28 de agosto de 2016

A las terceras elecciones generales


Salvo sorpresa tendremos otras elecciones generales en diciembre. La negativa del Partido Socialista a facilitar una investidura de Rajoy y los vaivenes de la negociación entre Partido Popular y Ciudadanos no invitan a pensar lo contrario. Tampoco la dificultad de un acuerdo entre Partido Socialista, Podemos, Izquierda Unida y separatistas varios. Es más, incluso los propios dirigentes de los partidos mayoritarios ya empiezan a buscar culpables del fracaso de las negociaciones y hablan sin tapujos de las próximas elecciones en diciembre (el 18 o el 25, según se aplique la ley). Mientras tanto, el Gobierno de Rajoy permanecería un año completo en funciones y a la espera de unos mejores resultados que les permitan gobernar en solitario de una vez a partir del 2017.

Escarmentados por la experiencia del último año, no podía faltar en el ámbito falangista las dudas sobre la conveniencia de concurrir a esas terceras elecciones generales consecutivas. Debo reconocer que comprendo las razones de quienes proponen la abstención activa. Otra tomadura de pelo, la tercera en un año, con la Navidad encima y con el correspondiente gasto económico y humano que conlleva presentarse a unas elecciones con la vigente ley electoral… Sin olvidar tampoco que los resultados, que a fin de cuentas es lo que se valora al día siguiente, no son todo lo positivos que desearíamos.
El problema es que si se desea proponer una abstención activa habrá que emplear medios económicos y humanos para que la gente conozca por qué proponemos no pisar el colegio electoral el 18 o el 25 de diciembre. Al final, el mismo dinero y tiempo que emplearíamos en pedir el boicot a las terceras elecciones generales podría ser el mismo que el de solicitar el apoyo a una alternativa realmente opositora al régimen de 1978. Y, siendo sinceros, ¿puestos a gastar el dinero y el tiempo no es preferible en pedir el voto a Falange que la abstención? Aunque sólo sea por el optimismo del discurso electoral frente al pesimismo del boicoteador.
La única ventaja que tendría ponerse del lado de quienes piden la abstención es que, con posterioridad a los comicios, el porcentaje de abstenciones ronda entre el 30 y el 40 % y siempre podrían sacarse comunicados aludiendo a que un porcentaje indeterminado de esas abstenciones correspondería a los falangistas. Lo malo es que ese discurso sólo se lo creerían los pocos que se molestan en visitar una web, una página o un grupo de Facebook de nuestro ambiente.

Guste o no, el único medio que tenemos los falangistas para hacernos visibles al ostracismo habitual en el que vivimos son las elecciones. Las candidaturas se publican en el Boletín Oficial del Estado y diversos medios, aunque sea muy por encima, hacen mención de las que concurren en cada provincia. Tampoco hay que olvidar que las papeletas de la candidatura deben estar presentes en todos los colegios electorales, lo que recuerda que seguimos existiendo a todo el que pase por la mesa y busque la que sea de su agrado. Y por si esto no pareciera suficiente, también nos permite comprobar cuál es el nivel real de apoyos con el que contamos. De nada sirve que muchas personas digan que se identifican con nosotros pero que no nos votan porque no vamos a ganar. Esa minoría de votos fieles a Falange es lo único que nos queda para hacernos una idea de cuántos españoles están dispuestos a confiar en nosotros y si estamos siendo capaces de mantener ese apoyo. Renunciar a ellos es hacerlo al único modo con el que contamos ahora para ser visibles. Los otros, los del voto “útil”, no deben valorarse como apoyo alguno porque difícilmente ayudarán de algún modo si no son capaces de echar un papel en una urna cada cierto tiempo.

Ahora cada cual que defienda la estrategia que le parezca. Pero no sería muy consecuente que quienes aplauden la representación institucional del Frente Nacional, de Amanecer Dorado o de Jobbik hablen de abstenerse para no hacerle el juego al Sistema (excusa absurda donde las haya, porque hoy en día cualquier cosa puede justificarse de ese modo) o de coger las ¿armas? contra el Estado. Hacer política obliga a estar presente, aunque sea de manera testimonial, en las pugnas electorales; y, aunque existan vías alternativas y complementarias al electoralismo en la lucha contra el sistema liberalcapitalista, la presencia parlamentaria es imprescindible para influir en el rumbo de un país. Sin una presencia institucional mínimamente respetable, ¿qué credibilidad tiene una llamada a la revolución cuando ni siquiera se es una amenaza real para el Estado que pretendemos derribar?

http://www.hispaniainfo.es/web/2016/08/26/a-las-terceras-elecciones-generales/

http://desdemicampanario.es/2016/09/05/a-las-terceras-elecciones-generales/


Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo el 26 de agosto de 2016 y en el portal Desde mi campanario el 5 de septiembre de 2016

8 de agosto de 2016

Quisimos transformar España - Once nombres de mujer

El parón de la actividad política y la ausencia de grandes titulares mediáticos invitan más que de costumbre a desconectar un poco de lo que ha sido el curso (aunque este año, con unas terceras elecciones generales a la vista y con sucesivos ataques de “perturbados” por media Europa, esté resultando una excepción). Quisiera aprovechar esta entrada para sugerir un par de lecturas obra del escritor sevillano Antonio Brea[1] y editadas por Barbarroja hace tres años. Aunque advierto que destriparé bastante su contenido.




