30 de marzo de 2014

El PSOE por fin tira de un discurso socialdemócrata



Hoy a mediodía tuve la suerte (o la desgracia) de ver por televisión a Elena Valenciano dando un discurso de cara a las próximas elecciones al Parlamento Europeo. Lo poco que me dio tiempo a escuchar podríamos resumirlo en las siguientes frases: “Hay que ser valientes” y “Hay que parar a las derechas: a la derecha española, a la derecha europea y a la extrema derecha de Marine Le Pen”. El resto del discurso se limitó a ser la costumbre socialdemócrata de prometer un maravilloso Estado social sin cuestionar los pilares de la economía capitalista, la obsesiva repetición de palabras concretas (entre ellas la de “socialdemócrata”, algo que en España no acostumbran a hacer porque “socialista” suena más “de izquierdas”) y la estúpida manía bibianesca de referirse a hombres y a mujeres por separado.

Pero Elena Valenciano y el Partido Socialista dejaron claros un par de puntos: primero, que se han tomado más en serio los próximos comicios electorales que el Partido Popular, del que todavía no se conoce candidato; y segundo, que por ahora han enfocado las elecciones en clave europea y no en clave nacional.
Y es que lo primero puede salvarse fácilmente, porque muchos subordinados tendrá Mariano Rajoy dispuestos a ir a Estrasburgo y más aún cuando ya saben que van a salir elegidos (algo habitual cuando un partido cuenta con medios informativos y elevados recursos económicos a su disposición); sin embargo, en estos últimos años la Unión Europea ha estado más presente que nunca en los medios de comunicación y desde el Partido Popular todavía insisten en presentarlas con un enfoque nacional (no hay más que ver a Cospedal asegurando que su gente irá al Parlamento Europeo a “defender los intereses de los españoles”).

¿Por qué podría ser importante el enfoque electoral desde una clave europea?
Está claro que ninguno de los dos grandes partidos políticos españoles tiene mucho de lo que presumir en cuestiones de ámbito nacional; además, el discurso de ambos en los grandes problemas que sufre España genera más malestar que esperanza entre la población y repetir ese discurso en otro periodo electoral podría suponer un apoyo indirecto a Izquierda Unida, Vox, Ciudadanos o Unión, Progreso y Democracia si al elector medio le parece “más de lo mismo” escuchar a los dirigentes del Partido Popular y del Partido Socialista igual que si estuvieran hablando en unas elecciones generales o autonómicas.
En cambio, hablar desde la perspectiva del funcionamiento de la Unión Europea puede resultar novedoso a los españoles y, por ahora, parece que el Partido Socialista y Elena Valenciano han tomado ventaja. Aunque, por otra parte, ese discurso en clave europea tendría que haber sido el habitual de los partidos afines a la Unión durante los periodos electorales del Parlamento Europeo.


Aunque Elena Valenciano y el hipotético candidato del Partido Popular pueden estar tranquilos. Sólo por los recursos económicos de los que disponen y por la publicidad gratuita que los medios de comunicación les van a proporcionar ya tienen asegurado su escaño en el Parlamento Europeo. Ahora sólo queda por ver si el resto de fuerzas del régimen constitucional aprovechan un posible desgaste de los dos grandes partidos o siguen relegadas a un cómodo segundo plano.

20 de marzo de 2014

Siria y Crimea (o cuando el mundo comenzó a cambiar)



Es posible que el pasado verano viviéramos algo similar a lo que terminó significando el magnicidio de Sarajevo en 1914 o el reparto de Polonia entre Alemania y la Unión Soviética en 1939. Cuando la prensa de todo el mundo daba por inminente la intervención armada de los Estados Unidos en la guerra civil de Siria en apoyo a los rebeldes islamistas, el Premio Nobel de la Paz tuvo que renunciar a su plan por algo tan antiguo y efectivo como la diplomacia. Vladimir Putin, moviéndose ágilmente entre los entresijos de poder heredados del mundo surgido en 1945, logró que Estados Unidos no volviera a provocar otro estallido en ese eterno polvorín que es Oriente Medio y, además, evitó que el islamismo tomara el poder en una zona clave del mapa geopolítico mundial (a la espera, eso sí, de que el régimen legítimo y soberano de Al Assad derrote definitivamente a los islamistas).
En aquellos momentos parecía que Irán iba a ser el único escollo de Estados Unidos para imponer definitivamente su influencia sobre el resto del mundo. Rusia, hasta entonces, parecía actuar sólo por la inercia heredada de los tiempos en que la Unión Soviética fue la potencia que disputaba a los estadounidenses el liderazgo mundial; y China, el otro candidato a desbancar a los Estados Unidos de su puesto, parecía más interesada en la victoria a largo plazo que su sistema esclavista podría garantizarle en el terreno económico antes que en un enfrentamiento militar. Aunque sólo fuera por la hostilidad verbal de la que hacía gala, Irán parecía el único bastión de resistencia al mundialismo (junto con Al Assad) hasta que Putin garantizó la estabilidad de Oriente Medio con el estilo del que no hacen gala los estadounidenses: sin derramamiento de sangre y sin necesidad de disparar una sola bala.

La historia volvió a repetirse recientemente. Ucrania contaba con un gobierno afín a una Rusia que seguía aumentando su influencia mundial. Estados Unidos y la Unión Europea organizaron una de las suyas y las calles se llenan de manifestantes hasta convertir a Ucrania en algo similar a Oriente Medio por la complejidad que alcanzaron las reivindicaciones de la oposición y la diversidad de sus miembros. Los medios de comunicación nos decían que esa gente estaba allí para pedir el supuesto bienestar y la supuesta libertad que la cesión de soberanía a la Unión Europea podría garantizar a Ucrania. Y supongo que muchos de los manifestantes creerían en la democracia liberal occidental, pero por ahí en medio también hubo grupos calificados como neonazis que afirmaban luchar por una revolución nacional.
Como dije antes, Estados Unidos y la Unión Europea organizaron una de las suyas y eso se explica en los rumores sobre el origen de los armamentos utilizados por los nacionalistas ucranianos y en las noticias aparecidas en medios disidentes sobre entrevistas entre la oposición y un embajador de Israel.
Al final ocurrió lo previsto: el presidente afín a Rusia fue depuesto y abandonó Ucrania (al poco tiempo pudimos ver numerosas imágenes sobre su lujosa vida a costa de los ucranianos, ¡cómo si la clase política occidental en la que quieren entrar no actuara de forma caciquil!) y un nuevo gobierno tomó el mando (contando a su alrededor con esos elementos que en los países donde quieren meterse son definidos como “racistas”, “xenófobos” y “peligrosos”, pero que al parecer pueden servir como fuerza de choque en determinadas circunstancias). Pero si algo motivó la entrada definitiva de Rusia fueron las agresiones a la población rusa que habita en Ucrania y que la región de Crimea se opuso al nuevo gobierno afín a la Unión Europea. Y después vino lo que todos hemos visto en la prensa durante estos días: entrada de paramilitares rusos en la región, referéndum en Crimea (cuya situación nada tiene que ver con Cataluña, aunque algunos se empeñen en que sí) con aplastante victoria a favor de la secesión de Ucrania y adhesión a la Federación Rusa.

