25 de enero de 2016

Respuesta a Adolfo del Mingo por su artículo "El peor amigo del perro"

       (Fotografía de Inge Morath (1961) publicada en La Tribuna de Toledo el 25 de enero de 2016)

El diario provincial La Tribuna de Toledo ha publicado un artículo titulado El peor amigo del perro y que contiene la siguiente referencia a la prensa falangista durante la Guerra Civil:
Mucho tiempo después, en el año 1937, el periódico Imperio, editado por Falange, incluía entre sus páginas de Talavera de la Reina una nueva tentativa de envenenamiento en clave burlesca. «Ven acá», mostraban a un guardia dirigiéndose a un perro callejero para cumplir la ordenanza. «¿Tú no sabes que no se puede ir sin bozo, ni callejear como tú lo haces, metiéndote en todas partes? ¿No ves que es expuesto tenerte sin bozal, mucho más ahora que las mujeres no encuentran medias y salen sin ellas a la calle?». «Mira, amigo guardia», le contestaba el can. «En confianza, yo me he pasao. He atravesao el río pa que los rojos no me hincaran el diente y no entiendo ahora por qué aquí os empeñáis en que yo he de morder a todo el mundo. Estoy acostumbrado a lo contrario, ¿sabes? Estoy acostumbrado a que no me dejaran ni los huesos, de manera que, ahora que me estoy hinchando, no pretendas venir a taparme la boca». Tras este imaginario diálogo, continuaba el periódico falangista, el guardia se regocijaba «de asesinar a un perro que, además de ser perro, ¡¡es rojo!!» (con doble exclamación en el original). En contra de lo previsible, el animal, quien comía la morcilla envenenada con arsénico «al ladrido de me voy a poner como Prieto» -en alusión al ministro republicano-, no solamente no moría, sino que engordaba, y lo mismo el resto de perros a los que se les suministraba. La conclusión final era que el arsénico empleado no era del tipo venenoso, sino reconstituyente. Hecho el descubrimiento, terminaba el texto, «los perros no tienen ganas de bromas, ya que ahora están seguros de que los matarán con bombas de mano»”.

Tras su lectura, he decidido enviar la siguiente respuesta a su autor, el periodista e historiador Adolfo del Mingo. Quiero dejar claro que no es ningún reproche ni ninguna queja; simplemente, mi intención es aclarar algunos aspectos que hoy en día, con mejor o peor intención, pueden malinterpretarse acerca de la filosofía política y la ética de los falangistas. Éste es mi escrito para el autor:

Con motivo de su artículo El peor amigo del perro, publicado en La Tribuna de Toledo el lunes 25 de enero de 2016, quisiera manifestar lo siguiente como militante de Falange Española de las JONS (organización a la que hace referencia en el último párrafo de su artículo).
Entiendo que cita varios ejemplos de cómo los medios periodísticos del siglo pasado utilizaban con fines políticos una práctica tan habitual como el envenenamiento de los perros callejeros y que al ejemplo de lo que publicaba un medio falangista como sátira debe dársele el mismo valor histórico que a los contenidos divulgados por El Heraldo Toledano y el Heraldo Obrero. Cualquier persona con un mínimo de sentido común debería entender que no justifica ni defiende que, por razones ideológicas, se justifique o defienda el envenenamiento de perros callejeros (yo, al menos, he entendido que el Heraldo Obrero hablaba del problema como otro síntoma de la lucha de clases según la filosofía política del marxismo; igual que Imperio lo enfocaba según la propaganda del bando nacional en plena Guerra Civil).
Pero, como por desgracia existen muchos prejuicios hacia organizaciones políticas como Falange Española de las JONS, heredera de aquella organización a la que hace referencia en su artículo (la cual, en el año 1937 en el que se publicó esa sátira, fue forzosamente unificada al resto de fuerzas políticas del bando nacional), debo aclararle que los falangistas no defendemos ni justificamos el maltrato animal. En el manifiesto Pedimos y queremos. Materiales para la reconstrucción nacional, publicado por Ediciones Barbarroja en octubre de 2014, figura esta declaración de intenciones en la página 90: “Supone un logro de primer orden el avance en la consideración de los animales como criaturas que forman parte de la creación. Por ello, no son admisibles los tratos denigrantes hacia estos seres vivos. Apoyaremos y fomentaremos todas las medidas tendentes a castigar más severamente los comportamientos impropios hacia ellos”. Y yo mismo, que tengo una gran simpatía por los perros, no puedo ver con buenos ojos esos señuelos envenenados que están dejando por algunas zonas de Toledo.
También quisiera explicarle que esa sátira debe entenderse en el contexto de la época histórica en que fue escrita. Indalecio Prieto, además de ser uno de los autores intelectuales y materiales del intento de golpe de Estado llevado a cabo por los socialistas en octubre de 1934 en Asturias, se caracterizó siempre por ser uno de los más fervientes perseguidores no sólo de Falange Española de las JONS, sino también de cualquier oposición política al Frente Popular que gobernó en España desde febrero de 1936 (véase el asesinato de José Calvo Sotelo, principal dirigente político de la oposición gubernamental que fue asesinado por hombres del entorno de Indalecio Prieto, un crimen cuya única definición posible fue la de terrorismo de Estado). Además, Indalecio Prieto boicoteó las elecciones parciales que tuvieron lugar en Cuenca en mayo de 1936 y que podrían haber sacado de prisión a José Antonio Primo de Rivera, Jefe Nacional de Falange Española de las JONS, y formó parte del Consejo de Gobierno que ratificó la condena a muerte del líder falangista en noviembre de 1936. Con semejantes antecedentes, no es de extrañar que una publicación falangista, en pleno conflicto bélico, satirizara con el envenenamiento de un perro mencionando a Indalecio Prieto; por más que hoy, ochenta años después, pueda parecernos una viñeta de mal gusto.
Sin más, me despido de usted y agradezco su tiempo en leer mi opinión sobre su artículo.
Atentamente,
Gabriel García, militante de Falange Española de las JONS