La primera de ellas se titula Quisimos transformar España y es una referencia al Manifiesto de los falangistas independientes[2] publicado en 1977 por el Frente de Estudiantes Sindicalistas. Su protagonista es un joven con inclinaciones transgresoras (tanto en lo político como en lo musical) que durante un curso milita en Falange Española Independiente a mediados de los ochenta. A lo largo de la historia cuenta su experiencia militante en dicha organización, dejando en el lector que conoce el ambiente político azul una horrible sensación de deja vú. El sectarismo entre organizaciones, las fobias puristas, la urgencia por recaudar fondos para un grupo sin recursos por medio de las loterías y los puestos en la calle, los actos necrológicos como mayor presencia pública con la correspondiente presencia de nostálgicos lastrando la imagen de los falangistas, alguna acción suicida en actos de la izquierda… Quien ha vivido (y sufrido) lo que es formar parte de este ámbito ideológico comprenderá a la perfección lo que transmite el relato. Su lectura no debiera servir para entrar en las habituales riñas facebookeras de los raimundos, los auténticos y los independientes, sino para intentar explicarnos qué se ha hecho mal durante tanto tiempo y por qué. En general, lo que se describe en el relato hoy continua existiendo, tal vez con la excepción de considerar camaradas a los militantes de otras organizaciones (algo ahora mismo impensable, salvo en casos muy aislados).
En lo que no puedo coincidir con el autor es en la incapacidad de los falangistas para ofrecer soluciones a los problemas de la España contemporánea. Creo que durante los tres años que servidor lleva militando en Falange Española de las JONS se han ofrecido propuestas razonables y sensatas a cuestiones relacionadas con el separatismo, el terrorismo, el aborto, la educación, la banca, la reforma laboral y un largo etcétera.




El segundo relato, Once nombres de mujer, tiene un protagonista mucho más desagradable y uno termina alegrándose (no sé si será por sadismo) de la mayor parte de las desgracias que le suceden con las mujeres (sobre todo cuando su primera novia le deja por gilipollas al ir presumiendo de engañarla con otra). El personaje en cuestión, hijo de una familia acomodada, tiene dos breves militancias en las Falanges Juveniles de Falange Española de las JONS y en el Frente Nacional de Blas Piñar; en ninguna aporta gran cosa, pero le sirven para hacer de relaciones públicas y saciar su ego creyendo que imita a su hermano mayor, antiguo militante de Fuerza Joven y el Frente de la Juventud. Con el tiempo termina votando al Partido Popular y creyendo encontrar en las palabras de José María Aznar una remota sintonía con el discurso de José Antonio. Lo dicho: para matarle por cretino.
En lo que a política se refiere, es destacable cuando en una conversación con su futuro cuñado éste le comenta que la simbología y los ritos de los actos necrológicos forman parte de la doctrina falangista y que él no pensaba continuar perdiendo el tiempo con eso (eso sí, para tomar cervezas con los viejos camaradas no tiene ningún problema, como se ve posteriormente). No me sorprendió que dicho sujeto justificara que Falange Española de las JONS se equivocó al no formar parte de una coalición que englobara a todos los “patriotas” a partir de 1983 con la Jefatura Nacional de Diego Márquez, ya que es de sobra conocida la obsesión de los nostálgicos del Movimiento Nacional por que las siglas y el nombre histórico de Falange formen parte de sus iniciativas políticas desde los años de la Transición. Lo que resulta criticable es que sigan vendiéndonos el experimento como si no hubiera fracasado en aquella época y posteriormente en coaliciones similares. Al decir esto no me opongo a la integración de los falangistas en una coalición con otros grupos políticos, sino a los archiconocidos tópicos de que sumar varios proyectos pequeños desemboca necesariamente en uno mayor. A estas alturas ya deberíamos saber que en política dos más dos no siempre suman cuatro.

De cara a un nuevo curso los falangistas tenemos que replantearnos bastantes cosas. No sería mala idea que nos pongamos a ello aunque sea con la excusa de unas lecturas de narrativa. Al fin y al cabo, que ya no nos quede el honor de morir con las botas puestas (como los alféreces salvados del olvido por Rafael García Serrano) no es excusa para retirarnos de la batalla por la literatura, aunque la obra que podamos lanzar hoy sea un constante lamer las heridas. Nuestro infierno no es morir de tuberculosis en la cama de un hospital, alejados de la gloria y el honor de caer en combate, sino presenciar el lento y silencioso derrumbe de la que antaño fue una patria orgullosa y respetada.

http://www.hispaniainfo.es/web/2016/08/09/quisimos-transformar-espana-once-nombres-de-mujer/

Este artículo fue publicado en el portal Hispaniainfo el 9 de agosto de 2016


[1] El libro puede adquirirse en la tienda, física y online, de Falange Española de las JONS: http://www.tiendafalangista.com/451-quisimos-transformar-espa%C3%B1a-once-nombres-de-mujer.html

[2] He podido leerlo hace poco y encontré algo que no esperaba, dada la fama de clerical que siempre escuché sobre Falange Española Independiente. En el apartado “Relaciones Iglesia y Estado”, páginas 87 a 90, se defiende la supresión de los privilegios del clero y de las ayudas estatales a la Iglesia Católica (salvo a sus fundaciones sociales); proponiéndose, además, que los católicos pagaran un impuesto para ayudar al sostenimiento económica de la Iglesia. Propuestas similares no fueron promulgadas en España hasta la primera legislatura de Zapatero (con otras intenciones, claro está) pero demuestra hasta qué punto las propuestas de los falangistas nunca han sido tan inactuales como sus detractores (e incluso los propios partidarios) han defendido sin descanso. Su lectura haría replantearse sus prejuicios por parte de algunos falangistas.