Hasta ahora, la generación a la que pertenezco sólo había conocido la hegemonía mundial de Estados Unidos. Los nacidos de 1992 en adelante nunca vivimos la Guerra Fría entre dos potencias alrededor de un mundo dividido en dos frentes políticos y económicos. A nosotros sólo nos llegaron los efectos de los que vencieron por el desplome del rival: sociedad de consumo, cine hollywoodiense, american way of life, globalización económica, mundialismo… Podríamos decir muchos términos, alguno de los cuales serían sinónimos de otros; pero la idea es clara: el imperialismo político y económico de los Estados Unidos de América era lo único que habíamos conocido quienes hemos tenido la fortuna o la desgracia de nacer, según algunos, en el final de la Historia. Sobre ese pretendido (o más bien deseado) final de la Historia también podría hablarse largo y tendido. ¿El modelo demoliberal y capitalista de Estados Unidos ha traído a los hombres el bien y la felicidad como para sentenciar que nada nuevo podrá suceder? Una mentalidad así, de fe en el progreso indefinido, ya trajo al hombre por la calle de la amargura durante la primera mitad del siglo XX… Está claro que algunos no aprenden de las lecciones que nos ha dado la Historia y por algo se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces sobre la misma piedra.

Por ahora, la efectividad de la diplomacia rusa ante la guerra civil siria y la intervención en Crimea pueden anunciar el final de la hegemonía mundial de los Estados Unidos como superpotencia mundial en solitario. Pero la situación no tendría por qué suponer un retorno a la situación previa al mundo actual.
Ya no existen dos bloques económicos a los que tengan que adherirse los demás Estados. El sistema económico capitalista está implantado en todo el mundo (China ha reservado el comunismo para otros menesteres y lo de Corea del Norte es más bien una monstruosidad propia de un demente que una dictadura disfrazada de buenas intenciones) y, a día de hoy, parece tener ganada la batalla en ese terreno.
En cambio, en un mundo donde los principios morales parecen no importar nada es donde Rusia está marcando la diferencia. Mientras en las sociedades occidentales se promueve la homosexualidad y los nuevos modelos de “familia”, Rusia ha mostrado fieramente su rechazo a las leyes contrarias a la Ley Natural y, frente al nihilismo occidental, se ha erigido en la reserva espiritual que hasta hace unas décadas se atribuyó a España (y que algunos siguen hoy mencionando despectivamente en alguna ocasión).


¿El nuevo mundo surgido tras Siria y Crimea podría ser una lucha entre la sociedad materialista de Estados Unidos y la resistencia moral tradicional de Rusia? Es una pregunta que tendremos que hacernos, más todavía en un mundo en el que la política internacional lo es todo. Por ahora, en España contamos con intelectuales que se han posicionado a favor de Rusia, como son los casos de José Javier Esparza y Juan Manuel de Prada. Pero sólo la perspectiva de la Historia nos permitirá conocer con exactitud los sucesos que estamos viviendo hoy; sin embargo, me atrevo a decir que sólo la herencia de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial (Organización de las Naciones Unidas y Fondo Monetario Internacional) impide la venida de un nuevo mundo.

http://www.hispaniainfo.es/web/2014/03/21/incertidumbre-del-futuro-volvemos-a-la-guerra-fria-o-a-otro-mundo/ http://tradiciondigital.es/2014/03/21/siria-y-crimea-o-cuando-el-mundo-comenzo-a-cambiar%E2%80%8F/


Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo y en el portal Tradición Digital el 21 de marzo de 2014

14 de marzo de 2014

Noche loca en Chueca: Segunda parte



- ¡Perdona, lo siento mucho!
Ricardo estaba entrando desolado al bar otra vez cuando se chocó con una chica de, más o menos, su edad que le derramó un cubata encima. La muchacha se disculpó, muy arrepentida por ello. Viendo que a Ricardo no se le iba la cara de enfado (y no era para menos, porque le había dejado un buen manchurrón en su camiseta interior favorita para salir de marcha), le comentó si le apetecía una copa.
- Lo siento, monada –dijo Ricardo-, pero soy gay.
- ¡No me entiendas mal! –dijo ella- ¡Si yo tengo novio! Pero venga, déjame invitarte a una copa. Y si quieres te puedo encontrar un chico.
Ricardo no dijo que sí para que no se creyera que estaba desesperado por sentir como le sodomizaban su trasero a estrenar. Haciéndose el remolón, dijo que le parecía bien pero que antes se lo comentaría a unos amigos. Pero cuando Ricardo llegó a donde había estado con sus amigos, éstos habían desaparecido. Sorprendido, se miró el móvil y se encontró con un mensaje donde le decían que estaban en otro bar con el adulto de la galleta, que les iba a invitar a unas copas.
Viendo que quedarse solo en un día de celebración como aquel era de lo más triste, aceptó irse con aquella chica, que se llamaba Yolanda. Era algo gorda y tenía el pelo más corto que las demás chicas. Cualquiera que no oyera que tenía novio hubiera creído que en realidad era una lesbiana radical, ya que fumaba mucho, bebía como un cosaco, insultaba como un camionero y ensalzaba la “excelente labor” que, según ella, realizaron en los gobiernos de Zapatero mujeres como Bibiana Aído y Leire Pajín.
Por suerte para Ricardo, Yolanda iba con unos cuantos amigos, entre los que había un chaval homosexual que ansiaba encontrar a uno como él. La chica le presentó a todos sus amigos, pero a Ricardo no le gustó el chaval que le había asegurado ella que le volvería loco. Mirándole de arriba abajo, le parecía ridículo que alguien que dijera ser homosexual no estuviera depilado ni luciera la ropa de manera festiva. Además, a Ricardo no le gustaban aquellas gafas de pasta ni la forma de su cabeza.
Yo no estoy para tirar cohetes”, pensaba Ricardo, “pero mejor que ese tío sí que soy y no voy a rebajar mi listón hasta ese nivel”.
Por suerte para él, uno de los amigos de Yolanda sí que le gustó. Se llamaba Diego y era algo bajito, castaño y con el pelo corto y liso. El “inconveniente” para Ricardo era que tenía novia… Pero, según él, era cuestión de que Diego experimentara sexualmente con un chico para que acabara disfrutando de ello. La novia de Diego, Marisa, no era tonta y desde el principio se olió lo que pasaba; pero la chica, a pesar de sus dieciséis años, era muy dada a beber un cubata tras otro y Ricardo tan solo necesito de su carácter festivo y de la floja vejiga de Diego para emborrachar a Marisa. Cada vez que Diego iba al servicio, Ricardo se las ingeniaba para tomar un chupito o un cubata con las chicas.

