constitucional de 1978 parece haber iniciado su regeneración. VOX por la derecha y Ciudadanos y Unión, Progreso y Democracia por la izquierda han comenzado el camino de cambiar a los protagonistas de la escena política para que no cambie el régimen. Las elecciones de este año al Parlamento Europeo nos permitirán comprobar cómo de real es el apoyo y seguimiento de la sociedad española a esos partidos. Pero no son suficiente, porque el problema de España no es simplemente de cargos o de partidos, sino moral e histórico. España no necesita una regeneración del régimen constitucional, sino una revolución que elimine de una vez por todas a la oligarquía política y económica que se oculta tras la Jefatura de Estado representada por Juan Carlos de Borbón. Y ese día llegará, porque nada es para siempre y menos la vida de un ser humano, por muy Jefe de Estado que sea.

25 de enero de 2014

Qué interesará de las próximas elecciones al Parlamento Europeo



Las elecciones al Parlamento Europeo acostumbran a ser el patito feo de la democracia liberal. Si a la mayoría de nuestros compatriotas les interesa muy poco o nada todo lo que tenga que ver con la política en general (a excepción de lo relacionado con los recortes sociales o las subidas de impuestos), hasta hace poco era imposible que se interesaran por unos comicios de los que salían elegidos unos cargos cuya labor fuera de nuestras fronteras es poco conocida. Pero todo ha cambiado desde que los “señores de negro”, es decir, esa coalición conocida como la “troika” y formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, han cogido la costumbre de visitar nuestro país para comprobar que esa jerga macroeconómica que desconocemos la mayoría de los españoles se cumple al pie de la letra; y no precisamente porque los españoles no nos creamos las optimistas previsiones de los “señores de negro” (algo normal cuando el porcentaje de desempleo sigue cerca de los seis millones a pesar de todos los compatriotas nuestros que se han visto forzados a emigrar).

Desde la entrada de España en la Unión Europea, a mediados de los ochenta del siglo pasado, nuestro país no ha dejado de perder soberanía. Ante eso, siempre nos presentan el tan usado argumento del dinero recibido (dinero que, de una forma u otra, hemos tenido que devolver con el paso de los años porque todos los países miembros de la Unión Europea tienen que aportar económicamente). La integración en la Unión Europea sólo ha conducido a las naciones (incluida Alemania) a ponerse al servicio del capitalismo internacional, en el caso español como local de alterne. Nuestro país se ha convertido en el paraíso de recreo de las juventudes vecinas, que visitan nuestras costas como si lo que pasara en España de aquí no saliera y aprovechan para meterse en el cuerpo toda la droga y todo el alcohol que les quepa. Aunque últimamente nuestro rol dentro de la Unión Europea ha cambiado: del chiringuito inicial hemos pasado a ser uno de los principales exportadores de mano de obra (muy cualificada en algunos casos).

La pérdida de soberanía ha provocado que caigamos en una situación que perfectamente podría definirse como colonial. Nos gobiernan unos tipos que tienen obligación de obedecer a lo que les indican unos “expertos” llegados del extranjero (aunque tienen la “consideración” de dejarnos decidir cada cuatro años quién se encarga de vender nuestra soberanía a los grandes capitales privados). La pobreza se expande y los comedores sociales de Cáritas y las iniciativas particulares se ven desbordados ante el aumento de personas necesitadas de alimentos y ropa. Las entidades bancarias, las que más se han enriquecido últimamente con la miseria del pueblo español, tienen la poca vergüenza de dejar en la calle a muchas familias que no pueden pagar sus hipotecas y encima les culpan de haber solicitado créditos que no podían pagar. Un representante del Estado español (para nuestra desgracia) hace una gira internacional en busca de apoyos que hablen bien de la secesión que quiere promover en ese mismo Estado al que representa y al que no ha dudado en pedir dinero a causa de la ruina a la que ha conducido a la Comunidad Autónoma que preside. Parece mentira pero, desde que estamos en la Unión Europea, la situación de España se ha acercado más a la que tristemente padecen los países africanos y sudamericanos que a la visión idílica que nos vendieron de Europa.