23 de enero de 2016

Solidaridad con Fernando García


Fernando García Molina se ha visto obligado a dejar la dirección de una escuela de fútbol para jóvenes. Ni la Junta de Andalucía ni la Diputación de Granada podían asumir que un falangista colaborara de manera altruista con un proyecto deportivo que además ayuda a chicos inmigrantes; para estos demócratas de pacotilla, todo lo que se salga de su idea de cómo debe ser un falangista no puede tolerarse.
Si Fernando hubiera sido militante del Partido Popular, del Partido Socialista, de Izquierda Unida, de Podemos, de Ciudadanos… a nadie le hubiera importado. Tampoco hubiera preocupado a estos inquisidores de lo políticamente correcto que Fernando fuera miembro de cualquier grupúsculo comunista o del secesionismo antiespañol más furibundo.
Vivimos en un país donde nuestros jóvenes pueden ser educados por profesores progres, marxistas e incluso filoterroristas, pero no pueden tener un director de fútbol falangista. Por lo visto, los socialistas andaluces (como toda la clase política) consideran que no es malo que un profesor dé clases con una camiseta del Ché Guevara o una bandera tricolor pero un falangista no debe colaborar de manera altruista y sin politizar en una escuela de fútbol. Así es la repugnante sociedad donde vivimos, al amparo de una Carta Magna en cuyo papel mojado ya no queda ni una letra.



8 de enero de 2016

El florentinato se cobra otra víctima

                                                      (Fotografía de www.elconfidencial.com)

A unas horas del debut de Zinedine Zidane como entrenador del Real Madrid, convendría que los aficionados rebajasen la euforia por el nuevo “fichaje” de Florentino Pérez. Nadie discute lo que ha sido Zidane como jugador, algo que no garantiza per se que vaya a tener los mismos éxitos como técnico (hasta aquí, creo que todos estamos de acuerdo). El problema del nuevo entrenador, más allá de su inexperiencia, es que ha vivido durante y del florentinato; es decir, Zidane forma parte de la Historia del Real Madrid tanto en lo bueno (su gol en la Novena y una Liga) como en lo malo (el Centenariazo y el galacticidio que provocó la dimisión de Florentino Pérez hace una década). Por desgracia, mucho se ha hablado de lo primero pero poco o nada de lo segundo. Con una balanza en la mano, Zidane ha sido partícipe de más momentos negativos que positivos durante su etapa como jugador del Real Madrid; y ahora viene a ocupar un cargo para el que el presidente, su gran valedor, ha quemado a numerosos inquilinos (y eso sin olvidar que al único al que se le dio confianza y dejó trabajar sufrió una campaña mediática vergonzosa contra su entorno). Quizá me equivoque. Es posible que los niñatos con aires de estrella que visten la camiseta blanca reconozcan a Zidane como un igual y le brinden el respeto que no fueron capaces de tener con Rafa Benítez. El fútbol moderno apesta a dinero, corrupción y hedonismo; pero, igual que pervive la mística de los goles en el último minuto o de las remontadas inverosímiles, todavía se sigue respetando a las leyendas vivas. Y, aun con todo su pasado negativo en el florentinato, Zidane lo es.

Llevo sin ver un partido desde que el Real Madrid empató hace meses con el Atlético. Lo que había visto antes tampoco me gustó, como tampoco me convencía Rafa Benítez como entrenador. Es curioso que hace años muchos le viéramos como un entrenador ideal para el Real Madrid por su trabajo en el Liverpool, pero vino con mucho crédito perdido tras su fiasco en Italia con el Inter de Milán previo al banquillo del Napolés. Incluso Ancelotti, que perdió el control del vestuario (si es que lo tuvo alguna vez) a pesar de ser un buen entrenador, me parecía mucho mejor que Benítez. Ahora bien, el trato que se le ha brindado desde el Real Madrid ha sido vergonzoso e indigno de un club que presume de ser el mejor del siglo pasado. Florentino Pérez parece empeñado en repetir su espantada de 2006 y no ha dejado de consentir a la plantilla; ahora les pone a un entrenador de su agrado, al que posiblemente pondrán la cruz cuando les sustituya o les reproche que es más importante el equipo que los triunfos individuales (¿eh, Cristiano?).