Eran las cuatro de la madrugada y Chueca estaba a reventar. Multitud de jóvenes (y adultos), de todos los aspectos que uno pueda imaginar, bebían y fornicaban en plena calle.
Ricardo iba un poco ebrio, agarrado del hombro de Marisa. Ésta seguía recordando que a Ricardo le gustaba su novio, pero el alcohol la había dejado de fuera de juego. Pese a la mala cara de Diego y de algunos de sus amigos, Ricardo había logrado quedarse aquella noche con su grupo, en parte por Yolanda, que era la que más mandaba allí.
- ¡Eh, vosotros dos! –gritó Marisa, borracha como una cuba, a dos tipos que fornicaban encima de un banco- ¡Iros a un motel!
Ante la cara que ponía el pasivo, que se encontraba frente a ellos, la chica dijo gritando:
- ¡Que no, que era broma! ¡Me encanta que podáis decir lo que sois!
Como buen novio que era, Diego estaba preocupado por Marisa. La veía dando demasiados tumbos y agarrada a aquel chaval al que no conocían de nada y al que hubiera pegado una paliza de verle agarrado así a su novia de no ser porque se veía a la legua que era homosexual.
- Por favor, Marisa –dijo Diego, tratando de acercarse a su novia- ¡Qué estás dando el espectáculo!
- ¡Pero qué estás diciendo! –dijo ella- ¡Si todo el mundo está feliz con su borrachera menos tú!
- ¡Ay, Diego, me encanta tu novia pedo! –dijo Ricardo, riéndose y agitando la mano derecha. No sabía si era el mejor momento para hablar, pero no pudo evitarlo.
- ¡Pues claro! –le reprochó Diego-, ¡tú no eres el que va a tener que aguantarla! ¿Y dónde están tus amigos? Lo digo para que te quedes ya con ellos.
- Pues creo que están asistiendo al curso de masturbación de un señor de Albacete –dijo Ricardo- O algo así me han puesto en un mensaje.
Yolanda intervino para que se tranquilizaran. Ella también iba borracha, por lo que animaba a sus amigos a hacer lo mismo, diciendo que por algo era un día de celebración.
- Pues yo lo veo como un día cualquiera… -dijo uno de los muchachos del grupo.
Yolanda le miró con mala cara, diciendo después a Ricardo:
- Perdónale, es que su abuelo simpatizó con la Falange y a él se le ha pegado algo.
El muchacho puso cara de avergonzado y dijo, increpando a su amiga:
- ¿Y a ti que cojones te importa lo que defendiera mi abuelo?
- ¡Pues que todo lo malo se pega! ¡Esa gente es la que mató a Lorca por ser homosexual!
En aquel momento, Diego intervino diciendo:
- ¿Tú que te crees, Yolanda? ¡A ver si porque tu madre esté en el Partido Comunista vas a ser más progresista que los demás! Por si no lo sabías, mi padre está afiliado al Partido Popular y yo no me parezco en nada a él.
Yolanda, acosada por los comentarios de sus amigos, se volvió hacia Ricardo:
- ¿Te puedes creer el ambiente carca que tengo que soportar por culpa de los novios de mis amigas? ¿Dónde está la gente normal?
Debido a que los cruces de palabras de Yolanda y sus amigos habían enfriado bastante el ambiente del grupo, Ricardo soltó un comentario con la idea de sacar un nuevo tema de conversación.
- Me encanta Lorca.
- ¿Has leído sus poemas?
- No, pero he visto retratos suyos… ¡Y estaba como un tren con ese bigote!
- No sé qué retratos habrás visto tú –dijo Diego-, pero Lorca no llevaba bigote.
- Pues entonces dime a quién he estado homenajeando en el baño de mi casa…
Diego le gustaba, pero Ricardo se sintió ofendido por sus palabras. Notaba que estaba tratando de dejarle cómo un inculto.
- El tipo del que hablas es Gustavo Adolfo Bécquer, no Federico García Lorca.
Por suerte para Ricardo, en aquel momento tuvieron que pararse y dejaron de darse cuenta de la grandísima tontería que acababa de decir. Marisa no se encontraba muy bien y se sentó en uno de los pocos bancos libres que había en la calle. Mirando al suelo, comenzó a contar chistes:
- ¿Por qué los fachas son fachas y las ratas son ratas? ¡Porque las ratas eligieron primero!
Ricardo y los demás se echaron a reír, mientras Marisa continuaba con sus comentarios chistosos:
- ¿Por qué los ataúdes de los fachas tienen agujeros? ¡Para que salgan los gusanos!
Todos se echaron a reír nuevamente, pero el vómito de Marisa los interrumpió. La chica devolvió todo lo consumido en apenas medio minuto, salpicando a todos los que se encontraban alrededor de ellos. Entre las quejas por lo sucedido destacaron las de su novio, quien recordó que la había advertido que no bebiera tanto. Yolanda, ebria pero aún con sus dotes de mando sobre los demás chicos intactas, decidió que irían a algún bar a lavarse un poco los pantalones y a que Marisa se despejara con el agua del baño.
- Estarás contento, ¿no? –le increpó Diego a Ricardo.
- Yo no quería que tu novia acabara así, de verdad. Te lo juro por Jesús Vázquez.
Como Diego y Ricardo eran los únicos afortunados que no habían sido salpicados por el vómito de Marisa se habían quedado en un callejón oscuro detrás de un bar en el que había poca gente. Diego había querido pasar con su novia para limpiarle la cara un poco, pero Yolanda le había dicho que ya se encargaría ella. Mientras tanto, le tocaba esperar con aquel desconocido que le caía tan mal. Ricardo lo notaba, sabía que Diego sentía indiferencia y antipatía hacia él… Pero eso tan sólo lograba excitarle aún más.