Gobernados por caciques de pacotilla, por sinvergüenzas y por usureros. Ésa es la actual situación de España. Y todo eso viene de la Unión Europea. Pero a los españoles no les van a resultar interesantes por eso los comicios de este año. Las próximas elecciones al Parlamento Europeo serán las primeras que habrá en España tras la aplastante victoria electoral del Partido Popular en las elecciones generales de 2011. Tras dos años y medio de medidas impopulares, sin recuperación económica y con sucesos que día tras día avergonzaban a toda la nación, la próxima cita electoral va a resultar más importante de lo que parece no sólo para el Gobierno (que podrá comprobar cuánto de real es su caída de popularidad) sino también para las principales formaciones de la oposición (el Partido Socialista querrá comprobar si los españoles vuelven a darle su apoyo ante la impopularidad del Gobierno, mientras que Izquierda Unida y Unión, Progreso y Democracia aprovecharán para saber si las expectativas de crecimiento que se les han dado en los últimos meses son reales o sólo rumores). Las elecciones al Parlamento Europeo también van a ser una cita importante para VOX (el nuevo “patriotismo liberal y constitucional” que busca ser lo que muchos del Partido Popular quieren que hubiese sido éste) y Ciudadanos.
Pero una cosa debe quedar muy clara: que los españoles se interesen más por los comicios europeos de este año en comparación con otros no significa que la asistencia a las urnas vaya a ser masiva; simplemente, el hastío de la situación económica, el mínimo interés que generan las citas electorales por estar machaconamente en todos los medios de comunicación y el escepticismo que comienza a aumentar hacia la Unión Europea y sus instituciones va a permitir que los españoles presten un poco más de atención a las elecciones de este año, aunque por ahora es complicado que la participación vaya a superar el 60% cuando la abstención de 2009 alcanzó el 55%.

Nadie duda de cómo van a enfocar los principales partidos políticos sus campañas. El Partido Popular querrá hacernos creer que la economía se recuperará pronto, el Partido Socialista se proclamará el único defensor del Estado del Bienestar, VOX tenderá la mano a los votantes descontentos del Partido Popular, Izquierda Unida clamará contra el bipartidismo y se presentará como la alternativa al régimen político actual… Nada nuevo.
¿Y qué será de quienes aspiramos a implantar otro sistema? Las opciones de obtener representación son nulas. La barrera de los 400000 votos nunca la hemos superado ni yendo en coalición con otras organizaciones. Para los que estamos fuera del sistema estas elecciones sólo sirven para hacer campaña electoral y aprovechar el momentáneo interés del español medio por la política para que sepa de la existencia de nosotros y de nuestras propuestas. Y sólo una cosa podría diferenciarnos del resto de los discursos políticos: hablar en clave europea. Lo único que podemos ofrecer a los españoles es que, mientras los políticos profesionales hablan de lo honrados que son en su partido y lo malos que son en los demás, nosotros verdaderamente queremos un nuevo orden en todos los sentidos; que, mientras ellos aceptan gustosamente la Europa de los mercaderes y de los usureros, nosotros no podemos aceptar otra hermandad europea que no sea la Europa de las patrias y de las personas. Como perdamos el tiempo con un discurso que no es nuestro ni nos interesa (“hay que salvar la democracia”, “este sistema no es una democracia de verdad”, “están destruyendo las conquistas sociales que se han logrado en los últimos treinta años”, y todas las etcéteras que se nos puedan ocurrir) volveremos a hacer el ridículo ante nuestros compatriotas y seguiremos sin que nadie nos tome en serio.

La Europa de las patrias y de las personas, un continente donde los vínculos y acuerdos entre las naciones vengan acompañados de la soberanía política y económica en lugar de la cesión de las competencias; un marco en el que se defienda y respete el modelo tradicional de familia formado por hombre y mujer; un entorno en el que los negocios sucios (prostitución, aborto, usura) no tengan sitio y sean castigados con la prisión que merecen; un mundo en el que los valores morales y nacionales no sean despreciados ni motivo de mofa… ¿Es que el proyecto de otra Europa, más justa y libre para todas las naciones que la integran, no es mucho mejor que estar mendigando cariño y suplicando perdón a los corruptos y sinvergüenzas que han llevado a nuestros países a la ruina, a la miseria y a la dependencia de los grandes capitalistas? Por desgracia, los españoles contaremos con varias opciones entre las que elegir a la hora de votar (por un lado está la coalición entre Alternativa Española, Partido Familia y Vida y la Comunión Tradicionalista Carlista; por otra parte, las organizaciones de La España en Marcha anunciaron su intención de acudir a estas elecciones; y todavía seguimos a la espera de conocer los pasos que darán otras organizaciones como Unidad y Falange Española de las JONS); por otra parte, los detractores del régimen vigente no van a tener excusas con las que justificar los “votos útiles”. Con un Partido Popular que ha dejado en la calle a numerosos terroristas, con Ciudadanos criticando la nueva ley abortista por “reaccionaria” y con los de VOX protestando por el poco liberalismo económico que hay en España, el “voto útil” ya no esconde más que la negativa a cambiar el orden político y económico que sufre nuestro país desde hace décadas.