El gran mal del Real Madrid es Florentino Pérez, sin duda; muy por encima de jugadores mimados, entrenadores sin poder y aficionados burgueses. Él no convirtió un equipo de fútbol en una gran empresa (de eso ya se encargó Lorenzo Sanz), pero no ha tenido la suerte y la inmunidad que disfrutan en Can Barça. En Chamartín no se paga con el triunfo la inestabilidad institucional, los malos fichajes, los egos y los chanchullos de las contrataciones (al contrario que en Barcelona, donde se sigue ganando aun existiendo una enemistad manifiesta entre el entrenador y la gran estrella mediática; por no hablar de los asuntos judiciales que tienen pendientes). Que el Real Madrid vuelva a ser un gran equipo de fútbol pasa por que Florentino Pérez y sus secuaces abandonen el palco para siempre. El problema es quién ocuparía su lugar y qué papel jugaría el Grupo PRISA en todo ello. Pase lo que pase, el Real Madrid parece condenado a seguir autodestruyéndose en una vorágine de Audis, chandals de Adidas, fiestas privadas y multas por exceso de velocidad.


6 de enero de 2016

Violadores de Nochevieja


Mientras el personal se descojona en Twitter a costa de la marquesa liberal Cayetana Álvarez de Toledo, cae en el olvido el millar de indeseables que robó y violó a mujeres alemanas durante la pasada Nochevieja en Colonia. Como era de esperar, todo el ambiente políticamente correcto se encuentra en estado de shock: lo habitual en estos casos es culpar a un hombre europeo, de raza blanca y heterosexual (y, si puede ser, metiendo en el mismo saco al cristianismo); que los acusados sean árabes y africanos les descuadra mucho, colocándoles en una situación incómoda porque en su versión contemporánea del mito rousseauniano del buen salvaje (en este caso, del buen inmigrante) no cabe la posibilidad de que un árabe o un negro sean delincuentes. Pero, al contrario de lo que piensan los progres y liberales de todo pelaje, que ser árabe o negro no te convierta automáticamente en criminal no significa que sean más santos que Teresa de Calcuta.

Si los gobernantes alemanes (y los de toda la Unión Europea) fueran honestos, reconocerían que se equivocaron abriendo de par en par sus fronteras a un gran número de personas que no podían ser identificadas con garantías. También se reconocería que se juzgó erróneamente al Gobierno de Hungría por proteger sus fronteras territoriales y se le pediría disculpas oficialmente por las descalificaciones sufridas por actuar como un Estado soberano en defensa de su seguridad nacional; y se cambiaría radicalmente la política exterior, dejándose de bailar al ritmo estadounidense y fomentando la estabilización de Oriente Próximo con un mayor apoyo (aunque sólo fuera diplomático) a los Estados y gobiernos que combaten de verdad a los criminales islamistas. Y, por último y lo más improbable de todo, reconocerían que la multiculturalidad es un fracaso (algo que ya hizo la propia Merkel hace años) porque las personas de diferentes orígenes no pueden convivir juntas si no tienen un ideal que las haga partícipes de un proyecto común (y ese ideal, por mucho que se escandalice la inquisición de lo políticamente correcto, no será ni la democracia de partidos ni el libremercado).

No veremos a las ONGs de turno suplicar ayuda para las alemanas robadas y violadas. Tampoco se ofrecerá, por parte del Estado alemán, más apoyo que la imprescindible investigación policial. Al contrario que con la zancadilla de la periodista húngara, de esto no se hablará más de lo debido. Es lo que tiene poner en duda la política adoptada por la Unión Europea con motivo de la crisis de los refugiados y la multiculturalidad como mito de los Estados liberales de nuestros días. Como mucho, se llamará a la calma y a trabajar por la convivencia frente al peligroso auge de la extrema derecha que supondría cuestionar tanto la acogida masiva de refugiados e inmigrantes como la multiculturalidad. Todo quedará reducido, al final, a un desafortunado incidente.
Pero lo de Colonia no ha sido un accidente. Un millar de hombres organizados para robar y violar no es algo casual. Si los países de nuestro ámbito geográfico no desean que estos sucesos se repitan, deberán acabar con los guettos y la delincuencia que éstos engendran y eso no será posible mientras continúen las políticas de puertas abiertas que tanto benefician a los oligarcas, expertos y adalides del capitalismo. Mientras impere el capitalismo, la multiculturalidad no dejará de ser uno de los dogmas políticamente correctos por excelencia.