Los minutos se hacían eternos para ambos. Entonces Ricardo había decidido tomarse otro cubata ante la airada mirada de Diego.
Tengo que atacar ya”, pensaba Ricardo mirando lujuriosamente a Diego, “nunca volveré a tener una oportunidad así”. Tras beberse el cubata de un trago, Ricardo se sentó junto a Diego en el suelo y dijo que lamentaba mucho lo sucedido. Después, con atrevimiento, acurrucó su cabeza en el hombro de Diego.
- ¡Pero qué coño te crees que haces! –dijo Diego levantándose del suelo- ¡Que no soy gay!
- ¡Entre tú y yo noto algo! –se inventó Ricardo- ¡Además, si no lo has probado no puedes saber si te gusta o no, tontorrón!
Asustado, Diego contempló cómo aquel chico con el pelo largo y la barba desaliñada se lanzaba sobre él y le colocaba contra una pared.
- ¡Suéltame! –gritó Diego- ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!
- ¡No te hagas el borde conmigo! –decía Ricardo, tratando de bajarle los pantalones- ¡Si quieres te dejo que me des por culo a mí, que da más gusto!.
- ¡Que me dejes en paz, maricón de mierda! –gritaba Diego a la vez que trataba de soltarse.
Como veía que Diego iba a zafarse y a contar a sus amigos lo ocurrido, Ricardo le rompió el vaso del cubata en la cabeza. Aprovechando que Diego había caído al suelo y se estaba llevando las manos a la cabeza por el golpe, Ricardo cogió una botella tirada en el callejón y se la estampó en la parte baja de la cabeza.

Supo que había cometido el mayor error de su vida. Aquello le podía salir muy caro y no tenía nadie a quien recurrir. Además, los amigos de Diego eran testigos que podían corroborar que había estado con ellos aquella noche y que se había quedado solo con él.
Pero, mientras se llevaba las manos a la barba, Ricardo sintió la mayor erección que había tenido nunca. La sensación estaba a años luz de las semiclandestinas masturbaciones en el baño de su casa con las revistas de prensa rosa de su madre (sus padres sabían lo que hacía cuando se encerraba en el baño, pero nunca le habían dicho nada al respecto).
La visión de Diego, inconsciente sobre el suelo, acrecentó su excitación. Medio preguntándose por qué hacía todo aquello, Ricardo agarró a Diego y lo colocó de espaldas a él y contra unas bolsas de basura que estaban en el suelo tras un contenedor. Por cómo olía la zona, allí había habido algo más que basura un rato antes de que llegaran ellos, pero en aquel momento no había nadie.
Con el puso tembloroso, Ricardo bajó a Diego los pantalones, lo suficiente como para poder agarrar su trasero con las dos manos. Después, se puso uno de los preservativos de sabor fresa con el objetivo de no dejar semen que le pudiera implicar más en el suceso (algo que aprendió por ver todas las temporadas enteras de la serie CSI).
La circunstancia en la que se encontraba era que Diego, al igual que su novia, estaba fuera de combate. Además, no había nadie allí que le pudiera interrumpir en su acción. No estaba muy seguro de hacerlo y estuvo a punto de echarse atrás, hasta que recordó las risas de sus amigos a causa de su virginidad.
Pues me voy a estrenar como ninguno de mis amigos jamás pensó y cómo ellos nunca pudieron hacerlo en su primera vez”, se dijo Ricardo a sí mismo, “como activo”.

Tras un par de minutos de infarto, Ricardo se subió los pantalones y se abrochó la bragueta. Decidió dejarse el preservativo puesto para deshacerse luego de las pruebas en otro lugar. Por fortuna para él, nadie había aparecido en aquel breve espacio de tiempo, hasta que divisó un par de siluetas masculinas acercándose a la basura por un lado de la calle.
- ¡Eh, tú! –oyó gritar Ricardo antes de salir corriendo.
Mientras se alejaba a una velocidad a la que no había ido en su vida, esquivando gente para no chocarse, Ricardo vio como aquellos dos individuos se agachaban al lado de Diego.