El resultado de las próximas elecciones al Parlamento Europeo no hace falta decirlo. Las fuerzas políticas del régimen constitucional conseguirán sus representantes y mandarán a su gente a Bruselas a fortalecer a la banca privada y a las multinacionales beneficiadas por la Unión Europea. Pero, aunque sea electoralmente, tenemos la posibilidad de no dar nuestro consentimiento a un orden que ha provocado la emigración forzosa de muchos de nuestros compatriotas al tiempo que nos ha convertido en un burdel. Entre la Europa de los usureros y la Europa de las patrias, tengo muy claro a cuál debo apoyar.

http://www.hispaniainfo.es/web/2014/01/24/articulo-que-interesara-de-las-proximas-elecciones-al-parlamento-europeo/

http://tradiciondigital.es/2014/01/24/que-interesara-de-las-proximas-elecciones-al-parlamento-europeo%E2%80%8F/

Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo y en el portal Tradición Digital el 24 de enero de 2014

24 de enero de 2014

¿Ha entregado moralmente Marine Le Pen el Frente Nacional al demoliberalismo?



Yo no apoyaría una ley similar en Francia”, ha asegurado recientemente Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional francés, sobre el nuevo proyecto abortista que preparan el Partido Popular y Alberto Ruiz Gallardón en España. Estas palabras han sido recogidas en nuestro país con sumo agrado por medios progresistas como Público y El Plural, que han visto rota su monotonía de tildar de “franquista” y “ultra” a todo lo que no sea aborto libre al ver cómo lo que ellos llaman despectivamente “ultraderecha” (o al menos la “ultraderecha” más mediática) no apoya el proyecto del Gobierno español. No obstante, también tuvieron su momento de excitación cuando Jean Marie Le Pen, el presidente de honor y padre de la actual dirigente del Frente Nacional, mostró su apoyo a la reforma del aborto que ha propuesto el Partido Popular: de una forma u otra, los Le Pen han conseguido que el progresismo español más afín a la cultura de la muerte tenga un par de titulares sensacionalistas que ofrecer a sus más fieles lectores durante los últimos días.

El aborto es uno de los más despreciables crímenes que se cometen en la sociedad actual; eso sí, de manera “democrática”, por el visto bueno que le conceden los votantes en los comicios electorales cada vez que apoyan a partidos políticos que llevan esa práctica criminal en su programa, y disfrazado de “derecho social”. A pesar de lo que digan esos “filántropos” que ensalzan a la democracia liberal como el mejor de los sistemas políticos que jamás haya habido y habrá, no se puede defender la justicia para todos los hombres cuando se excluye a los seres humanos más indefensos de la protección del resto de la sociedad, legitimándose su aniquilación sólo por las circunstancias en que han sido engendrados; como tampoco se pueden denunciar los negocios ilícitos y la corrupción de la clase política profesional y de la economía privada cuando al mismo tiempo se apoya un negocio millonario, que se lucra con la desesperación de los sectores más desfavorecidos de la sociedad y con el dinero de los más frívolos y materialistas.