Damián era el propietario de uno de los bares de Chueca, de los más veteranos de la zona. La noche del Orgullo Gay, debido a la gran aglomeración de gente que acudía para aquella fecha, era la que permitía a su local vivir el resto del año, ya que muchas veces la clientela habitual de los fines de semana no era suficiente. A pesar de ser muy tarde, Damián seguía sirviendo copas a todos los clientes que seguían con ganas de consumir alcohol. Pero había algo que a Damián le estaba pareciendo maravilloso en comparación con otros años: todavía no había ocurrido ningún incidente grave que le pudiera acarrear alguna multa a su negocio.
- ¡Damián! –uno de sus empleados entró casi corriendo a la barra- ¡Ven al almacén, es urgente!
- ¿Qué es lo que sucede? –preguntó a su empleado.
- En serio, aquí no puedo decírtelo.
A pesar de que no le hacía mucha gracia, decidió hacer caso al joven y se fue con él, dejando en la barra a una chica que había contratado días antes. Apartando a los clientes ebrios, llegó al almacén del local, donde le esperaban otros tres empleados.
- A ver, ¿qué es lo que sucede? –preguntó Damián- No puedo ausentarme de la barra, no me gusta dejar sola a Inés porque está muy verde todavía y…
Sus empleados se apartaron y Damián pudo ver a un chico joven, inconsciente y con la ropa llena de sangre, tirado sobre el suelo de su almacén, junto a las botellas de tequila y ron.
- Está vivo –se apresuró a decir uno de sus empleados al ver la cara de su jefe- Parece ser que ha sido violado en el callejón del bar.
- ¿Violado?.
- Sí, vimos a otro chaval salir corriendo cuando nos acercamos.
- ¿Qué cojones vamos a hacer ahora? –exclamó Damián.
- Lo mejor será sacarle de Chueca –dijo uno de los empleados de Damián.
- ¿Cómo pretendes sacarlo de aquí?
- ¿No tienes una furgoneta?
- Sí, pero…
- Podemos subirle ahí y dejarle en cualquier sitio, lejos de Chueca. Así nadie nos culpará.
- Lo que sea con tal de que nadie se entere. Si esto trasciende a la prensa, estamos acabados. ¡Olvídate entonces de poder adoptar niños! Y seamos sinceros, el Partido Popular y Ana Botella nos financian estos conciertos, pero están deseando algo como esto para poder echar mierda sobre el Partido Socialista y para tener algo con lo que tapar los sobres de Luis Bárcenas. Y les va a encantar tener noticia de lo sucedido en el callejón de este bar.
Damián daba vueltas alrededor de sí mismo, desesperado. Su negocio y su reputación estaban en peligro.
- ¿Y cómo vais a hacer para que el chico no despierte en la furgoneta? –preguntó Damián.
- Yo puedo traer de mi casa cloroformo –dijo uno de sus acompañantes- Suelo coger algún que otro bote del hospital donde trabajo.
- ¿Y para qué quieres tú eso?
- Para hacer ciertas “cositas” en la cama…
Damián no pudo evitar mirar con enfado a su empleado. Le daba la sensación de que no era consciente de la situación en la que estaban metidos, a juzgar por sus risas. El plan estaba muy cogido por los pelos, pero no les quedaba más remedio que llevarlo a cabo.
Entre dos empleados, agarraron al joven y lo sacaron, sin que nadie les viera, a rastras por una puerta trasera. Decidieron que irían ellos dos solos.
- Muy bien. ¿Y dónde le dejamos? –dijo uno.
- Yo conduzco, sé cuál es el lugar perfecto.
Mientras sus empleados subían al chico en la furgoneta, Damián se apresuraba a meterse en su bar para volver a la barra. Aquella noche estaba resultando ser el peor Día del Orgullo Gay de su vida. Lo primero que hizo al ver a su nueva empleada fue pedirle un trago de vodka.
- Y no me mires con esos ojos –reprochó a la joven-, que sabes de sobra que no me gustan las mujeres.

Ricardo no podía olvidar lo sucedido. Por fin había perdido la virginidad, pero a costa de sodomizar por la fuerza a un chico inconsciente. Aquella noche había podido escapar del lugar del crimen, pero no de sus remordimientos. Sin embargo, la noticia llegó a la prensa, pero apenas le dio credibilidad. “Grupos extremistas de derecha hacen correr rumores falsos sobre violaciones, comas etílicos y accidentes en Madrid durante la celebración del Día del Orgullo Gay tras la denuncia de un menor de edad”, fue el titular que dieron los medios informativos cuando brevemente hablaron de un chico que aseguraba haberse despertado en mitad de un parque de las afueras de Madrid tras pasar la noche celebrando el Orgullo Gay en Chueca.
Rápidamente, las asociaciones de homosexuales emitieron un comunicado diciendo que eso era mentira y que tan solo trataban de desacreditar un acto reivindicativo de una comunidad que algunos no podían comprender. La comunidad homosexual respiró aliviada una semana después. Afortunadamente para ellos, nadie había dado crédito a lo difundido. Además, cómo no se había encontrado al supuesto violador, no se podía juzgar lo sucedido.

Para evitar que los amigos de Diego le reconocieran, Ricardo se cortó el pelo y se afeitó. Aún así, los remordimientos le podían. Cada vez se encontraba peor y no podía confesar su crimen. Si lo hacía, iría a un centro de menores, dónde le arrebatarían la inocencia de su trasero y su lengua a la fuerza. Para colmo de todo, no se sintió mucho mejor cuando sus amigos le contaron que, de haber seguido con ellos, hubiera aprendido de aquel cuarentón de Albacete varias técnicas de masturbación y felación con las que volver loco a cualquier hombre que le gustara.
A finales de verano, días antes de volver al instituto, Ricardo se levantó con la firme intención de quitarse la vida. Pero era incapaz de rebanarse las venas con el cuchillo que había cogido de la cocina.
¡No, no y no!”, pensó mientras soltaba el cuchillo. “¡Yo no hice nada malo, sólo le enseñé un nuevo mundo más allá de la tiranía reaccionaria y patriarcal que ha impuesto la heterosexualidad a la gente!”.
Avergonzado por los remordimientos pasados, Ricardo salió del baño y escuchó la canción de I will survive que tenía como tono de llamada.
-          Dime maricón –respondió Ricardo nada más coger la llamada.
-          ¡Hola Ricky! –escuchó a su amigo José Luis- Hemos conocido a un madurito de Comisiones Obreras que nos quiere invitar a una mariscada junto a otros amigos suyos. ¿Te vienes?
-          ¿A mear y me la sostienes?
-          ¡Sabes que encantado! Venga, en serio, ¿te apuntas a comer marisco que un adulto nos va a pagar con dinero de los contribuyentes?
-          ¡Por supuesto! ¿Cómo hay que ir de arreglado?
-          Pues nada de “¡Ay, es que te lo comía todo!” pero tampoco nada de “¡Ése no sabe combinar el azul con el morado!”.

-          De acuerdo, entonces iré estilo “Si quieres esto tendrás que ganártelo”.

Noche loca en Chueca: Primera parte



Ricardo estaba muy emocionado. Aquélla iba a ser su noche. ¿Iba? ¡Tenía que serlo, llevaba meses soñando con aquel momento!
Se encontraba algo confuso. Estaba ante una gran pila de pantalones vaqueros y no sabía qué modelo escoger para lucir aquella noche.
Estos me hacen un trasero divino”, pensaba mientras se miraba en el espejo con unos que tenían una franja de color rosa fucsia chillón en el lado izquierdo. “Pero es que los agujeros que tienen estos otros son tan cucos… ¡se me ven los carrillos del culete!”.
Tras revolver su ropero, Ricardo optó por unos vaqueros en los que encontró guardados un par de preservativos de sabor a fresa. Él no era nada supersticioso ni creía en azares ni destinos (esas cosas eran para “fascistas retrógrados”, según él), pero entre los preservativos y el agujero en la nalga izquierda, que agrandó todavía más a propósito, se animó a ponérselos.
Esta noche los usaré con uno de verdad”, pensaba Ricardo mientras guardaba el preservativo en el bolsillo trasero del pantalón, “y no con un dedo”.
Finalmente, Ricardo se miró orgulloso de sí mismo al espejo. Con esos pantalones vaqueros azul claro casi grisáceo (los que, según él, tenían el atractivo del roto en la nalga), esa camiseta interior rosa chicle y su melena tipo Madonna cayéndole por los hombros… ¡No habría hombre que se le resistiera! Y eso sin olvidar su barba a lo Karl Marx y su carácter festivo e introvertido…
- ¡Voy a ser la reina de la noche! –exclamó emocionado al espejo.

Antes de salir de casa, Ricardo echó mano de un pequeño bote de vaselina. Estaba tan convencido de que aquella iba a ser su noche que no quería que nada lo estropeara. Y aunque él quería ser activo, no le preocupaba hacer de pasivo. ¡Todo estaría bien siempre y cuando acabara junto a un hombre jadeante y sudoroso que le diera lo que necesitaba!
Tras hacerse con el bote de vaselina, se despidió de sus progenitores y salió dispuesto a comerse todo lo que se le pusiera por delante.
Sus padres defendían que tuviera sus inclinaciones sexuales y se sintiera orgulloso de ellas, pero siempre estaban diciéndole que esperara a encontrar a una persona “especial” y que no tuviera prisa por hacerlo.
Mis padres son maravillosos”, pensaba cuando le decían esas cosas, “lo que pasa es que todavía están algo anticuados”.
Había quedado con sus amigos en un pequeño bar cerca del barrio de Chueca para comenzar a celebrar el Día del Orgullo Gay antes de encontrar a “su hombre”. Ricardo vivía en un bloque de pisos ubicados a un par de barrios de Chueca, así que tenía por delante un pequeño paseo y no quería llegar tarde al encuentro, por lo que aligeró el paso.

Cuando salió por la puerta al pasillo del rellano, tuvo la desgracia de toparse con la vecina de al lado. Era una señora cincuentona (“reaccionaria y retrógrada”, en palabras de Ricardo) que siempre le miraba mal por no ocultar sus inclinaciones homosexuales. Como solía pasar siempre, la vecina le miró de reojo y él no se cortó a la hora de dejar claro lo mucho que la detestaba. No la soportaba, no podía ni verla. Pero, de entre todos los defectos que Ricardo la encontraba (“viste de pena, tiene patas de gallo y arrugas, su marido no es atractivo, ni siquiera es un madurito pintón al estilo de Julio Iglesias padre”), lo que más le desagradaba de ella era aquel símbolo que, según Ricardo, discriminaba su condición de homosexual. “¿Cómo puede alguien en el siglo XXI llevar eso puesto al cuello?”, pensaba Ricardo cuando veía a su vecina con una pequeña cadena de oro al cuello de la que colgaba un crucifijo.

Ricardo tardó cerca de veinte minutos en llegar al bar donde había quedado con sus amigos. Por la calle hubo gente que se le quedó mirando como si hubiera salido del manicomio, pero le resultó indiferente. Estaba emocionado porque aquella era la primera vez que sus padres le dejaban acudir al Día del Orgullo Gay. Tenía dieciséis años y llevaba desde los trece suplicando que le dejaran ir a dicha celebración. Todos sus amigos habían tenido el permiso de sus padres en años anteriores y siempre habían ido contándole historias a Ricardo acerca de sodomizaciones furtivas en callejones traseros de bares o en servicios repletos de gente.

A él siempre le gustaba escuchar las historias de sus amigos acerca de los cuartos oscuros de ciertos locales de ambiente o del sexo esporádico que mantenían siempre con desconocidos habitualmente mayores que ellos. No obstante, él no quería eso; lo que le llamaba la atención y le atraía mucho, más que el hecho de que le sodomizara o le pusiera de rodillas un tipo de cuarenta años, era el morbo del sexo promiscuo en un callejón oscuro con alguien a quien no conociera y a quien no volvería a ver nunca más.
Por desgracia para él, su puerta trasera seguía sin abrirse a pesar de todos los intentos que había hecho. En el instituto, en las discotecas para menores, en los parques por la noche los sábados cuando sus padres estaban fuera de casa… Ricardo lo había intentado de todas las formas posibles sin encontrar aún al hombre que abriera su oscuro garaje de una vez. Y en lugar de una penetración anal, solamente había conseguido ser el hazmerreír de su instituto, la locaza de las discotecas que espantaba a los chicos y el pardillo de turno que era atracado de noche en un parque por ir a las horas en que no debía ir solo.
Pero, de entre todas las anécdotas en las que podía contar cómo de humillado se había sentido por ser homosexual, la peor era la de aquella semana de campamento con el instituto en un pueblo de Alicante. Allí, debido a que solo tenía amistad con chicas, había tenido que pedir a los encargados de la excursión que le dejaran dormir en los cuartos de mujeres, apelando a su condición sexual. También había pedido que le dejaran ducharse con ellas, pero hasta ese punto no habían sido “tolerantes” con él (así fue como se quejó el propio Ricardo a sus padres a la vuelta del campamento). Sin embargo, en un juego (calificado de “sexista” y “segregador” por las feministas de sus amigas), sí que le permitieron participar en el equipo de las muchachas. Como el equipo ganador fue el de los chicos y a ellas les tocaba recoger las bandejas de éstos porque era lo acordado, al día siguiente fueron todos los chavales de su instituto a decirle que si era una muchacha para jugar también lo era para recogerles la bandeja por perder. Ricardo pensó que aquello se le pasaría si conseguía que el profesor de gimnasia, al que llevaba tiempo lanzando piropos, accediera a ducharse con él, pero no fue así. Nunca quiso compartir con él un rato en las duchas del campamento.