Todas las fuerzas políticas importantes de las democracias liberales son abortistas en mayor o menor medida, tanto si defienden el aborto libre como si sólo apoyan una serie de casos en los que consideran “legítimo” el asesinato de los no nacidos. El Frente Nacional francés parecía ser una de esas organizaciones políticas que, aun estando dentro del sistema demoliberal, aspiraba a cambiarlo radicalmente en todos sus aspectos, pero finalmente no ha sido así. Las palabras de Marine Le Pen terminan de convertir al Frente Nacional en una organización más dentro del panorama político francés. Apoyando que el aborto continúe estando legalizado en algunos casos, ¿en qué se diferencia el Frente Nacional de la Unión por un Movimiento Popular? Y teniendo en cuenta que los grandes partidos políticos franceses se han visto obligados a aplicar ellos mismos las medidas restrictivas contra la inmigración (el punto fuerte que marcaba la diferencia del Frente Nacional con los políticos demoliberales) por temor al auge del Frente Nacional, ¿qué van a ofrecer Marine Le Pen y sus militantes a los franceses que no vayan a darles el Partido Socialista o la mencionada Unión por un Movimiento Popular? En resumen: si el Frente Nacional asume como propios algo tan típico del demoliberalismo como el laicismo y la permanencia del aborto, ¿puede ofrecer algo radicalmente positivo y esperanzador a todos aquellos compatriotas que desean una nueva sociedad edificada sobre unos valores distintos a los del relativismo moral promovido por la masonería?


Todavía es pronto para saber si esas declaraciones despertarán alguna reacción de protesta en el seno del Frente Nacional. Pero ojalá Marine Le Pen rectifique sus palabras y aspire a que el Frente Nacional encabece la revuelta y el cambio a una sociedad mejor para todos los franceses, donde el vil asesinato del aborto no tenga sitio; si no, los franceses que se manifestaron masivamente contra las leyes partidarias del “matrimonio homosexual” y del aborto se encontrarán igual que los provida españoles, huérfanos de una organización política con repercusión mediática que defienda sus valores y sus principios morales (porque organizaciones políticas minoritarias y que verdaderamente se opongan al aborto en todos sus casos existen varias en España, sólo que a los medios de comunicación y a los grandes partidos políticos no les interesa que se sepa).

12 de enero de 2014

De camisa vieja a chaqueta nueva



De camisa vieja a chaqueta nueva es una película estrenada en 1982 y basada en la novela homónima del escritor falangista Fernando Vizcaíno Casas publicada en 1976. Narra la trayectoria política de Manolo, una alegoría de los muchos personajes que se enriquecieron en España durante el franquismo para posteriormente alabar y defender al nuevo régimen político surgido de la Constitución de 1978.

Al comienzo de la película, Manolo es un falangista germanófilo que acaba de llegar a Madrid para trabajar de censor. Le gusta presumir de que la moral del nuevo Estado depende de gente como él mientras mantiene un idilio con una mujer casada y aprovecha su cargo para hacer algún negocio con un tipo, Alfonso, que conoce nada más llegar a la capital. Pero todo cambia cuando la Alemania de Hitler es derrotada por las tropas aliadas de los Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética y a Manolo le toca retirar el retrato de Hitler que tenía en su despacho y cambiar su discurso de admiración a la Alemania nacionalsocialista por la crítica a su modelo político. También rompe con su amante adúltera, ya que eso está a punto de perjudicar un nuevo trabajo para él en la Administración Pública.
A Manolo le hacen Director General de Explotaciones Forestales y Piscícolas, un sector del que no sabe nada pero que desempeña gustosamente entre mariscadas con su amigo Alfonso. Mientras se encuentra de chanchullos con Alfonso en Galicia conoce a Carmen y termina casándose con ella, lo que no impedirá que siga echando el ojo a otras mujeres (eso sí, él seguirá siendo un acérrimo de los principios que defiende el Movimiento Nacional). Del Manolo filonazi ya no queda nada; es más, se ha vuelto partidario de la alianza del régimen franquista con los Estados Unidos y se acerca al entorno del Opus Dei, convirtiéndose después en uno de esos “monárquicos de toda la vida” cuando el Caudillo nombra heredero al trono a Juan Carlos de Borbón.
Procurador en Cortes, Director y Consejero del Banco Nacional de Crédito, empresario… Manolo, sin tener idea de nada, termina siendo un millonario con una bella esposa y dos hijos. También ocupa algunos cargos dentro del Sindicato Vertical, uno de los cuales le llegó al instante de haber dicho que el tiempo de la Falange ya había pasado y que la camisa azul ya no era necesaria (aunque no tiene problemas en “agenciarse” una porque eso es lo que debía mostrarse en el Sindicato Vertical).
Cuando decide dejar la política y centrarse en los negocios, Manolo se encuentra con una esposa molesta por no haber atendido a la familia, con una hija rebelde que sale con un hombre divorciado mucho mayor que ella y con un hijo que se interesa por los ideales falangistas que él aseguró defender en el pasado. Pero la política no termina para él ahí y acaba formando parte del Partido Comunista de España por “ver la luz” tras los cuarenta años que España llevaba padeciendo la “falta de libertad”.