Por varias experiencias de ese estilo, Ricardo había terminado siendo conocido como una de las mayores locas desesperadas de todo Madrid, lo que le parecía un término discriminatorio e insultante ideado por todos aquellos que no estaban preparados para comprender sus tendencias homosexuales. En su opinión, tenía un carácter festivo, alegre y abierto a las personas de toda inclinación (especialmente la suya), y en ningún momento ofendía a nadie. Pero más que hacia los “carcas”, Ricardo sentía odio hacia todos aquellos que, a pesar de ser homosexuales, “se avergonzaban de ello y no salían de su casa ni lo decían en público porque también se pensaban que era algo malo”.

- ¡Hola guapetones! –dijo Ricardo, con voz festiva e inclinando repetidas veces la mano derecha, al ver sus amigos en una mesa del bar.
- ¡Hola Ricky! –dijo su amigo Julián dándole dos besos, uno en cada mejilla- ¿Estás preparada, reina?
- ¡Pues claro que sí, tontorrón! –decía Ricardo mientras besaba a sus otros amigos, Miguel, José Luis y Alfredo- ¡Seguro que esta noche encuentro a algún macizorro que me ponga mirando a Cuenca!
- ¡Ya va siendo hora, Ricky! –dijo Alfredo- ¡Que a tu edad a mí ya me habían puesto mirando a esa misma ciudad muchas veces!
- ¡No seas presumido, Alfredín! –dijo Ricardo- ¡Que yo sigo sin creerme lo de aquel monitor de campamento!
Ricardo y sus amigos pasaron cerca de tres cuartos de hora bebiendo chupitos de colores (su favorito era el rosa) y hablando sobre sus planes para aquella noche. En un principio irían juntos hasta que alguno de los cinco fuera encontrándose con algún muchacho con el que acostarse. En caso de quedarse dos solos, si uno encontraba pareja tenía que conseguirle también una al otro.
Espero no ser de los últimos en encontrar un buen rabo”, pensaba Ricardo. “Aunque con las pintas que llevan mis amigos hoy, seguro que no es así”.
Los amigos de Ricardo iban con un aspecto similar al de él, aunque alguno se había teñido el pelo de rubio y otro hasta llevaba los pantalones por encima de la rodilla y enseñando los dos carrillos del trasero, prácticamente al aire.
- ¡Ay, Micky! –dijo Ricardo a uno de sus amigos- ¡Se te ha olvidado depilarte!
- Ahora me va el rollo oso –dijo simplemente el aludido.
- ¡Tú verás! –respondió Ricardo-, ¡pero así va a ser muy difícil encontrarte un buen moreno que te dé lo tuyo!
- De morenos creo que yo tengo más experiencia –contraatacó Miguel- ¿No, guapo?
Ante la mala mirada que le dedicó Ricardo, uno de sus amigos intervino diciendo:
- ¡Venga, dejarlo ya! ¡Si esta noche follamos todos! Y el que no lo haga… ¡es heterosexual!
La pandilla homosexual volvió a sus conversaciones entre risas tras aquel alegato. Menos Ricardo, que se encontraba un poco ausente. Estaba deseoso de acabar con aquellos comentarios de sus amigos. A partir de aquella noche, dejaría de masturbarse con las revistas de su madre en las que salían fotos de Brad Pitt, Tom Cruise o David Beckham. En su lugar, tendría el recuerdo de contemplar desde abajo a un musculoso varón mientras éste le derramaba su simiente por su depilado pecho.

Llegó el momento de comenzar la cabalgata del Orgullo Gay y en Chueca no cabía ni un alfiler. Una gran multitud se agolpaba allí, con vasos de plástico repletos de calimocho y dando gritos a favor de la homosexualidad y de su “derecho” a poder casarse, divorciarse y adoptar niños.
-          ¡Los del Partido Popular son unos fascistas! –gritaba también un sesentón semidesnudo.
Ricardo se sentía muy cómodo en aquel ambiente, pero había algo que no le gustaba. Todos los años, según sus amigos, acudían allí muchos heterosexuales con la excusa de la fiesta que se organizaba. Y a él le parecía maravilloso que existieran personas de otras tendencias sexuales, pero no comprendía que hacían allí. Por culpa de aquellos heterosexuales que no comprendían que aquella era una fiesta gay exclusivamente, allí había más gente y era más complicado ligar con hombres. Además, según él, más harían por el movimiento gay dejando de utilizar términos ofensivos en la vida diaria, como “maricón” y “locaza”, en lugar de acudir un día al año a Chueca.
¿No tienen otro sitio donde hacer eso?”, pensó Ricardo al ver a un chico besando a una chica.
Como aquel era su primer año en Chueca, decidió dejarse llevar por sus amigos. Durante algunas horas, estuvieron cerca de bares donde no paraba de entrar y salir gente, especialmente en los baños.
- ¡Allí no paséis! –dijo José Luis cuando salió de un bar- ¡En este baño ninguno vale ni para tomar por culo!
- ¿Y por qué has tardado tanto entonces? –le preguntó Julián-
José Luis, haciéndose el distraído, dijo:
- Es que uno se ha puesto muy pesado y no me ha quedado más remedio que dejarle jugar con mi muñeca.
Ricardo y sus amigos se echaron a reír. Su amigo José Luis tenía fama de ser muy aficionado a los juegos manuales (en todos los sentidos de la expresión). Pero, tras las risas, Ricardo comenzó a desanimarse.