Cada personaje representa a los diversos tipos de personas que abundaron en España durante el franquismo.
Manolo representa a los políticos arribistas, los que sin problemas pasaron del filonazismo al atlantismo, al demoliberalismo e incluso al marxismo. A lo largo de la película se ve cómo va cambiando las ideas que dice defender (lo que se manifiesta en los retratos que va retirando de su despacho y de su casa) y cómo se aferra a seguir en los cargos políticos y empresariales aunque no tenga ni idea de cuál es su labor. Esto se ve especialmente cuando se le muestra como un farsante que pone excusas para no haberse alistado en la División Azul (con “mucho dolor”, según él) y como un hipócrita que habla de la familia cristiana e indisoluble como pilar de la sociedad mientras se acuesta con una mujer casada. Siempre a su lado estará Alfonso, caracterizado como el especulador que gusta de contar el apoyo y la influencia de un amigo político con el que hacer negocios.
Por el contrario, Enrique representa a los numerosos falangistas que creyeron en la Revolución Nacional que prometía el Estado del 18 de Julio. Combatiente en la Guerra Civil y en la División Azul, Enrique termina siendo representante sindical y rechaza un cargo político que le ofrece Manolo porque ese mundo le repugna y él sigue creyendo en la doctrina de José Antonio. Al final de la película, se hace entender que Enrique forma parte de los falangistas abiertamente detractores de lo que ha sido el franquismo (diría que concretamente de Falange Española de las JONS Auténtica, por la referencia a la retirada de yugos y flechas de los pueblos por parte de los falangistas), a los que se ha unido el hijo de Manolo (quien no tiene reparos en reprochar a su padre que nunca llevaran a la práctica el falangismo).
En la película también hay referencias al sacerdote José María Llanos, representado por el sacerdote que pasa de decir que “el comunismo es intrínsecamente perverso” a achacar esas palabras a “errores de juventud” y a formar parte del sindicalismo comunista; a Felipe González, en un tipo que aparece en una reunión y que con un inconfundible acento andaluz asegura contar con los marcos de la socialdemocracia alemana; y a los artistas que, aun cobrando buen dinero y gozando de éxito en su trabajo, se sentían “oprimidos” por tener que hacer determinadas interpretaciones.

En una ocasión me comentaron que Fernando Vizcaíno Casas se había adelantado en muchos años a lo que sucede hoy. Viendo al asesor comunista de Manolo y Alfonso comer en un restaurante de lujo y hablar de destruir los privilegios de clase mientras pide un vino carísimo, no hay duda de que ya nos avisó de lo que nos esperaba a los españoles con los “sindicalistas” de Unión General de Trabajadores y Comisiones Obreras con sus dirigentes a la cabeza. El caso es que la sátira que se hace de los arribistas y de los oportunistas de todo pelaje es magistral.
Por otra parte, me llamó la atención que en la película, concretamente en la conversación final entre padre e hijo, se hiciera un guiño a la disidencia falangista. El hijo de Manolo le dice a su padre que José Antonio nunca fue fascista y que Enrique es un don nadie pero un tipo honrado que siempre ha creído en sus ideales y ha luchado por ellos. No hay duda de que las palabras del hijo de Manolo son ciertas, pero sigue sorprendiéndome que la crítica a los arribistas fuera más allá de señalarles como traidores por renegar del franquismo, más que nada por la fama “franquista” del autor de la novela original y del guión. Me hubiese parecido más comprensible y lógico que un guión de un autor con esa fama ensalzara como falangista ejemplares a gente como Raimundo Fernández Cuesta y José Antonio Girón de Velasco.