- ¿Os he contado lo que me pasó el otro día en la Plaza de Sol? –dijo Miguel, con la voz un poco tocada por los chupitos.
- ¿Otra vez vas a contar lo de las viejas nazis? –protestó Alfredo.
- ¡Ricardo no se lo sabe! –dijo Miguel- Pues mira, estaba en Sol con un chico…
- A ver cuando nos le presentas –le interrumpió José Luis.
- ¡Claro, para que le dejes “jugar” con la muñeca! –protestó Miguel- ¡A ver, a lo que iba!... Sí, estaba con un chico y nos encontramos con una de esas manifestaciones de fachas, con las chorradas ésas de la familia tradicional y en contra del aborto. Pues bien, pasamos mi novio y yo de la mano…
- ¿Entonces es tu novio? –volvieron a interrumpirle.
- Y una vieja se nos había quedado mirando mal –Miguel no hizo caso a sus amigos- Yo le dije que “qué pasaba”. Y la muy cabrona encima me miró mal dándome la espalda. Claro, yo sabía porque actuaba así y dije: “Verá, señora, que por que usted esté en la Edad de Piedra eso no significa que el resto de la sociedad no evolucione”.
Miguel miró complacido como sus amigos reían con la anécdota.
- Y después de eso –continuó Miguel-, girándose hacia mí y con unos cuantos fachas más, me dice la gilipollas que era una vergüenza mi actitud porque ella no había hecho nada malo a nadie. Yo seguí preguntando que “por qué motivo me había mirado mal”. Y total, que se montó tal gresca que porque llegó la policía y nos dijo que nos marcháramos; que si no, un par de señoras me tiran el garrote a la cabeza.
- ¡Qué quieres que te diga! -suspiró Ricardo- Yo no lo veo para tanto.
- Espera, Ricky, que aún no he acabado –dijo Miguel- Después, mientras nos íbamos, mi novio y yo comenzamos a besarnos delante de toda esa gente. ¡Y cómo salimos corriendo cuando vimos que iban en dirección a nosotros! Aunque yo casi corro en el otro sentido cuando mi novio quiso meterme la mano dentro de la bragueta ante toda aquella gente…
Mientras se echaban a reír y acusaban a Miguel de ser un fantasma, Ricardo regresó a su mundo interior. Le preocupaba no haber conocido a nadie que pudiera desvirgarle aquella noche. Sabía que si se lo pedía a cualquiera de sus amigos lo harían encantados, pero quería ahorrarse esas conversaciones con él como tema principal. Además, ninguno de sus amigos le resultaba lo suficientemente excitante.
-          ¿Ricky?
José Luis se encontraba pasándole la mano por delante de los ojos.
- Por fin vuelve con nosotros. ¡Nos vamos a buscar rabos a ese bar de la acera de enfrente! Por cierto, Miguel, si tienes novio, ¿por qué no le traes con nosotros?
- El Orgullo Gay es algo que se disfruta más sin pareja –respondió Miguel- Hay que estar libre por si acaso pasa algo.

Ricardo fue con sus amigos al bar que le decían. Allí el ambiente era como el de los demás, a rebosar de gente. Pero contaba con una diferencia fundamental respecto a los otros locales de la zona: allí había muchos menores de edad.
-          A ver si tienes suerte, Ricardo –dijo Miguel-, y engañas a alguno de ésos. Aunque seguramente sepan más que tú.
Ofendido por las risas de sus amigos, Ricardo se dirigió a los servicios. Allí el ambiente no era muy diferente, estaba repleto de chicos jóvenes (y no tan jóvenes) besándose contra la pared y alguno incluso con los pantalones bajados. Para su sorpresa, observó que había allí un chico que, por el aspecto, debía de ser un pelín más joven que él.
- ¡Hola guapo! –dijo Ricardo acercándose a él- ¿Te has perdido?.
El chico le miró con mala cara y dijo:
- No soy gay, pero si lo fuera tampoco me acostaría contigo.
- ¿Y si no eres gay qué pintas aquí? –le preguntó Ricardo enfadado- ¡Además, que tú tampoco eres para tanto!
- Estoy de fiesta con unos amigos –le respondió el chaval- Y si te crees que te vas a comer una rosca con esa barba y esos pelos, vas…
Ricardo se marchó de los servicios sin dejar terminar su reproche al otro chico y empujándole contra la pared. Lo último que oyó de él fueron sus quejas diciendo que le sangraba la nariz.
- ¡Vámonos de aquí! –pidió a su amigo Julián- ¡Acabo de tener un incidente con un gilipollas en el baño!
- ¡Aquí se está genial! –dijo Julián emocionado- ¡Y allí están echando una partida al “juego” de la galleta!
La galleta era un “juego” que estaba muy de moda entre los homosexuales. Consistía en que un grupo de individuos se colocaban en círculo alrededor de una galleta y se masturbaban encima. El que tardara más en eyacular perdía y estaba obligado a comerse la galleta.
En opinión de Ricardo, era un juego para los desesperados. Él aún no había estado con ningún chico, pero tampoco iba a rebajarse al nivel de querer probar semen ajeno de aquella manera. Aquel “juego” no le gustaba, le parecía estúpido y una especie de limosna para todos aquellos homosexuales que no encontraban sexo por sí mismos y acudían a ese tipo de cosas para atraer a otros.

Mientras los amigos de Ricardo disfrutaban viendo a los que “jugaban” a la galleta, éste se dedicaba a ojear a los chicos que se tomaban copas en el bar. Lo había intentado de todas las formas imaginables: se había agarrado a un chaval haciéndose el borracho, había elogiado lo bonito que era el bolso de la amiga de un chico al que había echado el ojo encima, había asomado un pezón por la camiseta interior para enseñárselo a uno que estaba enfrente… ¡Incluso le había sugerido de forma explícita a uno el ir a un callejón con él o a estrenar su garaje al cuarto oscuro! Pero nada producía efecto y comenzaba a desesperarse. Temía que aquella noche, en la que todo homosexual era capaz de encontrar la salchicha de su vida, él se quedaría con hambre… con mucha hambre.
¿Por qué motivo no les resulto atractivo?”, pensaba mientras se acariciaba su pequeña barba. “¿Tendré que cortarme el pelo? ¡Si largo es cómo me queda bien!”.
Como Ricardo no estaba dispuesto a quedarse a dos velas, decidió coger el toro por los cuernos. Dijo a sus amigos que se iba a dar un rodeo por el bar. A ellos no les importó mucho, estaban muy emocionados observando cómo un hombre de cuarenta y tantos, con maquillaje y tacones, comía una galleta empapada de semen.
- ¡No tardes mucho, Ricky! –le dijo Alfredo, girándose luego hacia sus otros amigos- ¡Ay, como me ponen los tíos con tacones!

El primer lugar que Ricardo visitó fue el lavabo. Por los gemidos que se oían, debían de estar todos ocupados. Como el baño estaba a rebosar, decidió salir al callejón trasero del bar. Al no hacer frío, seguro que estaría más frecuentado que el baño. Y no se equivocó. Aunque, por desgracia para Ricardo, la mayoría de los varones que estaban allí eran heterosexuales que únicamente habían acudido al Orgullo Gay porque sus novias querían ir de fiesta a aquella zona esa noche. Los únicos homosexuales que podía encontrar en aquel callejón eran los que estaban colocados, con los pantalones bajados, contra los contenedores de basura, algo más “tapados” de las miradas ajenas.