La película es recomendable a todo el mundo, pero especialmente al Jefe de Estado actual que reina pero no gobierna en España. No hay duda de que muchos de sus ahora partidarios (conservadores y “gente de orden” de la órbita del Partido Popular) serán “republicanos de toda la vida” o simplemente detractores suyos el día en el que la monarquía de 1978 desaparezca de la vida de los españoles. Y una actitud similar es achacable a los comunistas y a los socialistas. Ya no tienen ningún problema en mostrar la bandera tricolor, a pesar de que en la Transición se manifestaban con la bandera rojigualda, pero por ahora sólo se atreven a pedir un referéndum sobre el futuro de la institución monárquica. Todo parece indicar que los futuros arribistas, quienes serán antaño partidarios del régimen constitucional de 1978, hoy están representados por gaviotas, puños con rosas y banderas tricolores; porque los aprovechados y los sinvergüenzas no entienden de ideologías políticas o de épocas históricas, sino de dinero

http://www.hispaniainfo.es/web/2014/01/12/de-camisa-vieja-a-chaqueta-nueva/

http://tradiciondigital.es/2014/01/13/de-camisa-vieja-a-chaqueta-nueva/

Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo el 12 de enero de 2014 y en el portal Tradición Digital el 13 de enero de 2014

3 de enero de 2014

Joan Boada o el repetitivo y falso discurso de la izquierda



No conocía la existencia de Joan Boada hasta que he leído a mediodía su último artículo en El País, que lleva el título de “Gobierno autoritario”. Su obsesión por identificar franquismo, Iglesia Católica y Partido Popular como lo mismo están, sin duda, en sintonía con uno de los medios progres por excelencia y, por desgracia, con una buena parte de los españoles. Lo peor de todo es comprobar que uno de los diarios con más seguimiento en el ámbito nacional deja espacio en sus columnas a un antiespañol como Joan Boada, porque no se puede denominar de otra manera a alguien que ha sido diputado por una formación “ecosocialista” y partidaria de la secesión de Cataluña. Pero esa siniestra complicidad entre izquierda, secesionismo, progresismo y democracia daría para muchos otros artículos…

Pero hay un mérito que sí debemos reconocer a Joan Boada: el sentido del humor.
El primer párrafo del artículo al que hago referencia ya comienza fuerte, dándonos a entender cuál va a ser la tónica general del resto: “A menudo nos preguntamos por qué no existe en España una extrema derecha como en el resto de Europa, con sus característicos perfiles de xenofobia, racismo, autoritarismo, imposición de la moral católica, nacionalismo y desprecio de la sociedad organizada. En estos momentos de crisis estos partidos están cosechando votos de aquellos que buscan una salida de la crisis sin importarles cómo, buscando algún referente o líder que les prometa que con él o ella alcanzaran el paraíso”.  Lo llamativo es que él, como “ecosocialista”, no es el más adecuado para reprochar a otros que prometan paraísos. ¿Qué lleva haciendo, si no, el socialismo marxista y sus derivados desde el siglo XIX? Incluso los defensores del actual Estado del Bienestar (donde están los “ecosocialistas”) proponen un paraíso terrenal en el que la estructura del sistema capitalista se mantiene intacta (es decir, siguen existiendo trabajadores que venden su trabajo y empresarios que lo compran) a cambio de que el Estado subsane las diferencias económicas entre las clases sociales y alivie los problemas de quienes carecen de los recursos suficientes.
Pero las líneas anteriores, repito, sólo eran el comienzo. Aquí continúa, en línea ascendente, la identificación entre Partido Popular y “extrema derecha”: “No nos engañemos, esta extrema derecha existe y la representa el PP. Sus políticas tienen que contentar a sus variopintos acólitos: la derecha fascista; la oligarquía económica y financiera, que esperan como buitres el descuartizamiento del Estado del bienestar para sacar tajada; la jerarquía eclesiástica católica, que quiere imponer su moral al estilo del nacional catolicismo, y mucha gente que les dio la mayoría absoluta. Todo ello sumado a una corrupción política y empresarial que asuela todo el territorio hispano”. Según Joan Boada, en el Partido Popular existe un sector de “derecha fascista”; y me sorprende que lo diga alguien que al final de sus artículos asegura ser profesor de Historia. ¿No sabe que entre los primeros dirigentes del fascismo se encontraban antiguos militantes del Partido Socialista Italiano? ¿No se ha dado cuenta de que ellos (los “ecosocialistas” y demás vástagos del marxismo) comparten con el fascismo la idea de que el Estado tiene que ser partícipe en la vida de la sociedad y educarla en los valores que representa? Si el Partido Popular fuese realmente “fascista”, en lugar de tender a la privatización de la enseñanza presenciaríamos el fenómeno contrario, ya que el modelo de Estado del fascismo era más partidario de acaparar competencias que de dejar en manos privadas algo tan importante para controlar a la sociedad como la Educación.
La manera que tiene de describir a la Iglesia Católica es la habitual en su ámbito ideológico y no tiene nada de destacable, pero no sucede lo mismo con sus referencias a la clase política y empresarial. ¿Acaso esa oligarquía no cuenta con el apoyo y sumisión de la misma clase política de la que él forma parte? La mejor prueba está en la defensa que hace del Estado del Bienestar. Dando por sabido que las políticas sociales del Estado demoliberal son sólo un medio para camuflar las desigualdades económicas que provoca el sistema capitalista, si Joan Boada y su gente realmente quisieran acabar con el capitalismo, denunciarían lo que es realmente el Estado del Bienestar y no lo defenderían para ocultar el verdadero problema. Porque no niego que hace referencia al “capitalismo salvaje” cuando habla de la Reforma Laboral que hizo el Partido Popular, pero lo hace con un término despectivo que desvía la atención del problema, dando a entender que el problema es un mal uso del capitalismo y no el capitalismo como tal.
Y, por si no hubiese quedado claro, vuelve a insistir en su idea antes de terminar el artículo: “Miedo, represión, machismo, paternalismo, corrupción y autoritarismo son algunas de las características de las políticas del PP y son también las señas de identidad de la extrema derecha”. Si quitáramos las referencias al Partido Popular y a la “extrema derecha”, cualquiera podría pensar que lo escrito va dirigido a cualquier régimen comunista de eso que tanto gustan al progre medio. Los comunistas saben más que nadie de represión, corrupción y autoritarismo (o más bien totalitarismo, en el sentido más negativo que nos podamos imaginar); y la Historia de España nos ha permitido saber que a los socialistas no les gustó la idea de que las mujeres pudieran votar cuando no estaban seguros de que les fueran a apoyar a ellos.
El artículo terminaba (como no podía ser de otra manera) con los habituales halagos supersticiosos que todo buen progre sabe dirigir a las masas. Eso confirma, entre otras cosas, que Joan Boada y su gente no buscan ningún cambio al actual sistema político y económico, igual que tampoco lo buscan al régimen constitucional de 1978. Para ellos, el fin ideal a los problemas políticos que sufrimos ahora pasaría porque la gente se manifestara a favor de la oposición parlamentaria y forzara al Partido Popular a abandonar el gobierno de España; y, después, el restablecimiento de la legislación abortista de su agrado y el fortalecimiento de la competencia autonómica en Educación.


Ahora bien, a los políticos les conviene que la oposición al Gobierno en la calle siga estando controlada por grupos minoritarios y escasamente jerarquizados, porque así pueden utilizar las reivindicaciones de las protestas en su beneficio sin que nadie amenace con asaltar su poltrona. De esa manera, mediocres como Joan Boada pueden seguir figurando en los medios de comunicación de masas para soltar estupideces como que “el Partido Popular es de extrema derecha o fascista” (cuando ya le gustaría a Mariano Rajoy y a su gente parecerse mínimamente al fascismo). Y esto se comprende no sólo por su fobia al Estado del 18 de Julio y a su Jefe de Estado (o, más bien, a lo que representa o a lo que algunos le achacan), sino porque cada vez hay más españoles cansados del discurso vacío de la izquierda tradicional y ésta se ve en la necesidad de radicalizarlo y magnificarlo por si a sus votantes habituales les diese por pensar en lo absurdo de los argumentos habituales y se les ocurriera apoyar a Albert Rivera y a su nuevo proyecto, que defienden la misma mentalidad progre pero con más discurso político que las archiconocidas consignas sobre Franco, los curas, la Iglesia Católica y las hijas de los ricos que iban a Londres a abortar hace décadas. Y es que, al margen de las ideas que uno defienda, las razones para criticar a Mariano Rajoy y a su gobierno son tantas que no es necesario perder credibilidad por sólo saber decir estupideces.